Residentes

El beso, dibujo de Federico García Lorca

 

Causa tristeza pensar en lo que hubiera sido este país de no haberse producido el sangriento tajo de la guerra civil, que hizo de él un inmenso erial durante cuatro décadas interminables. Vuelve a pensarlo uno mientras contempla en la Residencia de Estudiantes la exposición con la que se conmemora el centenario de una iniciativa que, fiel al espíritu de la Institución Libre de Enseñanza (ILE), buscaba la modernización de la sociedad española por la vía de la educación, la ciencia y la cultura. Cuando se repasa la historia de la Residencia de Estudiantes, inaugurada un 1 de octubre de 1910 – aunque no ocuparía su sede definitiva de la Calle Pinar, en lo que Juan Ramón Jiménez denominaría ‘La colina de los chopos’, hasta cinco años después- retornan nombres que querían de España un país avanzado, moderno, laico, abierto a Europa. Lo mismo que ahora, pero ochenta o noventa años antes. Nombres como Francisco Giner de los Ríos o Manuel Bartolomé Cossío, los creadores de la ILE; Alberto Jiménez Fraud, el director de la residencia; pero también los del escritor José Moreno Villa o el pedagogo Ángel Llorca, que ejercieron de tutores; o los de Pío del Río-Hortega, Juan Negrín o Gonzalo Rodríguez Lafora, gracias a los cuales llegó el conocimiento científico. Y junto a ellos los de los más eminentes científicos y hombres de letras del momento, que, como Einstein, Paul Valéry, Howard Carter, Louis Aragon, H.G. Wells o Le Corbusier, acudieron a la llamada de la Residencia, dictaron allí sus conferencias y contribuyeron a hacer de este espacio un reducto civilizado de conocimiento.

Provoca estupor, por ejemplo, recordar que el auditorio de la Residencia se convirtió, tras la victoria franquista, en iglesia. Pero probablemente no hay mejor metáfora que esta de la regresión salvaje que sufrió el país, y de cómo el pensamiento fue atenazado y las mentes más lúcidas obligadas al exilio o represaliadas sin miramientos, cuando no fusiladas. La exposición que ahora se ofrece deja testimonio de aquel esfuerzo loable con el que se quiso incorporar a España a lo mejor del mundo occidental, y de cómo esa tarea fue inmisericordemente frustrada por los violentos defensores de la fe única, el pensamiento único y la moral obligatoria. Un proyecto que había nacido movido por el espíritu innovador y que había hecho de la creación, la difusión y el intercambio científico y cultural el eje de su razón de ser quedaría hecho añicos con la guerra, que lo convirtió en hospital de carabineros con la República y en comedor para los oficiales franquistas después. Como el resto del patrimonio de la Junta para Ampliación de Estudios, en 1939 las instalaciones de la Residencia pasaron a manos del recién creado Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que haría de ella una residencia para sus investigadores. El Gobierno socialista, heredero de muchos de los principios que inspiraron a la ILE, recuperaría en 1986 la Residencia y le proporcionaría savia nueva. Hoy, cuando cumple cien años, celebramos que vuelva a ser un espacio de cultura y de ciencia, de saber, abierto a los jóvenes investigadores de cualquier disciplina, continuadores también ellos de una tradición de conocimiento que nunca debería haberse interrumpido.

Doy por concluida mi visita a la exposición y sólo después de cruzarme con Antonio Muñoz Molina, quien una hora después pronunciará allí una conferencia, y de rememorar el papel que la Residencia y José Moreno Villa tienen en su última novela, La noche de los tiempos, me doy cuenta de que me he perdido la recreación que se anunciaba de una de las antiguas habitaciones. Como probablemente soy víctima de mi propio despiste, me conformo con leer algo sobre esa reproducción, hecha a partir de fotografías de la época y de testimonios escritos, y con saber que, inspiradas en las de los colleges de las universidades inglesas, esas estancias pretendían ofrecer a los residentes “un lugar cómodo pero sin ningún lujo, modesto pero racional, donde no faltase nada de lo necesario para la reflexión y la creación”.

Historia de una amistad

Por aquellas habitaciones y a lo largo de más de 20 años debieron pasar muchos residentes. La impronta que dejaron unos fue mayor que la de otros. Acompañado de su padre y de su hermana, en septiembre de 1922 llegó a la colina de los chopos un joven de 18 años con la intención de estudiar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. En su biografía de García Lorca, Ian Gibson describe a ese Salvador Dalí como un joven bello y delgado, con ojos verdes que llamaban la atención y de una timidez exagerada. Pronto entabló relación con Luis Buñuel, Pepín Bello o Federico García Lorca, instalados allí desde hacía varios años. Esa amistad entre el pintor y el poeta, y su posterior ruptura, ha dado trabajo a infinidad de investigadores, que no siempre han concluido su tarea de la mano de la certeza. De una manera extraña, otra muestra, la que ofrece ahora el CaixaForum de Madrid, soslaya los aspectos personales para centrarse exclusivamente en la complicidad artística e intelectual. De este modo se propone una ‘nueva lectura’ sobre una relación entre dos personalidades que el comisario de la exposición no duda en admitir como “completamente antagónicas”. Dado que la propuesta va dirigida hacia un público indiscriminado, y no solo hacia el experto, el resultado se me antoja frío y un punto tedioso, del que quedan fuera muchos elementos, no necesariamente al alcance del gran público y que tal vez permitieran una mejor contextualización.

El comienzo de esa amistad viene acompañado entre 1922 y 1924 del descubrimiento del arte de vanguardia. Es en estos años cuando se sitúa el proyecto fallido de El libro de los putrefactos, con el que Dalí y Lorca pretendían censurar el arte que consideraban solemne y anacrónico. La amistad llega a su fase de madurez entre 1925 y 1928, en medio del debate que les suscitan las lecturas de publicaciones de vanguardia como L´Esprit Nouveau o Valori Plastici. Y entra en una crisis que llevará al distanciamiento cuando en 1928 Dalí, que se decanta por las tesis surrealistas y aparece bajo el influjo de Buñuel, llega a tachar de putrefacto el propio Romancero gitano de Lorca. Contemplo las fotos de los dos veranos que Federico pasó en Cadaqués, junto a Dalí, y siento la necesidad de ver la ruptura de una amistad en algo más que en convicciones meramente artísticas. Dejo atrás el CaixaForum y la Residencia de Estudiantes, me adentro en la minuciosa biografía que de Lorca escribió Gibson y pienso que nunca le estaremos suficientemente agradecidos a este irlandés de Lavapiés por tanto como nos ha revelado de estos ilustres inquilinos de la Residencia de Estudiantes, pero también de Miguel Hernández, de Antonio Machado, y quizá de nosotros mismos.

Publicado en Escuela nº 3. 880 (21 octubre 2010)

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