Los extraños caminos del arte

Fotografía de Virxilio Vieitez

Fotografía de Virxilio Vieitez

Qué raro se hacía el contemplar, en una de esas galerías de vanguardia que adjudican ellas solas la condición de arte, las imágenes tomadas cincuenta años atrás por un fotógrafo de pueblo sin más pretensión que la de vivir de su trabajo como retratista de sus paisanos. Qué extraño era ver esas fotos de primera comunión, la familia reunida en un banquete modesto con ocasión de un bautizo, la mujer que da la mano a un niño pequeño junto a un coche lujoso, la anciana que posa con orgullo junto a un voluminoso aparato de radio, en un espacio como la Galería Juana de Aizpuru, en Madrid, reservado a los nombres consagrados y a las apuestas más seguras. Resulta singular también contemplar esas fotografías y otras muchas en las salas que el Marco, el Museo de Arte Contemporáneo de Vigo, acostumbra a dedicar a obras emergentes, esas que a menudo deberían ir acompañadas de alguna explicación que las hiciera comprensibles. La planta baja de este edificio que fue palacio de justicia y cárcel expone ahora la obra de Virxilio Vieitez (Soutelo de Montes, Pontevedra, 1930-2008), un modesto fotógrafo que a lo largo de varias décadas recorrió la comarca pontevedresa de Terra de Montes para atender el encargo de dejar constancia de aquellos actos sociales de carácter privado que constituían el latir de una sociedad rural en una Galicia remota y atrasada. Una cámara fotográfica era todavía entonces patrimonio de los profesionales que ejercían ese oficio, y quizá de algunos pudientes, pero no faltaba demasiado tiempo para que empezara a convertirse en un objeto frecuente. Aunque hoy sus tomas constituyen un importante testimonio etnográfico de una tierra y una época ceñido a poco más de dos décadas, Vieitez siempre trabajó por encargo. Para él, que debió ser un individuo pragmático, la fotografía era algo en lo que no cabían veleidades artísticas. Ya fuera un padre y sus tres hijos a lomos de una motocicleta sin sitio para nadie más; una niña vestida de primera comunión simulando cortar la tarta depositada sobre una mesa que luce flores y botellas de coñac, whisky o de anís, o un grupo de muchachas que posan alegres ante los nuevos nichos del comenterio del pueblo, todo era un trabajo que alguien le encargaba y al que acompañaba un precio.

En el trabajo de Virxilio Vieitez no había un propósito artístico patente. Las fotografías que ahora cuelgan en salas de exposiciones nacieron con una voluntad testimonial: plasmar un encuentro familiar, poner al día de los que habían quedado en el pueblo a los que habían emigrado, informar al hijo o al marido en ultramar de que el dinero remitido se había empleado en la compra de un aparato de radio o en una cabra, dejar el testimonio de una muerte a efectos de una herencia y vencer así las sospechas de un engaño. El utilitarismo de muchas otras es más prosaico. En los años 60 se empezó a requerir que el documento nacional de identidad llevara la fotografía del titular. Vieitez fue el encargado de registrar la imagen de todos los adultos de la zona y así cumplir con la obligación gubernamental. Fotógrafo ambulante, situaba a sus clientes en exteriores, los colocaba ante lienzos blancos y abría un plano que luego recortaría para la diminuta foto oficial de la cédula de identificación. Positivados ahora sin reencuadrar esos negativos burocráticos, alcanzan para nosotros un sentido del que carecían entonces y que otorga a esos rostros serios una condición especial.

La parte mayor y más valiosa de su obra está en blanco y negro. A través de sus imágenes se ve avanzar el tiempo, la llegada de nuevas modas, la nueva desenvoltura de los jóvenes. Los nuevos tiempos también se ciernen sobre la profesión. La novedad es el color, tan moderno. Virxilio Vieitez no quiere quedarse atrás, relegado en el blanco y negro que él hace surgir en la penumbra roja del laboratorio que tiene en su casa. El color no es lo mismo. No tiene sobre él idéntico control. Las pequeñas cámaras fotográficas empiezan a formar parte de la vida de mucha gente. Comienza a sentirse incómodo con la profesión que aprendida con apenas 20 años junto a un fotógrafo de veraneantes extranjeros en Palamós. Cuando sintió que la fotografía ya no era lo que había sido en sus años de plenitud, echó el cierre.

Un día de finales de los años 90 su hija Keta cogió una lata en la que se guardaban negativos y que había servido de paritorio para varias gatas y se dio cuenta de que esas imágenes no desmerecían de otras que ya estaban en los libros de historia de la fotografía. En Soutelo de Montes improvisó una sencilla exposición con algunas piezas realizadas por su padre. El eco de la muestra llegó hasta algún experto y las imágenes tomaron pronto la forma de un libro y de una muestra inicial en Vigo. En el documental de José Luis López Linares que puede contemplarse en el Marco, Keta Vieitez no olvida la extrañeza que le produjo a su padre ver en una exposición y en gran formato aquellas fotografías que él había ido realizando sin grandes aspiraciones. La salud de Virxilio Vieitez se quebrantaría a partir de 2006, hasta morir en su pueblo natal en 2008. Pero aún asistiría al despliegue internacional de esa obra que fue construyendo modestamente y que le permitiría llegar a conocer al mismísimo Cartier-Bresson, el reputado fotógrafo francés que acuñó la idea del instante decisivo.

Viendo esta exposición, asomándose a todos estos rostros del pasado, piensa uno en los caminos tan raros que toman a veces las obras antes de alcanzar la consideración de arte. Muchas que nacen ya movidas por esa pretensión se ajan y extravían antes. Otras, en las no subyacía más que un honrado modo de ganarse la vida, guardan más de lo que parecen querer decirnos y en sus múltiples capas de significado late ese algo más que solemos identificar como arte.

Publicado en Escuela nº 3.890 (20 enero 2011)

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