Memoria urbana de personajes imaginarios

Portada de la guía sobre el Perú de Mario Vargas Llosa

 

Hay ciudades cuyo nombre está asociado al de un escritor. Se abre uno de sus libros y los personajes a los que un día insufló vida siguen deambulando por las calles intentando sobrevivir, prosperar, buscando el amor, reflexionando sobre el poder, rebelándose, haciéndose preguntas o refugiándose en bares o viviendas que tal vez existieron fuera del papel y que acaso el paso del tiempo haya conservado. Hablamos del París de Balzac, del Londres de Dickens, de la Barcelona de Mercé Rodoreda, del Madrid de Baroja o Galdós. Las callejuelas del barrio de Southwark por las que deambula Oliver Twist, el Hospital de San Carlos que acoge al estudiante de Medicina Andrés Hurtado, la casa de los Santa Cruz en la Plaza de Pontejos, la de Fortunata en la calle Pelayo o la de Colometa en el carrer Montseny, pero también el célebre 221B de Baker Street, son lugares, reales o imaginarios, que vinculan en la mente del lector un espacio y una obra literaria. A veces la incuria municipal coloca sobre la fachada de un edificio una plaza que recuerda el rastro ficticio de un personaje, la mención en un libro, el lugar donde se alzaba la casa en la que vivió un célebre escritor o donde escribió alguna de sus obras. Recordatorios para tiempos olvidadizos, a veces se convierten en mojones de una ruta que anuda una época o distintos momentos vitales de un autor.

 

Necesitados de guías que hagan por nosotros un esfuerzo de síntesis y que nos orienten en multitud de aspectos, desde viajes terrestres hasta aquellos interiores alrededor de uno mismo, se suceden con frecuencia, por ejemplo, los intentos por condensar el alma del Madrid apresado en las páginas de Galdós o retratada en las de Baroja. El profesor y crítico literario Miguel García-Posada ha acometido varios títulos con este sentido, y de su mano puede seguirse la huella que la capital dejó en ellos. Otro docente, Fidel Revilla, que se ha esforzado por trazar caminos didácticos por asuntos como el Madrid medieval o el de los Austrias, tampoco ha escapado a la tentación de escribir, junto a Rosalía Ramos, un recorrido por el Madrid literario, en el que no faltan Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, Tirso de Molina, Larra o Moratín. De sus muchos títulos llama la atención uno: Personajes imaginarios de un Madrid inexistente.

Al calor de propuestas de este tipo ha ido surgiendo en algunos sitios una tímida industria cultural que pretende dar respuesta in situ a la curiosidad por una época o un autor. Los nuevos guías, que han sustituido la memorieta por el conocimiento, ya no están solo en los monumentos históricos o en los palacios, sino que han salido a la calle. Las concejalías de turismo de muchos ayuntamientos, así como empresas particulares, han puesto en pie recorridos que siguen los pasos a esos libros, y no es difícil identificar en el trajín de la ciudad a esos grupos detenidos alrededor de un informante. En ocasiones los itinerarios se organizan en torno a una efeméride. La ciudad descubre entonces el potencial turístico que alberga un día concreto del calendario. Cada 16 de junio Dublín se vuelca para conmemorar el Bloomsday, el día en el que trascurre la ficción de James Joyce que tiene como protagonista a Leopold Bloom. Un acontecimiento de esta naturaleza, en el que los libros se mezclan con la comida y la bebida y que atrae a joycianos de todos los países, ha terminado por convertirse en un auténtico negocio. En vista del éxito, los organizadores han sido incapaces de conformarse con una celebración de un solo día, si se puede extraer un beneficio mayor. Ahora los actos se extienden entre el 13 y el 16 de junio.

Max Estrella

Más modestamente, como corresponde a una sociedad que no tiene por la cultura la mitad del aprecio que siente por el fútbol, se celebra a finales de marzo en Madrid ‘La noche de Max Estrella’, un recorrido por los escenarios en los que Valle-Inclán ambientó Luces de Bohemia. La procesión de los nuevos bohemios, que parte de la célebre cueva de Zaratustra, recorre el trasunto real de los lugares inmortalizados en la ficción, como la buñuelería modernista, la taberna de Picalagartos, los calabozos de Gobernación o los espejos del Callejón del Gato. En Ourense, en el mes de diciembre, se lleva a cabo el ‘Roteiro literario de A Esmorga’, una peregrinación por los espacios urbanos que Eduardo Blanco Amor literaturizó en La Parranda. En otras ocasiones sobra incluso la propia existencia de un libro al que rendir reverencia. En la noche de Jueves Santo, El entierro de Genarín congrega cada año en León a muchos seguidores de aquel pellejero borrachín atropellado en 1929 por un camión de la basura. Como el orujo circulaba aquí sin excusa literaria, el libro lo escribiría después Julio Llamazares.

En un bar llamado La Catedral alguien pregunta en qué momento se jodió el Perú, y una imagen tomada en un bar es precisamente la elegida para la portada de una ruta literaria que tiene como faro a Mario Vargas Llosa, reeditada con ocasión de la concesión del Premio Nobel. Como cabe intuir, la guía recorre los escenarios limeños reflejados por Vargas Llosa en los relatos de Los jefes o en novelas como Los Cachorros, La ciudad y los perros o Conversación en La Catedral. En el folleto, apenas 60 páginas profusamente ilustradas y editado por la Comisión de Promoción para la Exportación y el Turismo de Perú, vuelven a revivir Alberto, el Poeta, Zavalita, Santiago o Popeye Arévalo. Personajes imaginarios deambulando por la Lima de Vargas Llosa.

Publicado en Escuela nº 3.892 (3 febrero 2011)

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