El rastro del pincel sobre el lienzo

Google Art Project

En su ensayo de 1936 La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica Walter Benjamin escribió que “acercar espacial y humanamente las cosas es una aspiración de las masas actuales”. Desde siempre el ser humano no ha hecho otra cosa que intentar reducir en la medida de sus posibilidades cualquier barrera interpuesta por el espacio y el tiempo. En ese texto el filósofo alemán nos recuerda que la reproducción de la obra de arte no ha sido algo privativo de la modernidad. “Los alumnos han hecho copias como ejercicio artístico, los maestros las hacen para difundir las obras, y finalmente copian también terceros ansiosos de ganancias”. Desde los griegos, que sólo disponían de dos formas de reproducción técnica, fundir y acuñar, hasta la aparición de la litografía a comienzos del siglo XIX, pasando por la propia aparición de la imprenta, la reproducción técnica de la obra de arte, nos dice Benjamin, es algo “que se impone en la historia intermitentemente, a empellones muy distantes unos de otros, pero con intensidad creciente”. La litografía supuso un grado nuevo en la técnica de la reproducción. Poco después quedó superada por el poder de la fotografía. Gracias a esta, “la mano se descarga de las incumbencias artísticas más importantes que en adelante van a concernir únicamente al ojo que mira por el objetivo”. En ese ensayo el colaborador de la Escuela de Frankfurt acuña el célebre concepto de aura. Incluso en la reproducción mejor acabada, advierte, falta algo. El aquí y ahora de la obra de arte. Su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra. Ese aquí y ese ahora de la pieza original constituyen su autenticidad, su aura. Aquello que desde su origen se transmite con ella y que le otorga la capacidad de testificación histórica. Ese aura desaparece en la reproducción técnica.

Vivimos en un mundo dominado por la imagen, por la reproducción de parcelas más o menos fidedignas de realidad. El canon de lo artístico llega hasta nosotros en copias. Antes de contemplarlos creemos conocer muchos cuadros por haberlos visto reproducidos hasta la saciedad. Una visión virgen resulta difícil muy a menudo. Nos detenemos ante ellos con una carga previa de conocimientos, lecturas, interpretaciones. Otras veces no podemos sino alcanzar a certificar la correspondencia del original con su copia, a dar testimonio de su existencia. Tras agitar contundentemente el mundo del libro con su titánica tarea de digitalización, Google pretende ahora acercar al usuario de Internet el mundo del arte. Art Project se presenta como la posibilidad de explorar museos de todo el mundo y de descubrir y contemplar cientos de obras. Cualquier libro de arte bien nutrido puede ofrecernos un elevado número de piezas, lo mismo que los catálogos y los DVD de muchas pinacotecas. Google ha empezado por seleccionar unos cuantos museos y unas pocas obras para aplicarles unas potentes lentes de aumento. Las técnicas de zoom digital empleadas en proyectos como Google Earth o Street View se ponen ahora al servicio de la divulgación artística.

El trazo de una pincelada

Lujosas revistas de arte como la editada por Franco María Ricci, FMR, nos habían familiarizado con las reproducciones de gran calidad y con la visión agigantada de pequeños detalles que hubieran quedado fuera de nuestro alcance en una visión in situ de un cuadro o una escultura. Gracias a la espectacularidad de estas fotografías percibimos pormenores casi íntimos al alcance nada más que de restauradores y expertos. Acaso advirtamos la forma en que el óleo se ha craquelado o la tela ha perdido pigmento. Si el mundo de la escritura se atemorizó ante el potencial que escondía el proyecto de Google Libros, el del arte parece no haber puesto excesivos reparos. Gracias a esa colaboración, los cuadros escogidos se muestran en la pantalla de nuestro ordenador como nunca los habíamos visto. No solo queda a nuestro alcance la capacidad de agrandar los fragmentos seleccionados y de movernos con libertad por la superficie digital del lienzo, sino que nos otorga la posibilidad de diseccionar hasta límites casi inconcebibles el trazo de cada pincelada o esos detalles con los que el pintor sabía engañar a nuestros ojos creándoles una impresión de realidad. Vemos el óleo pastoso de La habitación, de Van Gogh; las manchas minuciosas con las que pinta el Campo con flores cerca de Arles, o el brillo ficticio del limón en Naturaleza muerta con manzanas, de Cezanne, como no nos hubiera sido dado ver en un museo de Amsterdam o de Nueva York.

Al dar por terminado un cuadro y ponerlo a la venta en busca de un comprador, el pintor tal vez reparara en que su esfuerzo solo estaría al alcance de unos pocos. Si a su trabajo el tiempo lo recompensa con el éxito, puede que sus piezas acaben ante los ojos de una muchedumbre en alguna pinacoteca o en una exposición multitudinaria. Tal vez pensara que sus secretos pictóricos, la maestría acumulada al extender el pincel sobre el lienzo, seguirían quedando vedados a la mirada de los demás. Técnicas como el análisis radiográfico o la reflectografía de infrarrojos hace tiempo que lograron desvelar aquello de lo que el artista se arrepintió, corrigió y creyó ocultar para siempre a los ojos futuros. Ahora se pueden escrutar algunas de esas pinturas como nunca se había hecho. En ese proceso de acercamiento espacial y temporal es más que seguro que el aura haya desaparecido sin dejar el más mínimo vestigio. En las pantallas de Internet no queda ni rastro de esa autenticidad de la pieza de arte, de esa presencia irrepetible de la que en otro siglo hablaba Walter Benjamin. Arrellanados en el más cómodo de nuestro sillones puede que no nos importe gran cosa. No siempre es posible tener un Van Gogh en la pared. Ni siquiera un Cezanne.

Publicado en Escuela nº3.894  (17 febrero 2011)

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