De bibliofilias, bibliofagias y bibliopatías

Portada del libro 'Un mundo de libros'

 

Si es usted uno de esos lectores a los que no les da lo mismo un libro que otro, no le es indiferente la edición bajo la que aparezca, ha ido más de una vez en pos de un determinado título de difícil localización y ha sentido en el estómago el latigazo que produce un hallazgo inesperado; es decir, si es usted un letraherido, ya sea en su variante modesta o elitista, Un mundo de libros le hará sentirse entre colegas de un club que comparten una misma afición, por más que los recursos de cada uno sean muy distintos. Yolanda Morató, filóloga, traductora y coordinadora de este volumen, dice haber querido con él dibujar un mapa de las librerías de viejo, esos lugares que sitúa “a caballo entre el museo y la galería de arte, albaceas temporales de herencias milagrosas, conservadores, en definitiva, de siglos de tradición y traición literaria”. Para ello se ha rodeado de auténticos sabuesos que parecen no haber dejado un oscuro zaquizamí sin rastrear y a cuyo paso no quedan sino terrenos esquilmados y estériles por largo tiempo.

 

Editado por la Universidad de Sevilla con motivo de la Feria del Libro Antiguo, Un mundo de libros es un acabado repertorio de pasiones por este viejo artefacto de papel, amor que en unos casos linda con la bibliofagia y casi siempre acaba en la bibliopatía. Sin duda, Juan Manuel Bonet es la encarnación misma de esa enfermedad. Si no fuera porque uno se la imagina también abarrotada de cuadros, su casa debe parecerse bastante a un generoso depósito de la Biblioteca Nacional. Bonet, que escribe el prólogo y pasa revista también a las librerías de su ciudad natal, París, aprovecha estas páginas para dar cumplimiento a una promesa formulada hace 20 años, cuando en su dietario La ronda de los días prometió informar sobre los lugares a los que alguna vez entró a por libros. El lector puede ir haciéndose una idea. Si alguien se tomara la molestia de cotejar esa relación con el índice de un atlas geográfico llegaría a la conclusión de que debe haber pocos sitios en el mundo que no registren el paso de Bonet tras la obra olvidada de algún raro, ya sea vanguardista o no. No solo no ha desaparecido de su recuerdo la memoria precisa de librerías y libreros diseminados por todo el orbe, sino que aún es capaz de asociarlos con cada uno de los volúmenes sagazmente rescatados de estanterías en las que no debían de sentirse del todo cómodos.

Lances de libros viejos

De las pesquisas a que cada mañana de domingo da lugar el Rastro madrileño, ese arroyo al que terminan por llegar todo tipo de despojos, ha venido dando sobrada cuenta en sus dietarios y en sus artículos el infatigable compañero de Bonet, Andrés Trapiello. Aquí, al repasar muchos años de búsqueda libresca por los madriles de ayer y de hoy, Trapiello añade un capítulo más a ese volumen “que todavía se está escribiendo” sobre las librerías de viejo pero, para el que, como suele ser habitual en él, ya tiene título –Lances de libros viejos– y aun editor, Abelardo Linares, “quien satisfizo el adelanto de los derechos de autor hace ya muchos años y como no podía ser de otro modo con un libro de viejo para mí muy estimado”.

También editor, Linares es el sevillano librero innominado del texto de José María Conget, un raro espécimen entre los cazadores de libros. Conget, que se inició como escritor con títulos como Quadropedumque o Comentarios (marginales) a la Guerra de las Galias, asumió el encargo de poner en marcha la biblioteca del Instituto Cervantes de Nueva York. En su relato, un fragmento publicado con anterioridad, da cuenta de esos primeros pasos, para los que -oh, tiempos- había “dinero e ímpetu”. En la ciudad de los rascacielos los calentones librescos, dice, se convirtieron en la fiebre alta del cazador,  pesquisa que proseguía fuera del horario laboral, durante las vacaciones e incluso en sueños. Cubrió las necesidades más perentorias de la biblioteca y empezó la tarea de buscar hacia atrás. En ese periplo no dejó librería en Nueva York que pudiera albergar un libro de interés para el Cervantes y en el empeño dio con ese “sueño loco de papel impreso en castellano” que era la librería de Eliseo Torres, un gallego llegado a la gran manzana a mediados de los años 30. Conget dio cuenta de su hallazgo al editor innombrado, de paso por Nueva York, y en ese mismo momento comenzaron “dos jornadas de competición” entre el aprovisionador de la biblioteca del Cervantes neoyorquino y el “futuro propietario del navío”. No cuesta imaginarse a ambos hallando, y acaso ocultándose, joyas bibliográficas. El caso es que Eliseo Torres murió y Conget, cuya singular condición estriba en que no sentía apego personal por las rarezas que encontraba, informó de ello al librero sevillano, quien finalmente acabaría trayéndose a España aquel millón de volúmenes varados en el Bronx.

Nueva York, París, Madrid. Pero también las librerías de viejo de Sevilla, Barcelona, Londres, Estocolmo, Budapest, Praga, Nueva Orleans, Venezuela o Argentina son en estas páginas objeto de recuerdo por las muchas piezas de interés cobradas por esta selecta banda de bibliópatas. El club del que forman parte no contempla grandes requisitos de ingreso, más allá de un cierto desvarío con el que cada cual se orla a su gusto. Ni siquiera exige ya patearse el mundo. Basta con asomarse a Internet. Ahí están todos los libros. Los de ahora y los de antes.

Publicado en Escuela nº 3.889  (13 enero 2011)

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