Dos maletas perdidas

Muerte de un miliciano

Hay certezas que el tiempo acaba confirmando y verdades sobre las que termina por planear la sospecha. Un alud de investigaciones que pretenden decir la última palabra sobre un hecho controvertido añaden a menudo bruma a lo que ya era nebuloso. Antes de huir a Estados Unidos, en 1939, cuando las tropas nazis avanzaban hacia Francia, Robert Capa encargó a su ayudante de laboratorio, Imre Csiki Weisz, húngaro judío como él, la custodia de sus negativos fotográficos. Weisz decidió huir también de París y las tres cajas de cartón que se llevó consigo y que contenían fotografías realizadas por Capa, Gerda Taro y David Seymour durante la Guerra Civil española iniciaron un extraño periplo en manos diplomáticas que concluiría muchos años más tarde en México y después en Nueva York. La ‘maleta mexicana’ se expone ahora en el neoyorquino International Center of Photography (ICP), y su exhibición pública ha sacado a la luz, entre otras tomas, retratos nunca antes vistos de Federico García Lorca o la Pasionaria. Sin embargo, no ha contribuido a esclarecer de una vez por todas las dudas que algunos expertos llevan décadas propagando sobre la veracidad de ‘El miliciano muerto’, la fotografía de Capa convertida en símbolo de la contienda española. La imagen, captada en Cerro Muriano (Córdoba) el 5 de septiembre de 1936 y publicada por primera vez en la revista francesa Vu, es todavía objeto de una viva polémica entre quienes sostienen que es fruto de una simulación y los albaceas de Capa, que a duras penas logran mantener la versión oficial.

Como el húngaro que adoptó el pseudónimo de Robert Capa, Walter Benjamin escapó  también del nazismo. Tras la llegada de Hitler al poder en 1933, Benjamin, un alemán de origen judío, parte hacia el exilio y busca refugio primero en París y luego en un sinfín de lugares, entre ellos Ibiza o San Remo. En 1939 es internado en el campamento de Clos-Saint-Joseph, de Nevers, y al ser puesto en libertad  retorna a la capital francesa. Poco después se traslada al sur de Francia con la idea de alcanzar España y llegar a Portugal. Desde Lisboa espera viajar a Estados Unidos, gracias al visado de entrada en el país que le ha conseguido su amigo Max Horkheimer. Benjamin, un apátrida que carece del permiso necesario para salir del país galo, logra en una penosa travesía a pie cruzar la frontera y entrar en Portbou (Girona), donde al día siguiente a su llegada pondrá fin a su vida.

La muerte de Benjamin por su propia mano ha sido una verdad indiscutida, como lo fue durante mucho tiempo la del miliciano republicano captada por Robert Capa. Dos documentales españoles cuestionan, con distinto éxito, una y otra verdad acuñadas. En La sombra del iceberg, Hugo Doménech y Raúl M. Riebenbauer tratan de esclarecer las sospechas que se ciernen sobre la célebre fotografía del creador de la agencia Magnum. Rastrean las imágenes tomadas ese día y publicadas en la revista francesa. Entrevistan a admiradores de la obra de Capa, como el documentalista francés Patrick Jeudy, que, sin embargo, pone en duda que aquel captara la muerte real del soldado. O a amigos como John G. Morris, quien no oculta la rareza de que Capa estuviera frente al miliciano en el preciso momento en que el soldado republicano caía abatido por las balas franquistas. Para el espectador, más extraño resulta todavía que Capa no hablase nunca de esta fotografía con alguien con quien tuvo trato profesional los últimos 15 años de su vida. “Es fácil entender que a él no le gustara contarlo”, piensa Morris. “¿Quién querría hablar sobre la muerte de otra persona? Creo que a Capa le resultaba embarazosa la publicidad que tuvo esta fotografía”.

Un forense desmenuza la fotografía y dice no hallar una explicación razonable a la causa de esa muerte. La identidad misma del miliciano es objeto también de polémica. Alguien que había combatido en Cerro Muriano lo identificó en 1995 como Federico Borrel, Taíno, muerto en ese paraje aquel día de septiembre. Tras comparar fotografías del miliciano muerto y de Taíno, el forense de la Universidad de Valencia Fernando Verdú llega a la conclusión de que Borrel no es el miliciano de la célebre imagen. Por si fueran insuficientes, las dudas sobre la toma se extienden a su propia autoría. Pudo haberla hecho su compañera sentimental, Gerda Taro. La sombra de Richard Whelan, el biógrafo oficial de Capa, vigila de cerca la verdad establecida, celoso de cualquier hallazgo que pudiera dejar en mal lugar al fotógrafo. El documental concluye con la noticia de la muerte de Whelan y la aparición de la maleta mexicana con varios millares de negativos. No obstante, la exposición neoyorquina sigue sin disipar las dudas que todavía genera la fotografía del miliciano.

Una postal para Adorno

Mientras se aleja del avance de las tropas alemanas y en dirección a la frontera española prosigue un largo exilio comenzado siete años atrás, Walter Benjamin lleva consigo también una maleta. En realidad, un maletín, una cartera, en la que guarda al parecer un manuscrito. A diferencia de la maleta mexicana de Capa, recuperada muchas décadas después, la cartera de Benjamin no apareció nunca. En el repaso a las últimas horas del pensador alemán que acomete en su documental, ¿Quién mató a Walter Benjamin…?, David Mauas desmenuza los pormenores de aquel día: la llegada al puesto de policía, los movimientos del médico que supuestamente lo atendió, del capellán al que se recurrió tras la muerte, del jefe de Falange, todos muertos ya. Plantea las dudas sobre la fecha de la muerte, las irregularidades de los trámites mortuorios, la sospecha de la presencia de la Gestapo en PortBou. Mauas acumula indicios sobre cómo pudieron ser los hechos, para poner sobre la mesa que el único testimonio directo del suicidio de Benjamin proviene de Henny Gurland, una de las acompañantes de esa fatídica jornada. A salvo ya en Lisboa, Gurland escribe el 11 de octubre una carta en la que relata los hechos de los que fue testigo y revela cómo Benjamin le entregó una postal dirigida a Theodor Adorno, en la que le anunciaría la decisión de poner fin a su vida. Como en otros casos, la falta de elementos incontrovertibles da lugar a la aparición de versiones contrapuestas, hasta el punto de que nadie pueda aportar una sola prueba de que Benjamin se suicidó. ¿Cambiaría esa circunstancia la memoria de Benjamin cuando se cumplen 70 años de su muerte? El documental de David Mauas ha formado parte de la programación del coloquio internacional que ha tenido lugar recientemente en Portbou y en el que se ha analizado la transversalidad que caracteriza al pensador alemán.

El saber histórico siempre puede reabrir los hechos conocidos a través de algún dato novedoso. Quedan los escritos de Walter Benjamin, como quedan las fotografías de Robert Capa. La hipótesis no suficientemente probada de que la muerte viniera por otra vía que una sobredosis de morfina o la confirmación tácita de que el miliciano republicano fingió ante la cámara su propia muerte en combate quizá arrojen luz, pero no tanta tal vez como para dejar en la oscuridad la vigencia de una escritura o el vigor de una trayectoria fotográfica.

Publicado en Escuela nº 3.877 ( 30 septiembre 2010)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s