Un arte anónimo y viajero

Baldaquino de Tost (Ca. 1200). Museu Nacional d’Art de Catalunya

“Iohannes pintor me fecit”. ¿Quién sería ese pintor llamado Juan que, a contracorriente del anonimato característico de la  época, estampó su firma en algún momento de la segunda mitad del siglo XIII en el frontal del altar en el que se narran diversas escenas de la vida de San Martín de Chía? ¿Se vanagloriaba de ese modo por una obra de la que se sentía orgulloso? Quién sabe. La pregunta surge mientras se recorre la exposición El esplendor del románico. Cuando se enfrenta uno a esta pieza pintada al temple y que presenta relieves de estuco, se han olvidado ya los cuarenta y cinco minutos de espera en la mañana soleada de un domingo de marzo. ¿Son capaces de provocar unos anónimos artesanos de mil años atrás colas parecidas a las de los impresionistas de casi anteayer? Viendo este grupo de gente que aguarda a entrar en el palacete que la Fundación Mapfre posee en el Paseo de Recoletos de Madrid se diría que sí, por más que la edad media de los visitantes ronde el medio siglo y solo la rebajen los grupos de niños que acompañados por sus padres salen de algún taller infantil.

No, no hay nombres propios que asocien estas piezas con la mano de la que nacieron. Todo lo más se habla de talleres, obradores de imprecisa localización en donde los expertos ven la participación de varios autores. Alguna vez aparece la referencia a un maestro que se funde con la toponimia de Boi, de Urgell o de Taüll. O un magister acaso chipriota, de nombre Alexander, establecido en el entorno del monasterio de San Martín del Canigó y que hacia 1200 pintó el frontal del altar de Baltarga. El resto de los nombres de quienes concibieron una ingente iconografía al servicio del adoctrinamiento cristiano se ha disipado a lo largo de este milenio de distancia, a la espera de que un sabio, rebuscando entre documentos improbables, dé con el dato que permita reparar tan injusta anonimia.

De la misma manera que no conocemos su autoría, tampoco solemos ver estos altares, estas pinturas, estos cristos triunfantes y polícromos, estas tallas de la virgen o estas palomas eucarísticas en el lugar para el que se crearon. Muchas veces quedan ante nuestros ojos en dependencias diocesanas. O en museos como el Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), del que estas piezas han salido mientras dura la reforma de las salas en las que están depositadas. En un momento determinado, esta manifestación artística que nació a finales del siglo X para divulgar entre una población analfabeta los principios fundamentales de la religión católica empezó a merecer una renovada atención. En Cataluña, en el entorno de 1900 y en tabernas barcelonesas como Els Quatre Gats, en donde se reunían los artistas e intelectuales del momento, el románico atrajo la atención de los estudiosos. Con el recobrado interés por estas representaciones hieráticas y antinaturalistas surgió la codicia por poseerlas. En las primeras décadas del siglo XX las pequeñas iglesias rurales que las albergaban se convirtieron en la presa de acaudalados coleccionistas. Más de una vez pretendieron arrancar sus pinturas murales y llevarlas fuera de España. En los años veinte la intervención de la Junta de Museos de Barcelona consiguió frenar el expolio. Las pinturas del ábside central de San Clemente de Taüll, por ejemplo, no llegaron a salir del país, como hubiera deseado alguno, aunque sí fueron cuidadosamente traspasadas a tela y puestas a buen recaudo en las salas de un museo.

En el corazón de Manhattan

Otras, en otros sitios, tuvieron menos suerte. Por esos mismos años, en 1922, los propietarios de la iglesia mozárabe de San Baudelio de Berlanga, en Soria, vendían los frescos románicos que decoraban sus muros al intermediario de un coleccionista norteamericano. Al cabo de un pleito que se prolongó durante cuatro años, el Tribunal Supremo sentenció el derecho de los dueños de esa ermita cerrada al culto a disponer de las pinturas, que serían arrancadas de sus paredes y preparadas para su envío a EEUU. La mayor parte de ellas se encuentran hoy en centros museísticos de Boston, Cincinatti o Indianápolis. Para que la afrenta no sea absoluta, unas pocas pueden contemplarse en el Museo del Prado. Desde hace poco, en un espacio que intenta reproducir el interior de San Baudelio, la pinacoteca ha vuelto a exhibir los seis fragmentos de pintura mural devueltos en 1957 no sin contraprestaciones. La contrapartida del trueque implicó el traslado piedra a piedra del ábside de la iglesia segoviana de San Martín de Fuentidueña, que en esta vida viajera del arte románico ha encontrado su destino existencial en el corazón de Manhattan, en una especie de parque temático propiedad del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, junto a otras 5.000 obras de la Europa medieval

Los organizadores de la muestra madrileña han querido subrayar la excepcionalidad del traslado de estos fondos del MNAC. Viéndolos aquí, al servicio ahora del ocio cultural, lejos de sus iglesias de origen, lo mismo que las pinturas sorianas o el templo segoviano, la memoria evoca el poema que José Hierro escribió en su Cuaderno de Nueva York y que tituló ‘Los claustros’, el nombre en castellano de esa rareza monumental: “No, si yo no digo/ que no estén bien en donde están:/ más aseados y atendidos/ que en el lugar en que nacieron,/ donde vivieron tantos siglos./  Allí el tiempo los devoraba./ El sol, la lluvia, el viento, el hielo,/ los hombres iban desgarrándoles/ la piel, los músculos de piedra/ y ofrendaban el esqueleto/ ―fustes, dovelas, capiteles―/ al aire azul de la mañana./ Atormentados por los cardos,/ heridos por las lagartijas,/ cagados por los estorninos,/ por las ovejas y las cabras”.

Y como no estaría bien citarlo solo a medias, el poema concluye así: “No, si yo no digo/ que no estén mejor donde están/ ―en estos refugios asépticos―/ que en las tabernas de sus pueblos,/ ennegrecidos los pulmones/ por el tabaco, suicidándose/ con el porrón de vino tinto,/ o con la copa de aguardiente,/ oyendo coplas indecentes/ en el tiempo de la vendimia,/ rezando cuando la campana/ tocaba a muerto./ No, si yo/ no diré nunca que no estén/ mucho mejor en donde están/ que en donde estaban…/ ¡Estos claustros…!”. Estos claustros, este arte antiguo, anónimo y viajero.

Publicado en Escuela nº3.897  (10 marzo 2011)

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