Una noche de insomnio

Cola para entrar al Museo del Romanticismo durante La Noche en blanco

Según las últimas estadísticas, Madrid es una ciudad de más de tres millones de habitantes. El millón de cadáveres que computaba el poeta se ha triplicado, y además se resisten a serlo. Vale decir que es mucha gente. Cada cierto tiempo, los jerarcas de la ciudad parecen querer contarlos y los persuaden para echarse a la calle con cualquier excusa: la boda de un infante, una victoria balompédica o la promesa de volverse cultos a cambio de una noche de insomnio. Es La noche en blanco. En 2002 París puso en marcha un proyecto que tenía como intención acercar la ciudad y la creación contemporánea a sus habitantes. Madrid se incorporó en 2006 a una iniciativa de la que ya forman parte Bruselas, Riga, Bucarest, La Valetta (Malta) y Amsterdam. Con buenas formas, sus munícipes invitan a salir esa noche de casa, tomar unas calles que por un rato dejan de pertenecer a los automóviles, participar en una amplia programación de actividades con un baño más o menos duradero de cultura o acceder a edificios e instituciones que en otras fechas vedan su acceso con candados y guardas jurado. También a recorrer de noche lo que se puede visitar de día.

La abundancia a veces puede ser tan mala como la escasez. ¿Cómo acertar entre dos centenares de actividades gratuitas repartidas por toda la ciudad, sin volverse loco? ¿Cómo orientarse entre propuestas tan distintas como contemplar el arco iris doble de José Miguel de Prada Poole, el intercambio de ropa de Inter_colada, una plaza convertida en piscina de pelotas de playa, la Cibeles transmutada en pista de baile, una representación de Chejov o un homenaje a Antonio Ozores? Para dar con el tesoro hace falta un plano, y el de esta noche en blanco termina por resultarme abrumador. Podría utilizar como criterio de selección el gusto personal, pero eso quizá me obligara a tener que desplazarme lejos. Podría cerrar los ojos y dejar que el azar escogiera. Pero también puedo dejarme llevar por el vicio capital de la pereza. Así que salgo de casa, doblo la calle y me sitúo frente al Museo del Romanticismo, que ofrece el aliciente de una visita amenizada por un grupo de música gypsy swing, un estilo que desconocía que existiera.

Un museo secreto

El del Romanticismo es un museo secreto que no visita nadie. No está en la milla de oro del arte madrileño, y los turistas no acuden a él después de salir del Prado, el Thyssen o el Reina Sofía cargados de bolsas con catálogos y reproducciones. Está escondido entre tiendas de magia y bares. Un museo público que se permite el lujo de permanecer cerrado durante ocho años sin que nadie lo eche en falta es, sin duda, un museo muy especial. La elección perfecta para hacerse un poco más culto en una sola noche. Sin esperas ni complicaciones. La cola que jamás he visto en su puerta se proyecta ahora sobre la acera como una sombra que se tragara el horizonte. Hacerse una cultura también debe implicar un cierto esfuerzo, me digo, así que me sitúo civilizadamente el último. Delante de mí aguardan cinco estudiantes de 2º de Bachillerato. Si cinco jóvenes de 17 años hacen cola a las diez de la noche de un sábado para visitar un museo, en vez de andar de botellón alfombrando de ruido y suciedad una plaza, quizá no todo esté perdido y el mundo tenga todavía alguna posibilidad de salvación. A los 20 minutos comienzan las deserciones. El Museo abrió ayer sus puertas y lo hará mañana. La entrada cuesta tres euros y los sábados es gratuita a partir de las dos de la tarde. ¿Por qué soportar una cola en la que cualquier gasterópodo se sentiría un Fernando Alonso? Al cabo de una hora dudo si alistarme en el coro de desertores, pero estoy a un metro de la puerta y la montaña parece a punto de ser coronada. En las alturas también hay espejismos. Media hora después asciendo las escaleras de este palacio de estilo neoclásico y doy marcha atrás al reloj de la historia. No quiero detenerme en la lectura del folleto que me han proporcionado, pero tampoco detecto paneles informativos. Veo cuadros de Valeriano Bécquer, de Palmaroli, de los Madrazo, de Alenza, de Esquivel, de Casado del Alisal. Observo retratos de reyes y espadones, casas de muñecas, recreaciones de viviendas nobles, soldaditos de plomo. Aprendo lo que es una litofanía, pero al cabo de veinte minutos, a mitad del recorrido, advierten de que el tiempo se acaba y de que hay que buscar la salida. Pregunto por la sala de Larra. En ella contemplo los retratos de Fígaro y de Dolores Armijo. En una vitrina se exhibe la pareja de pistolas modelo ‘Cachorrillos’ con las que el autor del Vuelva usted mañana se quitó de en medio a los 27 años. Me da por pensar que en estos tiempos de brutal reconversión en el oficio que él ejerció quizá debieran formar parte de las herramientas habituales de cualquier periodista, junto al bolígrafo, el teléfono y el ordenador. Me quito la idea de la cabeza cuando urgen a abandonar el edificio como si se hubiera declarado un incendio.

¿He aprendido algo significativo sobre este movimiento cultural? Quizá la visita me lleve a consultar luego la wikipedia. Me dejo de romanticismos y me doy de bruces con la posmodernidad, o como quiera que se llame este tiempo de prisas. No me desanimo. Todo sea por mejorar las cifras con las que se revestirán mañana los urdidores de este fuego de artificio que arde en unas pocas horas sin dejar rastro. Rehúyo ser testigo de cómo se hace un programa de radio, de las sensaciones que proporciona deslizarse por un tobogán gigante o de hacer pompas jabonosas con forma de corazón y, ya puestos, me acerco hasta la Biblioteca Nacional. Al pie de la escalinata, asisto a la escenificación de poemas de Lorca, Guillén, García Montero o Claudio Rodríguez a cargo de alumnos del Conservatorio Superior de Danza María de Ávila y de la Real Escuela Superior de Arte Dramático. De reojo miro la larga cola que se extiende para visitar el Museo de la Biblioteca. Rechazo toda tentación y emprendo el camino de vuelta. La gran cantidad de gente que ocupa las calzadas y simplemente pasea en una noche benigna me sugiere que los urdidores de insomnio han vuelto a salirse con la suya. Como yo, la gente ha cedido al señuelo de hacerse más culta en una sola noche. Y el Ayuntamiento ha procedido a contabilizarlos. Con una precisión que me deja perplejo leo en el periódico que en la calle había otras 717.188 personas. No sé si aprenderían algo y se harían un poco más cultas. Por mi parte he aprendido a no guardar más colas y a revisar siempre mi cartera para que no falte ninguno de mis útiles de periodista: el bolígrafo, el ordenador, el teléfono y la pistola. Tres millones de cadáveres son muchos, y seguro que no a todos les han encargado un reportaje sobre La noche en blanco.

Publicado en Escuela, nº 3.875 (16 septiembre 2010)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s