Las preguntas de André Kertész

Washington Square, Winter (1954), de André Kertész

 

Todas tienen algo de enigma, pero quizá sea cierta la afirmación de André Kertész de que las buenas fotografías son aquellas que suscitan más preguntas que respuestas. Kertész tuvo una larga vida. Había nacido en Budapest (Hungría) en 1894 y la muerte le llegó en Nueva York, donde vivía, con 91 años, en 1985. Su vida se fundió con el siglo en el que el arte fotográfico adquirió su mayoría de edad. Las primeras imágenes las captó a los 18 años con una cámara de placas de cristal de 4,5 x 6 cm, que hoy imaginamos pesada y lenta y en la que mediaría una eternidad entre la toma y su positivado. Sin ninguna formación sistemática, todo su método consistía en aprender de los errores mientras fijaba estampas familiares o escenas de las calles de Budapest. Al término de su vida, cuando fotografía las azoteas nevadas de Nueva York que ve desde su casa, tiene en sus manos una Polaroid que al cabo de unos pocos segundos escupiría un papel en el que se iría revelando la imagen colorida de aquello que su ojo acababa de seleccionar. Entre esos dos tiempos, Kertész dejó para la posteridad un archivo de más de 100.000 negativos. Tal vez no sea una cifra que hoy nos impresione. En estos abaratados tiempos nuestros las cámaras insertas en minúsculos dispositivos de bolsillo han logrado banalizar el acto fotográfico. Hace todavía unas pocas décadas no era así. En una entrevista concedida en su vejez, confiesa que no tomaba sino una, dos fotos como máximo. “No iba haciendo lo que ahora es usual, disparando mil fotos para obtener una. Si sabes lo que quieres hacer, no haces mil”, según puede leerse en el trabajo doctoral del fotógrafo peruano afincado en España Mariano Zuzunaga. Oculto en parte durante años, ese archivo resulta ser un inmenso iceberg del que solo se conoce una pequeña porción. Del apenas millar de imágenes conocidas que le han procurado a Kertész un lugar preeminente en la fotografía del siglo XX,  la Fundación Carlos de Amberes ofrece ahora en Madrid la posibilidad de contemplar un centenar, en copias de época.

Lo mismo que otros compatriotas que también alcanzarían la celebridad gracias a la fotografía, como Brassaï o Robert Capa, Kertész Andor vio la necesidad de tomar un nuevo nombre. Antes de viajar a París en 1925 para buscar la manera de profesionalizarse, y una vez concluidos sus estudios de Comercio, André Kertesz entrevera su trabajo en la Bolsa húngara con el merodeo callejero por Budapest. Pronto será llamado a filas y se integrará en el ejército austrohúngaro, derrotado al cabo de la I Guerra Mundial. Alejado de su entorno familiar, la milicia se convertirá en el ambiente del que se nutrirá en ese tiempo su vocación fotográfica. En esta sala de exposiciones que un día fue iglesia, hospedería y enfermería de inmediato salen al paso imágenes bellísimas, como la que lleva por título La larga marcha y que en 1915 dejó testimonio de la interminable columna de soldados que serpentea por algún camino de Polonia. O la perturbadora imagen del soldado con una pierna de madera. O aquella otra, conmovedora, que refleja a un hombre y a una mujer de espaldas tras una pareja de bueyes y cuyo título no hace más que suscitar una catarata de interrogantes: Se ha acabado la guerra.

Distorsiones

Trasladado a Esztergom, una ciudad al norte de Hungría, luego de enfermar de fiebre, Kertesz está un día de 1917 sentado junto a otros soldados alrededor de una piscina en la que han hundido sus pies. Introduce su mano en el agua y la fotografía ante la mirada burlona de sus compañeros. De este momento de inspiración surgiría Underwater swimmer, la silueta de un nadador deformada por la refracción del agua. Y en ella estará el origen de Distorsiones, una serie iniciada al llegar a ese París que en los años 30 atrajo a la vanguardia del momento,  y en la que trabajaría a lo largo de toda su vida.

La exposición de la Fundación Carlos de Amberes es una sucesión de imágenes a cada cual más memorable. Lo es la primera fotografía que capta en la capital del Sena, desde su hotel. Un encuadre que rehúye con decisión la frontalidad de un edificio en el que se suceden cerradas o abiertas las ventanas, y de una de las cuales surge la figura apenas perceptible de una muchacha. Como lo es la que refleja una estancia de la casa de Piet Mondrian, una espléndida composición en la que el plano dividido verticalmente en dos reparte el protagonismo entre elementos tan modestos como un jarrón con flores colocado sobre una mesa o un tramo de escalera. Pero resulta vano destacar una sobre las demás. No es menos hermosa la que componen elementos tan sencillos como un plato, un tenedor y sus respectivas sombras. O esa otra en la que, sobre la esfera de cristal transparente del reloj de la Academia francesa, se proyecta la vitalidad del Pont des Arts. O aquella en la que se presenta un rincón del estudio de otro pintor, Fernand Léger…

Negativos recuperados

Estados Unidos es el tercer escenario en la vida de Kertész. El ascenso del nacionalsocialismo en Alemania, la polarización ideológica de las revistas para las que trabaja, la drástica reducción de los encargos y una oferta para trabajar en una agencia neoyorquina tras la que se ocultará una decepción o un engaño lo mueven a viajar en 1936 a Nueva York. De su relevancia en Europa apenas se tiene noticia en Estados Unidos. En la ciudad de los rascacielos debe volver a hacerse un nombre. No tarda en lograrlo. Pero, a pesar del éxito y de su confirmación internacional, no guardará un buen recuerdo de esta época en la que trabajó para las revistas del grupo Condé Nast y con las que realizaría viajes a Francia, Gran Bretaña y Hungría.

En su periplo americano no llevó consigo el archivo acumulado con los años. Ante el temor a que cayera en manos de los nazis, lo puso en manos de una amiga, quien lo sepultaría en una fosa excavada en una granja. Al cabo de muchos años, el 4 de diciembre de 1963, Kertéz lograría desenterrar esa maleta y recuperar los negativos de los tiempos de Hungría y París. En ese momento arranca el despegue internacional de su reputación. Una pareja besándose en un parque de Nueva York, una bandada de palomas que cruzan el paisaje industrial de Manhattan o esa espléndida toma de 1954 del parque de Washington Square bajo la nieve son ahora los motivos que le mueven a apretar el disparador.

La visión feliz de estas obras no deja un lugar para el respiro. A una imagen inolvidable le sucede otra. Casi al término del recorrido aguarda otra soberbia. Fechada en 1972, en Martinique se asiste a la presencia inquietante de un hombre tras una mampara traslúcida, en un balcón abierto al mar. Se trata, sin duda, de una fotografía misteriosa que no da respuestas, sino que incita a averiguar más y a formular más preguntas. Como las buenas fotografías. Como todas las fotografías de André Kertész.

 Publicado en Escuela nº3.898  (17 marzo 2011)

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