Un viaje al pasado

Feria del Libro antiguo de Madrid

Alguien dijo que una buena librería es aquella en la que se entra sin intención de comprar y se sale con  un libro bajo el brazo. Aunque cada vez menos, librerías hay muchas y, aunque se reduzcan a vender un solo producto, cada una mantiene su propia personalidad, reflejada en cierta manera de cribar el ingente volumen de papel impreso que todavía se edita, y de ese modo seleccionar un tipo u otro de lector. A las librerías se acude a hacerse con un título concreto, a escudriñar las novedades editoriales de la temporada o a perderse en busca de un volumen que atraiga nuestro interés cuando decae la tensión lectora. La tarea puede resultar infructuosa, pero, con un cierto margen, se sabe qué podemos encontrar y qué no. Lo que es difícil es que los libros que albergan hayan perdido su olor a tinta fresca, pues cada vez duran menos en las mesas expositoras, desplazados por otros con vocación de galgos o quizá de buitres.

Con la llegada del buen tiempo o la promesa de la caída de las hojas se instalan en plazas y paseos paradas de libros en los que el olor a tinta es un improbable recuerdo de otros tiempos. En esa librería múltiple y efímera la oferta se compone de títulos que fueron novedad hace muchas temporadas y quizá brillaron de manera fulgurante en los anaqueles antes de encaminarse hacia una vida discreta; pero también de aquellos que pasaron sus días en la penumbra de las estanterías menos frecuentadas, sin que falten aquellos para los que una tirada insuficiente, una distribución equivocada o su aparición en una editorial sin visibilidad privaron del contacto con sus lectores potenciales.

En una Feria como la del Libro Viejo y Antiguo que toma estos días el Paseo de Recoletos de Madrid se despliegan todas las vidas posibles de un objeto frágil que ha demostrado su eficacia a lo largo de los siglos, pero al que la tecnología enfrenta ya con versiones digitales que han de probar todavía su perdurabilidad. Aquí no debe irse a la búsqueda, sino al encuentro. De poco sirve acudir con un título escrito en el pensamiento. Hay que abandonarse al placer detectivesco, olfatear, perseguir el rastro y cobrarse si acaso una pieza inesperada. Si bien el zurrón vacío es el resultado de muchas de estas cacerías incruentas, un ejemplar largamente perseguido o descartado en otro momento con la excusa de un coste demasiado elevado, puede aparecer ante nuestros ojos incrédulos luciendo un precio modesto y mostrársenos calmo e indiferente al desasosiego que nos creó durante tanto tiempo en que estuvo únicamente en nuestro deseo.

Cada paseante es dueño de una intención, sea completar su biblioteca, realizar un viaje al pasado, hacer que el azar fije su próxima lectura o dejar transcurrir la tarde. No es raro toparse con quien es capaz de recorrer sin desmayo cada uno de los puestos alzando la letanía impertinente del único título capaz de calmar su fiebre lectora. Acaso un libro de un oscuro escritor de hace 40 años, un tratado de sofrología o la más insospechada de las erudiciones navales. Uno asiste con curiosidad a la respuesta de los libreros, que puede ir de una negativa inmediata, a valorar durante unos segundos de silencio el grado de perturbación del cliente, o bien a abrirle paso hacia la estantería en donde, si no el título de marras, sí pueda encontrar otros compañeros de maníaca especialización. No faltan tampoco los coleccionistas, esos seres más preocupados por llenar el hueco lacerante que impide dar por cerrada una serie, que por el contenido del ejemplar. Entre ese personal brilla con luz propia el coleccionista de crisolines, los diminutos libros de la editorial Aguilar que compiten en dimensiones con esos otros minúsculos volúmenes capaces de contener el Quijote en el tamaño de una caja de cerillas de bolsillo. La búsqueda del crisolín casi nunca tiene éxito. Es escurridizo.

Premios de provincias

En la Feria de Otoño del Libro Viejo y Antiguo, los libros antiguos y viejos comparten espacio con postales, carteles o con revistas que contienen la urgente novedad de hace 40 años, dan cuenta del avance de tropas heroicas, revelan el glamour de estrellas de escasa luminiscencia o defienden tesis poéticas sobre las que los estudiantes de Secundaria hace tiempo que se ven obligados a dar cuenta en sus exámenes. Yo tengo debilidad por los cajones reservados a la poesía. No la poesía de los encumbrados por la historia literaria, ni siquiera de los que viven su purgatorio hasta que un aniversario o un estudioso de relumbrón les vuelve a sacar brillo y a ponerlos de actualidad. Siento candor por esos otros que no conocieron más proyección que la de un premio de provincias con mezquina dotación económica. O ni siquiera esa: los que llevaron la ambición literaria de sus autores hasta la imprenta en la que se hicieron editores de un solo título. Pocas cosas producen más melancolía que ese camposanto de aspiraciones artísticas en el que por un momento el maldito de provincias que no era un “rimbaud” se sitúa codo con codo con Cernuda, Quevedo, Machado o Juan Ramón Jiménez. Entre premios locales, glorias de la poesía española y ediciones estrictamente personales, removía yo los títulos apilados con la inconfesable esperanza de dar, por ejemplo, con un Café des exilés, queriendo olvidar que a estas librerías portátiles se va a encontrar y no a buscar.

Por más que las atiborradas bibliotecas personales necesiten de un respiro o que la crisis cierre el monedero, quien tiene el vicio improductivo de la literatura es difícil que se marche de aquí sin un libro en las manos. Desoigo la tentación de obras infrecuentes que me salen al paso por segunda vez, rehúyo alguno bien avalado disponible todavía en librerías y valoro otro que probablemente no se me ofrezca más: Juan Ramón Jiménez de viva voz, de Juan Guerrero Ruiz (a quien García Lorca apodó el cónsul general de la poesía) en la edición de 1961. Lo dejo para otras manos. Probablemente sea luego causa de arrepentimiento. A cambio me llevo La hora oval, de Francisco Ferrer Lerín, una edición de 1971 de la colección Ocnos, cuyo consejo de redacción estaba compuesto por un, ahora, coro de notables: Jaime Gil de Biedma, Pedro (sic) Gimferrer, José Agustín Goytisolo, Luis Izquierdo y Manuel Vázquez Montalbán. Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) es uno de los bartlebys de Enrique Vila-Matas, esos escritores que en un momento determinado dejaron de escribir. De él dice el autor de Recuerdos inventados que era amigo de incipientes poetas como Gimferrer y Félix de Azúa, que escribió en aquella época unos poemas muy osados y muy rebeldes, que a fimnales de los 60 lo dejó todo y se fue a vivir a Jaca, Huesca, que probablemente hubiera podido ser uno de los novísimos de Castellet y que se dedica a estudiar a los buitres, “tal vez también a los poetas de ahora, buitres la mayoría de ellos”. Retornado a la poesía con Fámulo (2009), Ferrer Lerín obtuvo hace unos meses el Premio de la Crítica.

No hay que buscar, pues. Basta con encontrar. Una feria otoñal o un puesto callejero de libros a los que uno se acerca distraídamente y sin intención de comprar pueden convertirse también en excelentes librerías.

Publicado en Escuela, nº 3.878 (7 octubre 2010)

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