Pasiones venecianas

 

Venecia

 

Basta con visitar una buena librería para salir cabizbajo por la cantidad de libros que son capaces de despertar nuestro interés, pero que no podremos leer por falta de tiempo, de dinero o, lo que es todavía peor, de conocimiento suficiente para disfrutarlos. Hay siempre una pila excesiva de títulos pugnando por encontrar un hueco en nuestras lecturas, lo que hace que, en más ocasiones de las deseadas, leamos con prisas, impacientes por concluir un libro y empezar otro, como el fumador ansioso que enciende un cigarro con el cabo del otro y no es capaz de disfrutar de ellos. Por eso han ser bienvenidos los libros que nos obligan a pararnos y  a recapacitar, que nos invitan a una lectura sosegada hasta apurar el deleite. La ciudad de los extravíos, que lleva por subtítulo Visiones venecianas de Shakespeare y Thomas Mann (Fórcola ediciones) es uno de esos volúmenes necesarios que nos adentran en profundidades literarias a las que no somos capaces de llegar por nosotros mismos.

Su autor, Jaime Fernández, es un viejo conocido de los lectores más veteranos de Escuela, en donde fue redactor-jefe, pero también de los más recientes, por su vecindad periódica en esta misma página. Tras publicar el año pasado el ensayo De claro en claro. Una lectura del Quijote, se ocupa ahora de desentrañar los entresijos de dos clásicos que comparten un mismo escenario, pero que en La muerte en Venecia ya no es la república cosmopolita que Shakespeare refleja en El mercader de Venecia, y en la que se combina la prosperidad derivada de la actividad comercial con la tensa convivencia entre cristianos y judíos. La Serenísima de Thomas Mann es una ciudad cuyo antiguo esplendor solo perdura en el arte y en su arquitectura, y en cuya decadencia encuentra placentero refugio a comienzos del siglo XX una burguesía centroeuropea de la que los lugareños no pueden prescindir.

Fernández entra en una y otra obra para sacar a la luz paralelismos entre personajes y  estructuras argumentales. Disecciona con detalle el carácter y la motivación de Antonio, el mercader secretamente enamorado de su amigo Bassanio y por el que queda en una temeraria deuda con Shylock, el judío usurero al que profesa una profunda animadversión. Lo mismo hace con Gustav Aschenbach, el respetado escritor alemán descontento tanto con su vida como con su obra que llega a la ciudad de los canales para un viaje que no tendrá retorno. Antonio y Shylock –víctimas los dos de la marginación, secreta en el caso del primero y visible en el del segundo-  encarnan, nos recuerda Jaime Fernández, el comercio y el dinero, respectivamente, las dos fuerzas económicas más influyentes de la ciudad, en un contexto de difícil interdependencia entre acreedores y comerciantes que necesitaban del dinero prestado para llevar a cabo sus actividades. El significado del dinero en el mundo judío, su marginación visible, así como la invisible padecida por los enamorados de igual sexo, pasan por el tamiz analítico de Jaime Fernández, que hace gala de una portentosa erudición con la que transita con soltura por todo tipo de conocimientos, ya tengan su origen en las escrituras bíblicas, en la historia del judaísmo, en la literatura de no importa qué siglo o en el  pensamiento filosófico antiguo o moderno.

Paralelismos

Bajo su punto de vista, el centro de gravedad de El mercader de Venecia radica en la peculiar amistad entre dos hombres, Antonio y Bassanio, por más que, apunta, Shakespeare disimulara su trascendencia desviando el foco de atención hasta el conflicto entre el mercader y el prestamista judío. Fernández establece un paralelismo entre Antonio y Jesucristo, al considerar que el primero desempeña el papel de Cristo salvador de la humanidad pecadora; Shylock, el del pueblo judío, y Bassanio, el de la humanidad pecadora que desconoce la ley y la transgresión y por cuya redención se sacrifica el salvador. Para el autor de La ciudad de los extravíos, la conclusión es clara: Shakespeare recurriría al episodio central de la teología cristiana para “vestir un sentimiento de amistad de tintes homoeróticos”.

El homoerotismo también está muy presente en La muerte en Venecia. En una carta, Thomas Mann escribió que el tema de esta novela corta era “la pasión como desequilibrio y degradación”. La lectura que hace Jaime Fernández -quien vincula esta novela con otra de Mann, Tonio Kröger– es que se trata de una parábola en torno al sentido del arte y al trabajo del artista en el crepúsculo de la burguesía centroeuropea. En su opinión, personajes como Antonio, Gustav Aschenbach o Tonio Kröger mantienen entre sí un vínculo cervantino: al serles imposible vincularse con otro individuo que corresponda a sus necesidades emotivas se crean un mundo alternativo al real. “La melancolía de Antonio y el malestar de Aschenbach ante su pasado”, nos dice Fernández, “delatan una arraigada insatisfacción, pero también la pálida esperanza de contrarrestarla con el pedazo de realidad que en un momento dado creen atisbar en el horizonte y que más pronto que tarde se revelará como un espejismo”.

 La coincidencia de la ambientación de las dos obras en la Serenísima –el lugar ideal para que ambos protagonistas “soñaran con la posibilidad de hacer realidad sus extrañas fantasías de autodestrucción bajo la apariencia de conquista de lo Absoluto”- llevó a Jaime Fernández a una lectura en profundidad de ellas. El lector haría bien si dejara para más adelante el dar cuenta del último botín obtenido en su librería y se acercara a su biblioteca para someter a una relectura estas dos obras en las que el nombre de Venecia campea en sus títulos. La ciudad de los extravíos ha de ser, sin duda, una excelente guía en ese viaje.

