Recuerdo de Gonzalo Torrente Ballester

Gonzalo Torrente Ballester

 

Siempre hay una canción favorita. Una composición sencilla por la que se tiene una predilección especial, ya sea porque evoca recuerdos entrañables o simplemente porque se siente por ella una debilidad inexplicable. Les feuilles mortes era la predilecta de Gonzalo Torrente Ballester al final de su vida. Se lo confesó a Begoña Aranguren en ese programa que solo ve la luz una vez que el entrevistado ha muerto, y está recogido en el documental elaborado por uno de sus hijos, Luis Felipe, y Daniel Suberviola, en el que se repasa la vida del autor de La saga/fuga de J.B. a través de sus propias palabras. Gran conocedor de la música clásica, devoto de Mozart, Bach y Monteverdi, buen aficionado al tango, GTB sentía aprecio por aquel poema musicado de Jacques Prévert en el que se recuerda el amor perdido. El viejo disco de Ives Montand que contiene esa canción sale al encuentro del visitante de la exposición con la que se recuerda el centenario del nacimiento del escritor gallego, y que recala hasta el mes de marzo en Madrid, después de haber visitado otros lugares en los que él también vivió: Salamanca, Santiago de Compostela, Ferrol o Nigrán (Pontevedra). Una larga vida, muchas vivencias, una amplia cultura y una prolífica obra se condensan a duras penas en un espacio demasiado reducido de la Biblioteca Nacional, del que es muy fácil salir con una idea excesivamente esquemática de quién fue Gonzalo Torrente Ballester, mientras a pocos metros un fracasado repaso a la evolución de la gastronomía a través de la tinta impresa ocupa una extensión inmerecida.

Gonzalo Torrente Ballester, que nació en 1910 en una aldea próxima a Ferrol (A Coruña) y que tuvo una vida errante, falleció en Salamanca a los 89 años. Cuando cumplió los 80, la Diputación coruñesa le tributó un homenaje que conllevaba una exposición, un catálogo y un premio de novela con su nombre. Fue entonces cuando, con humor, pidió perdón por la poca prisa que tenía por morirse, y atribuyó a esa desgana el hecho de que la Diputación quisiera dar su nombre a un premio literario, “sin esperar a que, una vez desaparecido, se decida si soy o no soy ilustre”. “Lo más probable”, añadió a renglón seguido, “es que la decisión sea negativa, y que si subsiste, como espero, este premio, la gente se pregunte: ¿y quién fue ese Torrente Ballester que da nombre al premio”.

Sí, ¿quién fue Gonzalo Torrente Ballester? ¿Dice algo su nombre a los jóvenes que se adentran hoy en la literatura española? Resulta frecuente que la muerte deposite la obra de un escritor en el purgatorio de los libros. De ese olvido, que lo mismo puede durar largos años como ser eterno, a veces lo rescata un interés renovado por sus obras, y otras esos números redondos que son los centenarios y las conmemoraciones. En estos poco más de diez años los títulos principales de GTB han seguido estando de manera discreta al alcance de los lectores, y con mayor facilidad una vez que sus muchos herederos liquidaron los litigios sucesorios, algo que no suele más que entorpecer la divulgación de una obra. Torrente Ballester escribió novelas, ensayos, cuentos, piezas de teatro. Practicó el articulismo. Tuvo tratos con el cine. Fue historiador de la literatura, catedrático de instituto y profesor en universidades extranjeras. Académico de la Lengua. Aficionado a la fotografía y a la música. Padre numeroso, además de coleccionista de teteras y miniaturas de barcos sepultadas en botellas. De todo ello da cuenta la exposición. Están sus máquinas de escribir, sus plumas, ese Macintosh negro que se antoja tan antediluviano en el mundo tan blanco de Steven Jobs. Su letra diminuta. Sus mecanoescritos apurando el margen derecho del folio. Sus artículos en Informaciones, en Faro de Vigo, en Abc. Su rabia por que en una de sus ‘Cotufas en el golfo’ no supieran reproducir correctamente ni una sola vez el nombre de Hölderlin. Sus primeras ediciones. El Quijote que sus alumnos del IES Torres Villarroel, de Salamanca, copiaron a mano como homenaje en su jubilación. La imagen de la ciudad borrada de los mapas, su Castroforte del Baralla. Los premios. El Príncipe de Asturias. El Cervantes. Todo eso está en la exposición de la Biblioteca Nacional. Pero hay al menos otro Torrente Ballester que se escamotea y del que no se habla.

El Grupo de Burgos

La fotografía que tomó el húngaro Nicolas Müller en 1973 no oculta su protagonismo. Ahí aparece, bajo el manto protector de Dionisio Ridruejo, el llamado Grupo de Burgos: Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales, Laín Entralgo, Rodrigo Uría, Antonio Tovar, Torrente Ballester. Son un grupo de amigos inmortalizados en el salón de una casa alrededor de unos pinchitos de tortilla que esperan sobre la mesa. Nada explica qué los une, de dónde provienen esos vínculos, qué pasó en Burgos para que fructificara esa amistad. En el mejor de los casos se espera que el espectador complete el sobrentendido. Ningún indicio sobre la oficina de propaganda puesta en pie por Ridruejo en el Burgos franquista de 1938. Nada que recuerde ni por lo más remoto la idea que expone Jordi Gracia en su libro La resistencia silenciosa. Fascismo y cultura en España. Ahí este profesor de la Universidad de Barcelona anota que escritores como Torrente, Ridruejo o Luis Rosales, así como profesores como Laín, Aranguren, Tovar y Maravall fueron “actores intelectuales de la victoria y anduvieron mezclados, a menudo hasta el fondo, en la construcción de un Estado y una cultura fascistas”. De la misma forma, tampoco hay referencias al profesor que es expulsado en 1962 de su puesto en la Escuela naval de guerra por firmar un documento en el que se denuncia la represión contra los mineros asturianos. Uno y otro también forman parte de los mundos de Torrente Ballester, tanto como de la propia historia intelectual de este país. A través de las respuestas dadas en televisión a sus muchos interrogadores, el documental GTBxGTB deja en manos del escritor el trazo de su propio perfil. Pero, si se trata de algo más que de salir favorecido en el retrato, el interesado no siempre es la fuente más fiable. En su entierro el gaitero Carlos Núñez interpretó Negra sombra, la canción nacida a partir del poema de Rosalía de Castro, pero poco antes de ello GTB decía preferir Las hojas muertas, esa canción nostálgica: “En aquel tiempo la vida era más hermosa/ y el sol brillaba más que hoy./ Eras mi más dulce amiga,/pero no tengo sino recuerdos,/y la canción que tú me cantabas/¡siempre, siempre la recordaré!”. ¿Qué recuerdos le traería a Torrente Ballester?

Publicado en Escuela nº 3.893 (10 febrero 2011)

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