Cartografía del poder

Mario Vargas Llosa

Mario Vargas llosa

Al final de Historia personal del boom, el libro en el que José Donoso relata su implicación en esa aventura que de la mano de un grupo de jóvenes sudamericanos agitó en los años 60 del pasado siglo las aguas de la literatura en español, hay un apéndice que al lector le puede parecer inicialmente superfluo, pero al que terminará por darle una relevancia mayor incluso que al texto que lo precede. En ese ensayo, ‘El boom doméstico’, María Pilar Serrano, la esposa de Donoso, narra una anécdota curiosa. Estando los Vargas Llosa, los García Márquez y ellos mismos –cito de memoria- en el momento enojoso de encargar una comanda numerosa, un camarero displicente y desconocedor de su clientela detiene la petición que le llega desde muchos flancos y pregunta para ahorrarse la tarea de anotar: ¿Alguien  sabe escribir?

 No es fácil que se pueda tener muchas veces ante sí a dos futuros premios Nobel de Literatura. La anécdota la he recordado al ver estos días, con motivo de la concesión del premio a Mario Vargas Llosa, una fotografía de Colita en la que aparecen retratados en la Barcelona de los primeros 70 el propio Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y José Donoso, acompañados de sus respectivas esposas. Donoso y su mujer murieron ya, y la hija de ambos, Pilar, ajusta cuentas con ellos en su reciente libro, Correr el tupido velo. García Márquez y Vargas Llosa, ambos con el Nobel en sus manos, rompieron su amistad un día de hace 34 años por motivos sobre los que los dos prefieren que se entretengan sus biógrafos.

La concesión del Premio Nobel al autor de Conversación en la catedral ha descolocado a todo el mundo, empezando por el propio MVLL, a quien la llamada en el amanecer de Nueva York de un portavoz de la Academia Sueca le suscitó antes que nada desconfianza. Como ha contado, esperó a que 14 minutos después los medios de comunicación confirmaran la noticia extendiéndola por todo el mundo para darle él mismo credibilidad. En el artículo que quincenalmente escribe para el periódico El País, recordaba la broma pesada de que había sido objeto el escritor italiano Alberto Moravia, al que una voz telefónica le concedió un galardón sueco que la realidad nunca refrendó. En esta ocasión, cuando MVLL ya había dejado de aparecer en las previsiones nobelísticas y su nombre había sido sustituido en las casas de apuestas británicas por otros como el sueco Tomas Tranströmer, el norteamericano Cormac McCarthy o incluso el keniano Ngugi wa Thiong’o, el autor de títulos como La ciudad y los perros o La casa verde se alzaba con el codiciado premio en virtud de unos méritos que los académicos suecos resumían de este modo: “Por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota”. Una envidiable capacidad de síntesis para una extensa obra que abarca la novela, el ensayo, el cuento, el teatro y el periodismo. “¿Dicen eso?”, preguntó el autor, con un punto todavía de incredulidad. “Me alegro mucho. ¡Ojalá fuera verdad. En efecto, de eso va mi obra, de la resistencia del individuo contra el poder, de la lucha de los hombres por salvar su individualidad en un mundo en el que la libertad está tan acosada. Esa nota expresa muy bien lo que yo pienso”, aseguró.

 Historias llenas de sentido

 ¿Hace mejor un premio como el Nobel a un autor? Si se tiene en cuenta la larga lista de grandes nombres que nunca lo recibieron o la distribución geográfica y temporal a la que obliga un galardón con vocación universal, no resulta difícil concluir que no. Más aún si se piensa en lo inútil de establecer grados y categorías comparativas en algo tan escurridizo como la literatura. Pero, sin duda, es un premio que los lectores de MVLL, todos aquellos que ha ido sumando libro tras libro, desde aquel inicial volumen de cuentos Los jefes, hasta la novela que ahora está por llegar, El sueño celta, en las librerías el próximo 3 de noviembre, sienten como algo que les pertenece. De lo mucho que se ha publicado estos días, me quedo con unas palabras de Darío Villanueva, catedrático de Literatura y secretario de la Real Academia española: “Pocos autores contemporáneos como nuestro flamante Premio Nobel 2010 han sido capaces de seducir de tal modo a la gran mayoría de los lectores contándoles historias llenas de sentido con una prosa al mismo tiempo hermosa y eficaz”.

Algo parecido creo encontrar en las propias palabras de MVLL pronunciadas en el II Encuentro que bajo el título ‘Lecciones y maestros’ se celebró en 2008 en Santillana del Mar: “Para mí una historia bien contada es una historia que el lector no tiene la impresión de leer sino de vivir; una historia que por su poder de persuasión interno anula la distancia entre lo escrito y el lector, elimina esa actitud crítica con la que inevitablemente nos acercamos siempre a un texto literario y en un momento dado da la impresión, al lector, de que las palabras se han eclipsado y que las reemplazan los hechos, los paisajes, la realidad pura, viva, una historia que parece vivida, no leída”. Cómo no estar de acuerdo. En sus novelas y relatos, MVLL sabe cautivar al lector, pero también en sus artículos periodísticos y en los ensayos en los que analiza la obra de un autor, ya sea García Márquez, Flaubert o Juan Carlos Onetti. Por eso cualquiera que haya leído estos trabajos o haya asistido alguna vez a una conferencia suya no puede por menos que envidiar la suerte de esa veintena de jóvenes que durante este semestre son sus alumnos en la Universidad de Princeton (Nueva Jersey), en donde el autor peruano disecciona El reino de este mundo, de Alejo Carpentier.

Aunque no como la de Moravia, la concesión del Nobel a MVLL vino acompañada de otra broma. En la red social Twitter alguien que se hizo pasar por el viejo amigo colombiano consideraba que el galardón sueco establecía ‘cuentas iguales’. Pese a las desavenencias ideológicas y a las diferencias personales, y frente al criterio de tantos que han ido soltando amarras con la literatura del colombiano, MVLL ha seguido incluyendo Cien años de soledad como una de las grandes novelas del siglo XX. Por ejemplo, en una entrevista de 1996 con el periodista Alfredo Barnechea, recogida en el libro Peregrinos de la lengua (Alfaguara, 1997), MVLL sostiene la vigencia del mundo que se trenza alrededor de los Buendía. Frente a la más perecedera Rayuela de Cortázar, MVLL se muestra convencido de que Cien años de soledad “quedará como uno de los grandes libros en la historia de la novela”. En estos días de halagos y vítores, se ha recordado también la elegancia y la generosidad de Vargas Llosa. La vida separó a dos amigos, pero el Nobel ha vuelto a unir sus nombres. Sus millones de lectores atestiguan que, con él o sin él, ambos han dado muestras suficientes de saber escribir.

Publicado en Escuela nº 3.879 (14 octubre 2010)

 
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