Historia de una amistad

Poema 'A José María Palacio', de Antonio Machado

Parques y alamedas han representado una vez más ese espectáculo efímero e impagable con que la naturaleza dota a los otoños, y uno no deja de acordarse entonces de aquellos álamos dorados del camino entre San Polo y San Saturio de los que habla Antonio Machado en un poema de Campos de Castilla. Pero en la Baeza de 1913 Machado no añora la visión prodigiosa del otoño en las riberas sorianas del Duero, sino la primavera vistiendo las ramas de los chopos del río, las hojas nuevas en los olmos viejos, las zarzas que florecen entre las peñas grises. La visita fortuita a una librería orillada por la costumbre pone en mis manos un libro que recoge las actas del Congreso Internacional Antonio Machado en Castilla y León, celebrado en el año 2007. El encuentro pretendía recordar la estancia del poeta tanto en Soria, en donde vivió entre 1907 y 1912, cuando a la muerte de su esposa, Leonor, se traslada a Baeza; como en Segovia, en donde residirá entre 1919 y 1932, año de su retorno a Madrid.

El libro, en el que se recogen trabajos que analizan una diversidad amplia de aspectos relacionados con Machado, es una de esas ediciones sufragadas por los gobiernos regionales, por lo que hay que felicitarse cuando logran superar los estrechos reductos de lo autonómico y asomar a otros puntos de venta fuera de sus fronteras. El colofón advierte de que salió de las prensas en junio de 2008, por lo que no deja de causar extrañeza que, con la urgencia con la que nacen y sobre todo mueren hoy los libros, conviva más de dos años después en las mesas en las que se alojan títulos que acaban de ver la luz y andan a la búsqueda de sus primeros lectores. Bienvenida sea esa rareza, porque en él encuentro un texto que deseaba leer desde hace mucho tiempo. Por sus casi 600 páginas asoman firmas de prestigio: Gonzalo Santonja, Francisco Javier Díaz de Revenga, José Luis Abellán, Antonio Colinas, Ian Gibson o Antonio Rodríguez Almodóvar, vecino en esta misma página. Leo algunos ensayos, picoteo en otros y me detengo en uno movido por algo que tiene mucho que ver con su mismo título. A ese rótulo, ‘El culto a la amistad’, lo preceden dos nombres propios. Uno, claro, es el de Antonio Machado. El otro, el del destinatario del encargo que este poetiza el 29 de abril de 1913 desde Baeza, de llevar unos lirios y las primeras rosas de la primavera a la tumba de Leonor, en el cementerio de Soria: José María Palacio. “Palacio, buen amigo…”

 Confidente

 Más allá de las dedicatorias, tal vez no sea demasiado frecuente la presencia de un nombre propio en el interior de un poema. ¿Quién era este José María Palacio a quien Machado inmortaliza en un verso de Campos de Castilla y cuyo nombre recordaremos en cada lectura de ese poema? El autor de este breve trabajo, José María Martínez Laseca, rastrea alguna información sobre este periodista nacido en Rasal (Huesca) en 1880 y a quien le otorga la condición de verdadero confidente de Machado. ¿Quién era ese ‘buen amigo’ al que, desde la distancia y la nostalgia, se dirige Machado en ese poema? Martínez Laseca, profesor de Literatura en el mismo Instituto de Soria en el que impartió sus clases Machado- da algunas pistas sobre él. Crecido en el seno de una familia humilde, Palacio cursó estudios de magisterio, y ya siendo estudiante en Huesca empezó a escribir en periódicos aragoneses. Tras acceder a un puesto de funcionario, fue destinado en 1901 a Soria. Machado y Palacio trabarán amistad al poco de llegar el poeta a esta pequeña ciudad en mayo de 1907. Unos meses después Palacio contraerá matrimonio con la sobrina de la dueña de la pensión en la que se hospedaba el profesor y poeta, y prima carnal a su vez de quien se convertirá en la esposa de Machado. Anudada con lazos de familiaridad, el profesor de francés y el funcionario y periodista trabarán una amistad profunda que perdurará en el tiempo y que quedará fijada para siempre en aquel poema. Fiel al estilo periodístico de la época, con esa atención que se concedía a las llegadas y partidas de los personajes ilustres, Palacio dará cuenta a sus lectores de los movimientos de Machado, de sus ocasionales viajes a Madrid o Zaragoza, del cruce de cartas con Unamuno, de sus conferencias y discursos, de su boda con Leonor. Al tiempo, reproduce en su periódico, Tierra Soriana, diversos poemas del autor de Soledades, quien también colaborará desde París cuando viaje a la capital francesa pensionado por la Junta de Ampliación de Estudios. Machado acompañará a Palacio en la fundación de un nuevo periódico, El Porvenir Castellano, en donde el periodista llegará a escribir la necrológica de Leonor, muerta el 1 de agosto de 1912, así como la despedida al amigo que abandona Soria embargado por el dolor. La relación proseguirá de manera epistolar, y en 1924, cuando Palacio ya se haya trasladado a Valladolid, no dejará de sumarse a la propuesta de homenaje a Machado que empieza a surgir en Soria. El reconocimiento tardará en llegar, pero cuando por fin se materializa y la ciudad le hace entrega en 1932 del título de hijo adoptivo, José María Palacio vuelve a rendir tributo al amigo en un artículo publicado en el periódico que ambos contribuyeron a crear. Poco más sabemos de Palacio, de quien Heliodoro Carpintero –el hombre que acabó de enseñar a leer y a escribir a Javier Marías-  afirmó que fue la figura más machadiana que trató nunca Machado.

 Cuando no es raro que estudiosos de todo tipo dediquen esfuerzos ingentes a rescatar nombres vencidos por el olvido, tal vez no estuviera mal que alguien se molestase en aportar un poco más de conocimiento sobre la figura de José María Palacio. Martínez Laseca, autor de un libro que ya en los años 80, lejos de fechas centenarias, sacó a la luz el paso de Machado por la ciudad de Soria –y que ha sido objeto de reciente reedición- ha dado con este trabajo otro paso en esa andadura. Pero como son todavía muchas las cosas que desconocemos de ese nombre inmortalizado en el poema, constituiría un acierto retomar ese empeño. Con el oro en las copas de los álamos o la primavera vistiendo las ramas de los chopos, algunos se lo agradeceríamos.

Publicado en Escuela nº 3.883 (11 noviembre 2010)

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