Retratos al carboncillo

Algunos de los libros publicados por José-Carlos Mainer

 

En algún lugar de esa larga serie de diarios que viene publicando desde hace años bajo el común epígrafe de Salón de pasos perdidos, Andrés Trapiello ha contado cómo un día se presentaron en su casa dos abogados dueños de una editorial jurídica granadina y le propusieron crear una colección literaria. Con esa hipérbole que tan buenos resultados proporciona a veces, Trapiello decía haber quedado mareado con la profusión de lutos y la poca vistosidad de los títulos y del catálogo. Los togados buscaban el prestigio que Trapiello se había ido labrando durante el tiempo en el que había estado al frente, junto a Valentín Zapatero, de la editorial Trieste. En un momento de grandes paquebotes editoriales, Trieste era una rareza. De otras editoriales se diferenciaba, además de por la selección de sus autores, por sus portadas, diseñadas con gusto por el propio Trapiello. Aquella colección en la que convivían Rafael Sánchez Mazas, González Ruano o Miguel Vilallonga, junto a la primera Soledad Puértolas, Miguel Sánchez Ostiz o la Carmen Martín Gaite de El cuento de nunca acabar, entre otros muchos, es hoy objeto de coleccionismo. Trieste desapareció un día, sus fondos se saldaron en una cadena de tiendas de batiburrillo y tiempo después surgió, de la mano de aquellos abogados granadinos de la editorial Comares, La Veleta.

La Veleta es una colección punto menos que secreta. Sin una periodicidad regular, el posible comprador debe acompañarse de la suerte para llegar a ver, y no en cualquier librería, uno de sus libros, desprovisto siempre de la más mínima publicidad. La colección de prosa arrancó en 1997 con las memorias del tipógrafo polaco Mariano Rawicz, y desde entonces ha ido construyendo con parsimonia un catálogo que aún no llega a la treintena de títulos y que se ha conformado en paralelo a la serie de poesía, nacida unos años antes y, como la otra, al cuidado tipográfico de Trapiello.

Capricho

Si se deja a un lado la nómina de clásicos como Gutiérrez Solana, d´Ors, García Lorca o Juan Ramón Jiménez, se diría que la voluntad de querer publicar en La Veleta tiene algo de honorable capricho. El antojo de formar parte de un catálogo y de ser admitido en él. Uno de los últimos en formar parte de ese elenco ha sido el catedrático de Literatura española en la Universidad de Zaragoza José-Carlos Mainer. La editorial Crítica empezó a publicar hace un año los nueve tomos de Historia de la Literatura Española que Mainer ha coordinado, y de los que ha escrito el titulado Modernidad y nacionalismo (1900-1939), un volumen de 800 páginas. Ello quiere decir que, sin necesidad de repasar uno por uno sus títulos anteriores, Mainer goza de un gran prestigio y, sin duda alguna, muchas editoriales pelearían por publicar sus textos. Elegir la de Trapiello parece eso, un capricho y, al tiempo, un reconocimiento a su editor. José-Carlos Mainer reúne en Galería de retratos, en cuya portada campea una silueta de Pío Baroja, una serie de trabajos que vieron la luz con anterioridad de manera dispersa, algunos de ellos con motivo de congresos o en catálogos de exposiciones, y otros bajo modalidades diferentes del encargo. Baroja, Azorín o Ignacio de Zuloaga, entre los ‘noventayochos’”; d´Ors y Gómez de la Serna, en calidad de ‘modernos’, o Sánchez Mazas, Vicente Aleixandre, Bergamín, Cernuda o Sender, como algunos de los aglutinados bajo el rótulo de los ‘Siete nuevos’, son autores que, entre otros varios, quedan aquí al alcance de la mirada sabia de Mainer, que los ha querido retratar literariamente “sin hacer muchos distingos entre la biografía íntima, la construcción de la imagen pública y la exégesis de su obra”, tácitamente convencido “de la sinergia eficaz de todos esos ingredientes”. De ese modo, al tiempo que disecciona aspectos de su obra, los va retratando como al carboncillo, de una manera fiel, pero que tiene asimismo algo de boceto, de dibujo sin acabar. En el contexto de sus obras, sabemos también de la soledad de Sender, del orgullo y la vulnerabilidad de Cernuda, de la desazón de Bergamín…

El libro se cierra con ‘cuatro coetáneos’: Francisco Ayala, ‘los Baroja’, Carmen Martín Gaite y con un escritor a quien José-Carlos Mainer no se ha recatado en considerar “nuestro mejor narrador”, Juan Marsé. Con motivo de la concesión del Premio Cervantes, Mainer no dudó en asegurar que el autor de Últimas tardes con Teresa es el novelista español que “tiene un mundo más propio y coherente y cuya influencia en lo mejor de la nueva narrativa es más visible”. Y de la misma manera que certificaba que Jaime Gil de Biedma había escrito el puñado de poemas más importante hechos entre 1960 y 1970 en España, consideraba que no debía haber reservas a la hora de reconocer en Juan Marsé a nuestro mejor narrador. Dado que acaba de publicarse una nueva novela suya, tal vez no sea una mala idea proseguir la visión que de la obra de Marsé nos da Mainer en esta Galería de retratos con el interés por saber cuáles son los motivos que le llevaron a Victoria Mir un domingo del mes de julio de hace muchos años -“cuando Barcelona era menos verosímil que ahora, pero más real”- a salir apresuradamente de su casa en la calle Torrente de las Flores y a dejarse caer en la vía abandonada del tranvía. Es la historia con la que arranca Caligrafía de los sueños.

Publicado en Escuela nº 3.896 (3 marzo 2011)

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