Basta con visitar una buena librería para salir cabizbajo por la cantidad de libros que son capaces de despertar nuestro interés, pero que no podremos leer por falta de tiempo, de dinero o, lo que es todavía peor, de conocimiento suficiente para disfrutarlos. Hay siempre una pila excesiva de títulos pugnando por encontrar un hueco en nuestras lecturas, lo que hace que, en más ocasiones de las deseadas, leamos con prisas, impacientes por concluir un libro y empezar otro, como el fumador ansioso que enciende un cigarro con el cabo del otro y no es capaz de disfrutar de ellos. Por eso han ser bienvenidos los libros que nos obligan a pararnos y  a recapacitar, que nos invitan a una lectura sosegada hasta apurar el deleite. La ciudad de los extravíos, que lleva por subtítulo Visiones venecianas de Shakespeare y Thomas Mann (Fórcola ediciones) es uno de esos volúmenes necesarios que nos adentran en profundidades literarias a las que no somos capaces de llegar por nosotros mismos.

Su autor, Jaime Fernández, es un viejo conocido de los lectores más veteranos de Escuela, en donde fue redactor-jefe, pero también de los más recientes, por su vecindad periódica en esta misma página. Tras publicar el año pasado el ensayo De claro en claro. Una lectura del Quijote, se ocupa ahora de desentrañar los entresijos de dos clásicos que comparten un mismo escenario, pero que en La muerte en Venecia ya no es la república cosmopolita que Shakespeare refleja en El mercader de Venecia, y en la que se combina la prosperidad derivada de la actividad comercial con la tensa convivencia entre cristianos y judíos. La Serenísima de Thomas Mann es una ciudad cuyo antiguo esplendor solo perdura en el arte y en su arquitectura, y en cuya decadencia encuentra placentero refugio a comienzos del siglo XX una burguesía centroeuropea de la que los lugareños no pueden prescindir.

Fernández entra en una y otra obra para sacar a la luz paralelismos entre personajes y  estructuras argumentales. Disecciona con detalle el carácter y la motivación de Antonio, el mercader secretamente enamorado de su amigo Bassanio y por el que queda en una temeraria deuda con Shylock, el judío usurero al que profesa una profunda animadversión. Lo mismo hace con Gustav Aschenbach, el respetado escritor alemán descontento tanto con su vida como con su obra que llega a la ciudad de los canales para un viaje que no tendrá retorno. Antonio y Shylock –víctimas los dos de la marginación, secreta en el caso del primero y visible en el del segundo-  encarnan, nos recuerda Jaime Fernández, el comercio y el dinero, respectivamente, las dos fuerzas económicas más influyentes de la ciudad, en un contexto de difícil interdependencia entre acreedores y comerciantes que necesitaban del dinero prestado para llevar a cabo sus actividades. El significado del dinero en el mundo judío, su marginación visible, así como la invisible padecida por los enamorados de igual sexo, pasan por el tamiz analítico de Jaime Fernández, que hace gala de una portentosa erudición con la que transita con soltura por todo tipo de conocimientos, ya tengan su origen en las escrituras bíblicas, en la historia del judaísmo, en la literatura de no importa qué siglo o en el  pensamiento filosófico antiguo o moderno.

Paralelismos

Bajo su punto de vista, el centro de gravedad de El mercader de Venecia radica en la peculiar amistad entre dos hombres, Antonio y Bassanio, por más que, apunta, Shakespeare disimulara su trascendencia desviando el foco de atención hasta el conflicto entre el mercader y el prestamista judío. Fernández establece un paralelismo entre Antonio y Jesucristo, al considerar que el primero desempeña el papel de Cristo salvador de la humanidad pecadora; Shylock, el del pueblo judío, y Bassanio, el de la humanidad pecadora que desconoce la ley y la transgresión y por cuya redención se sacrifica el salvador. Para el autor de La ciudad de los extravíos, la conclusión es clara: Shakespeare recurriría al episodio central de la teología cristiana para “vestir un sentimiento de amistad de tintes homoeróticos”.

El homoerotismo también está muy presente en La muerte en Venecia. En una carta, Thomas Mann escribió que el tema de esta novela corta era “la pasión como desequilibrio y degradación”. La lectura que hace Jaime Fernández -quien vincula esta novela con otra de Mann, Tonio Kröger– es que se trata de una parábola en torno al sentido del arte y al trabajo del artista en el crepúsculo de la burguesía centroeuropea. En su opinión, personajes como Antonio, Gustav Aschenbach o Tonio Kröger mantienen entre sí un vínculo cervantino: al serles imposible vincularse con otro individuo que corresponda a sus necesidades emotivas se crean un mundo alternativo al real. “La melancolía de Antonio y el malestar de Aschenbach ante su pasado”, nos dice Fernández, “delatan una arraigada insatisfacción, pero también la pálida esperanza de contrarrestarla con el pedazo de realidad que en un momento dado creen atisbar en el horizonte y que más pronto que tarde se revelará como un espejismo”.

 La coincidencia de la ambientación de las dos obras en la Serenísima –el lugar ideal para que ambos protagonistas “soñaran con la posibilidad de hacer realidad sus extrañas fantasías de autodestrucción bajo la apariencia de conquista de lo Absoluto”- llevó a Jaime Fernández a una lectura en profundidad de ellas. El lector haría bien si dejara para más adelante el dar cuenta del último botín obtenido en su librería y se acercara a su biblioteca para someter a una relectura estas dos obras en las que el nombre de Venecia campea en sus títulos. La ciudad de los extravíos ha de ser, sin duda, una excelente guía en ese viaje.

 Publicado en Escuela nº 3.888  (16 diciembre 2010)

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