Larra: Los restos del naufragio

Exposición sobre Larra en el Museo del Romanticismo

Los objetos se resisten a desaparecer. El desapego, otras costumbres, nuevas formas de vida, la moda, en definitiva, con su voluble criterio y su gran capacidad de olvido, los arroja a ese extrarradio humilde de la vida que son los rastros, los brocantes, las modestas chamarilerías, para que de ahí los vuelvan a rescatar el gusto renovado, el capricho o la nostalgia. No siempre ese es su destino. Los hay que siguen un itinerario acorde con la distinción de sus antiguos propietarios. En ocasiones afloran en busca de una nueva vida en selectas casas de subastas. Las medias de seda empleadas por Napoleón durante su exilio en la isla de Santa Elena acaban de venderse en Francia por un importe de 31.250 euros, una cifra muy alejada de los 400.000 pagados por dos pistolas con incrustaciones de sílex que pertenecieron a su hermano José Bonaparte, nuestro Pepe Botella. Otras veces reaparecen en el interior de un museo. Después de un largo peregrinaje por el árbol genealógico familiar, las pertenencias de Mariano José de Larra han acabado nutriendo los fondos del Museo del Romanticismo, en Madrid, y algunas de ellas pueden contemplarse ahora en la exposición Larra XIX cajas.

Cuando se entra en la sala oscurecida, un ligero desconcierto se apodera del visitante. Una estancia pequeña con aire de capilla. Un retrato del difunto al fondo. Una relación de datos a modo de lápida. Un pequeño camposanto compuesto por un laberinto de cajas de distinto tamaño, y supervisándolo todo una vigilante que lee un libro electrónico. ¿Será acaso uno de Larra? Las vitrinas que dan carta de naturaleza a cualquier muestra museística se convierten aquí en unas cajas que requieren la colaboración consciente para poder desplegar su contenido. Se pinzan los tiradores, se abren sus portezuelas y la caja se ilumina para mostrarnos solo a nosotros su contenido. 19 cajas. 19 objetos que sobrevivieron al suicidio del padre del periodismo español moderno aquel 13 de febrero de 1837, pocos minutos después de reunirse con su amante, Dolores Armijo, y de oír de boca de esta su rechazo a reanudar la relación sentimental que habían mantenido y la reclamación de sus cartas de amor.

“Aquel infeliz”

El visitante abre una de las cajas y observa una carta en la que puede leerse: “El 13 por la mañana se manifestó muy diligente aquel infeliz con sus criados previniéndoles limpiasen toda la casa, encendiesen más braseros, etc.; estaba al parecer más contento que otros días, muy agradable con la familia y se vistió con la mayor elegancia”. Es la carta que Eugenio de Larra, tío del escritor, escribió al padre de este dándole cuenta de los acontecimientos que tuvieron lugar el día de la muerte. Caja a caja van emergiendo los restos del naufragio de una vida caracterizada por su rebeldía contra la opresión y la incultura. Una tarjeta de visita con la anotación a mano de su nuevo domicilio. Una baraja francesa. Un certificado de matrícula y asistencia a la Cátedra de Lengua Griega durante el curso 1825-1826. Escritos que revelan las pequeñas acciones de que está compuesta la vida cotidiana.  Un recibo por la compra de papel para su periódico El Duente satírico del día. Un justificante de la entrega de 576 reales en concepto de alquiler de una habitación en la calle Caballero de Gracia, 21. Un pagaré por un préstamo de 2.500 reales de vellón, a abonar “por medio de descuentos parciales hechos sobre el valor de las producciones literarias mías de todas especies”. Manuscritos. El del artículo El duelo, fechado en abril de 1835 y publicado en una revista, Mensajero, cuya cabecera nos remite hoy, más que a Fígaro, a la Compañía de Jesús. El de El álbum: “… ¿Qué es una bella sino un Álbum, a cuyos pies todo el que pasa deposita su tributo de admiración? ¿Qué es su corazón muchas veces sino un álbum? Perdónennos la atrevida comparación, pero dichoso el que encuentra en esta especie de Álbum todas las hojas en blanco! Dichoso el que no pudiendo ser el primero (no pende siempre de uno el madrugar) puede ser siquiera el último”. Cartas. La primera biografía, escrita por su tío Eugenio de Larra y Langelot, una contribución al género que habría de convertirse en costumbre familiar. Objetos personales. Una camisa. Unos tirantes. Un chaleco. Una levita. Y una reliquia. Un mechón de pelo guardado durante décadas en una caja de ónice y metal dorado y sujeto a una nota manuscrita en la que se lee: “Pelo de mi Mariano”.

Sí, los objetos se resisten a desaparecer. Durante 173 años, estos y otros muchos, hasta un total de 178, irían transmitiéndose a los descendientes como una valiosa herencia que hablaba  de un hombre inconformista que no llegó a cumplir los 28 años y cuya fama el tiempo acrecentaría hasta reservarle un lugar de honor no solo en la literatura española, sino también –lo que es notable-  en el habla popular. Ese legado guardado devotamente y transmitido de generación en generación ha encontrado acomodo definitivo en el Museo Nacional del Romanticismo. Jesús Miranda de Larra, hijo de la tataranieta del escritor y autor él mismo de una reciente biografía de su antepasado, lo donó el pasado mes de febrero en un acto de gran generosidad. ¿Cuánto dinero hubiera llegado a pagarse en una subasta?

Publicado en Escuela nº 3.887  (9 diciembre 2010)

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