Las vidas contenidas en una vida

elvira Lindo

Dice el bolero del cubano Alberto Vera Morúe: “Lo que me queda por vivir será en sonrisas/porque el dolor de mi vida lo he borrado./Lo que me queda por vivir será entre dichas/porque el sufrir que me tocaba lo he agotado”. El título de su última novela le aguardaba a Elvira Lindo en un portal de venta de música en Internet. Revisaba un disco de la gran Omara Portuondo cuando apareció una canción con el rótulo que la autora necesitaba para contar un tramo de la vida de una madre veinteañera y desorientada en el Madrid de los años 80:  Lo que me queda por vivir.Lindo, que como la protagonista de la novela, ejerció el periodismo en la radio efervescente de la época, y que como ella fue guionista después de programas a olvidar de la naciente televisión privada, tiene ya tras de sí un largo recorrido literario. Alguna vez ha dicho que entró en la literatura por la puerta de atrás, es decir, por esa segunda división que constituyen para la alta cultura los textos dirigidos a lectores jóvenes. Todavía recuerdo el día en que presentó en una librería de Madrid un libro que daba cuenta de las peripecias de un niño gafotudo que vivía en Carabanchel Alto rodeado de amigos con apodos como Orejones López, Susana Bragas-sucias o Yihad. Habría de ser el comienzo de una exitosa serie editorial que se convertiría en referencia para varias generaciones de niños. Y también de padres. Antes de ponerse a contar su vida en un libro, Manolito había vivido muchos años entre micrófonos y ondas de radio. Acompañada aquella mañana de domingo de 1994 por su marido, Antonio Muñoz Molina, y por la periodista Rosana Torres, llegó ese momento en el que el autor pone a prueba sus dotes de lectura en público. Entonces Elvira Lindo se escondió bajo la mesa ante la sorpresa de todos. Quería preservar el misterio de aquella voz infantil ya muy conocida en la radio, y dio comienzo al libro: “Me llamo Manolito García Moreno, pero si tú entras a mi barrio y le preguntas al primer tío que pase: Oiga, por favor, ¿Manolito García Moreno?, el tío, una de dos, o se encoge de hombros o te suelta: Oiga, y a mí que me cuenta?”.

No mucho después Elvira Lindo fue una presencia fugaz mientras en el salón de su casa del barrio de Chueca, en Madrid, entrevistaba yo a su marido, recién elegido académico de la Lengua. Al cabo de unos pocos años, y un cambio de casa suyo, fue una casi vecina con la que uno se cruzaba a menudo o a quien veía pararse a charlar con Almudena Grandes, otra ilustre del barrio. Pero la casa al pie de la estatua de Rousseau sería sustituida pronto por otras, y en paralelo Lindo iría dejando atrás a Manolito Gafotas para consolidarse como guionista de cine, columnista de renombre y novelista de éxito. Su cuarta novela está ya en las librerías, y, ahora, en un hotel de la Gran Vía, responde a las preguntas de cinco periodistas.

El libro tiene mucho de confesión personal. No pocos de los lectores tratarán de reconocer en la protagonista muchos rasgos y vicisitudes que la autora ha ido esparciendo en sus artículos. Con todo, deja claro que se trata de una novela, y que como tal debe ser leída. Pero tampoco es una novela al uso. “Es inevitable que periodistas y críticos vean mucho de mí en esta novela. La voz de la protagonista es mi voz. No he dicho: voy a construir un personaje. Dije: esta mujer va a hablar como yo. Si no, no va a tener la carga de intimidad que tiene que tener el libro. Todo es vida pasada. Han pasado 20 años, y esas cosas ya no importan”. Un crítico hablaría de autoficción.

