La literatura es… literatura

Portada del libro de Fernando Sanchez Dragó y Albert Boadella

No abundan las ocasiones en las que un libro sea capaz él solito de ponerlo todo patas arriba.  De levantar polvaredas que hagan que las fuerzas vivas se distraigan de su ardua tarea de fabricar titulares. Cuando se dan, los responsables del bien común –bueno, es un decir- se empeñan en seguir haciendo frases memorables. Pero no, no es muy frecuente que a estas alturas un libro salte de la mesa de novedades para ocupar un espacio en el quehacer de los políticos –a menos que sea verano-, en las tertulias públicas, en el debate ciudadano. De vez en cuando surge alguno. Si se hace memoria se recordará el escándalo que suscitó hace siete u ocho años un libro de poético título, Todas putas. Su existencia había transcurrido como pasa la vida de los libros de cuentos de quienes no son famosos ni tienen inmediato acceso a los suplementos literarios. Algo ocurrió que le insufló vida. Algo extraliterario, pero que lo dio a conocer hasta a quienes no se preocuparán nunca por la cronificada mala salud de hierro del cuento contemporáneo. Su editora, Miriam Tey, fue nombrada por el gobierno conservador directora del Instituto de la Mujer, y muchos y muchas no vieron con buenos ojos que alguien se preocupara a unas horas por los derechos de las féminas y a otras publicara libros que podían descodificarse como apología de la violación. Nada menos. El caso es que la editora aguantó y el libro, aureolado de una publicidad que para sí hubieran querido otros, siguió su camino inevitable hacia el cajón de saldos. Hoy su autor luce con orgullo la vitola de haber sido su obra “el primer libro de cuentos que se ha intentado prohibir en plena democracia”, y todo por ser un volumen de “relatos románticos que consiguió cabrear a todo el mundo incluso antes de que nadie lo leyera”.

No ha sido el único. La literatura y la política han tenido estos días una nueva ocasión para tantearse y buscarse las cosquillas. Una conversación entre un escritor y un director teatral aparecida bajo forma de libro ha desatado otra polémica de las que no abundan en el mundo libresco, salvo que te apellides Pérez-Reverte. El escritor, Fernando Sánchez Dragó, ha gozado desde siempre de la virtud de ser el mejor propagandista de sí mismo y de disfrutar como nadie siendo el centro de la atención. Lo fue con su primer libro, aquella historia mágica que tanto gusta a los historiadores y que continúa reimprimiéndose como si no pasara el tiempo o fuera, en efecto, una obra imprescindible, y lo sigue siendo con el último por ahora. El director teatral dejó Cataluña, se dejó querer por casi los mismos que hace 25 años prohibían con furia sus espectáculos y aceptó la dirección de unos teatros públicos que en su ferviente liberalismo Esperanza Aguirre había dudado al llegar al cargo si dejarlos inconclusos.

 ‘Anécdota trivial’

La vida es así. En otras palabras Dios los cría, y ellos hablan de sexo, drogas, España, corrupción… No de otra manera se titula el libro que ha vuelto a convertir a los políticos en críticos literarios. Confieso que yo había hojeado el libro y había leído al azar algunos diálogos en los que el escritor y el director teatral intercambiaban sus contrapuestos pareceres sobre las lolitas, pero no recuerdo haber echado el ojo al fragmento que utilizó el Comité de Empresa para alancear a la presidencia regional en la persona del empleado de Telemadrid Sánchez Dragó. En aquella aventura de camastro japonés de hace 40 años que no pierde oportunidad de divulgar en cada libro de entrevistas el vecino más famoso de Castilfrío de la Sierra (Soria), la peligrosa minoría de edad de las protagonistas mengua o por el contrario se ensancha un poquito en función de las circunstancias. Desde Japón Dragó envió sus justificaciones, las matizó, luego las empequeñeció –“una anécdota trivial y sin mucha chicha convertida en literatura”- y poco le faltó para terminar admitiendo que todo era falso.

Su vecina, amiga, jefa y dueña de Telemadrid aprovechó la máquina de hacer titulares para hacer uno memorable: “La literatura es eso, literatura”. Esperanza Aguirre, una neoliberal que gusta de practicar el sabotaje institucional desde dentro de las instituciones, se erigió en teórica de la literatura y nos aleccionó con palabras llenas de sabiduría en las que un profundo conocimiento se mezclaba con su árbol genealógico: “La historia de la literatura está plagada de relatos de actos absolutamente reprobables. Toda la historia de la literatura. Pero por citar solo algunos, más conocidos, Gabriel García Márquez, Henry Miller, Jaime Gil de Biedma. Y ¿qué pasa? ¿Qué hay que quemar esos libros en la hoguera como si fuéramos Torquemadas? ¿O mejor quemamos a los autores? Si hubiera hecho propaganda o apología de un delito alguien en una televisión pública, evidentemente que no. Pero la literatura es eso, literatura”. No es lo mejor considerar literatura la transcripción de una conversación de taberna. Es el tono empleado por la autora de la cita, una sabia fusión de soberbia y egolatría.

Si un partido se ve en la necesidad de defender a los suyos es que alguien los está atacando. Desde Turquía la ministra de Cultura de ahora, guionista de cine, alegó que la literatura no es una coartada y que las obligaciones y valores de un escritor no son distintas de las de cualquier otro miembro de la sociedad. El oficio de literato, dijo Ángeles González-Sinde, “no es un eximente para quienes, con sus palabras, por muy hábilmente que estén ordenadas, ofenden, desprecian, se saltan las reglas de convivencia y pisotean, peligrosamente, valores como la igualdad o la no discriminación”. Cabe deducir entonces que, a juicio de quien ocupa un alto cargo institucional, el escritor debe ser un buen ciudadano, un sujeto ejemplar. ¿También cuando escribe? Tal vez entonces el problema adquiera su verdadera enjundia, que no es otra que saber qué es el arte y para qué sirve. ¿Tal vez para agradar a su público con palabras hábilmente ordenadas y vender muchos ejemplares? ¿O tal vez la respuesta sea otra? Me gusta una frase oída hace poco al fotógrafo Joan Fontcuberta. La fotografía, aunque ya no sé si dijo el arte, debe ser “una lija para los ojos”. Un revulsivo. Un cuestionamiento del mundo. Una herida en nuestra visión convencional. Algo que solo está al alcance de unos pocos. Flaubert sufrió persecución por Madame Bovary, Nabokov por Lolita… Las charlas tabernarias mueren en la esterilidad de la nada. La literatura, esa rara avis, es otra cosa.

Publicado en Escuela nº 3.882 (4 noviembre 2010)

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