Hace 10, Elvira Lindo participó en un libro coordinado por Laura Freixas y titulado Ser mujer, en el que féminas como Victoria Prego Esther Tusquets, Rosa Regás o Nativel Preciado relataban diversas experiencias. En el volumen hay un párrafo que a la luz de esta novela adquiere, para mí, la condición de germen y a la vez de resumen de Lo que me queda por vivir. Dice así: “Yo recuerdo ahora con ternura a esa otra mujer que era yo a los veintitantos años, separada, con un hijo, muy sola, con muchas ganas de ser querida, con muchos sábados vacíos de gente y llenos de horas, refugiada en las amistades que me daba el trabajo, entrando y saliendo con gente que a veces no me gustaba demasiado, pero que me curaba momentáneamente la soledad, como el café que te quita de pronto un sueño que te vuelve a la hora con la misma ferocidad”. Aunque el libro tenga mucho de ficción –“el porcentaje de ficción y realidad varía en cada página”, advierte-, ha habido determinados pasajes que le han costado un sobreesfuerzo. Confiesa uno. La muerte de la madre de la protagonista, enferma del corazón. “No sé si lo hubiera hecho tan intenso si no lo hubiera vivido. No quería caer en el sentimentalismo, pero quería contar ese momento como fue. Es como un fresco, como un cuadro en penumbra”.

El personaje favorito

Tampoco el personaje del niño de cuatro años fue sencillo. El libro surgió en un apartamento de Manhattan del recuerdo vívido de esa madre veinteañera que ella fue yendo un día laborable con su hijo a la última sesión de un cine de la Gran Vía madrileña. “El niño”, dice del personaje del libro, “no es una comparsa que acompaña a la protagonista sino un personaje con gran entidad. Yo no podría haberlo escrito sin convivir con un niño de cuatro años. El niño no tiene pericia verbal, pero sí mucha personalidad. Es mi personaje favorito”, y añade: “Que una novela de adultos esté protagonizada por un niño de cuatro años es lo que me parece más difícil”.

En aquel libro colectivo de hace diez años escribía también que, aunque le merecían mucha admiración las personas que cuentan lo más personal, no creía que hubiera llegado ese momento en su vida en que pudiera contar lo íntimo. “Me vence el pudor”, aseguraba entonces. “Aunque parezca que soy descarada”, dice ahora, “soy tremendamente pudorosa”. Es consciente de que a la gente que sigue, por ejemplo, sus artículos de los domingos en El País le puede sonar raro. Aunque también sabe que el estilo de sus piezas ha ido cambiando con el tiempo. “Te vas a otro país y te sientes más libre, más tonto, más pequeño, menos entendido y más anónimo. Como si lo que hicieras no le importara a nadie. Eso de no ser nadie en otro país”, continúa, “te permite pensar que puedes escribir lo que te dé la gana. He sido fiel a mis cambios. No me siento obligada a repetir lo que he hecho. Me siento más libre escribiendo”.

Aunque transcurre en Madrid y en los años 80, no es un libro sobre la ‘movida’. A Elvira Lindo le da rabia la idealización de esa década y no se siente en absoluto incluida entre sus protagonistas. Los 80, admite, llenaron de color el país y ella, recuerda, pasó a lucir minifaldas y a teñirse el pelo. “Pensaba que las chicas de Almodóvar iban disfrazadas, pero al ver fotos mías me veo parecida”. Es consciente de que el fin de fiesta fue trágico para mucha gente y que hubo muchos muertos por la droga. “A veces te preguntas: ¿por qué, siendo una persona atrevida, inconsciente, yo no? Los años 80 tuvieron una parte muy negativa”.

“Lo que me queda por vivir será en tus manos./ Está en tu fe, está en tu ser, en tu sonrisa. Lo que me queda por vivir es solo el tiempo/ que tú le puedas dedicar a nuestra dicha”, dice también el bolero en la voz de Omara Portuondo. El título alberga una buena dosis de esperanza y de vidas todavía posibles. “Parece que la vida que está viviendo la protagonista es la que le va tocar vivir siempre, pero en la vida de uno hay muchas vidas, no solo una”. Es la lección de este libro, y se diría que también de la vida de Elvira Lindo.

Publicado en Escuela nº 3.876 (23 septiembre 2010)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s