El periódico, en su metamorfosis

El New York Times, en el iPad

 

Como la de minero, presidente de gobierno o profesor de educación secundaria, la de profeta es una profesión de alto riesgo. Subirse a lo más alto, otear el horizonte y bajar con las respuestas que han de guiar a los demás, no es tarea fácil. Tampoco en el mundo de la prensa. En 1971 lo intentó un periodista francés. Publicó un libro que desde su portada emplazaba a las empresas periodísticas a adoptar una serie de medidas si no querían desaparecer en poco tiempo. El volumen, editado un año después en castellano por Editora Nacional, llevaba por título Diez años para sobrevivir. Su autor, Daniel Morgaine, de 49 años y cinco lustros de experiencia en el oficio, escribió el informe tras un largo viaje de estudios por distintas partes del mundo que le ocupó tres años. Aunque tenía un ojo puesto en el diario parisino, sus enseñanzas podían aplicarse a cualquier otro. Morgaine hablaba de cosas como la llegada del offset, la descentralización de las plantas de impresión o la realización de estudios de mercado que orientaran sobre los gustos o necesidades de los lectores. Con la televisión como gran amenaza, descubrió en Japón el prototipo con el que el Asahi Shimbum -10 millones de ejemplares diarios- confiaba en resolver el futuro en un plazo de ocho o nueve años. El aparato, cuenta Morgaine, se asemejaba a un pequeño receptor de televisión sin pantalla. Cinco minutos después de haber presionado uno de los cuatro botones de mando, aparecía por una ranura la primera página del diario. “Acabo de asistir a la demostración del periódico recibido a domicilio en facsímil”, anota con entusiasmo. Pero el futuro no viene casi nunca por el camino por el que se le espera.

La introducción del color en los periódicos era otra de las recomendaciones de Morgaine. A su juicio, resultaba obvio que el diario de 1980, fecha en la que se detenía su prospectiva, no podía ser en blanco y negro. Escucharan o no sus vaticinios, la mayor parte de los grandes periódicos avanzaron por el camino que él había previsto. Aunque con cierta calma. Mientras caía el Muro de Berlín, en El País se defendía el blanco y negro como sinónimo de diario de calidad, y todavía tardaría casi diez años, era 1998, en introducir el color en su primera y última páginas. En 2005 El Periódico aún era el único diario que se imprimía íntegramente en color.

Sistema de pago

Nadie parece acordarse ya de todo eso, porque ahora las amenazas son otras. Han mutado y se esconden en mundos digitales. Fallecido en 1999, no hay ya un Daniel Morgaine que nos guíe con su linterna. Hay miles. A sueldo o por libre. Tantos que el futuro del periódico de papel, y del periodismo en general, ha pasado a ser todo un subgénero. Convertidos a la fuerza en augures, los editores de periódicos tratan de predecir, lo mismo en las entrañas que en el vuelo de las aves, por qué caminos transitará el periodismo del futuro, ese que saltó hace tiempo del papel a la pantalla del ordenador, y de esta a las tabletas digitales y a los teléfonos móviles. Los periódicos, que se miran de reojo unos a otros, se copian, rectifican a la par y lanzan nuevas apuestas por si el futuro se las devuelve de manera gananciosa. La noticia de que The New York Times sigue, con matices, los pasos de otros que ya han renunciado a la gratuidad de sus webs y conducen a sus lectores a un sistema de pago logra adquirir relieve mundial.

Cualquier acontecimiento en torno al periodismo se convierte ahora en un análisis de eso que Maruja Torres, tocada por la gracia, definió hace unos días como “el periodismo del futuro, el futuro del periodismo, el periodismo sin futuro y el futuro sin periodismo”. En una ciudad apartada de los grandes sitios de decisión arrancó hace 12 años un encuentro en torno a algo que entonces debía tener aún algo de exótico, el periodismo digital. En todo este tiempo Huesca se ha convertido en una atalaya inexcusable desde la que adivinar los signos del porvenir. En su última edición –celebrada los pasados días 10 y 11 de marzo- se ha puesto de relieve cómo las redes sociales han entrado a formar parte del relato periodístico y cómo, igual que hay una real, existe también una calle virtual que los periodistas no pueden dejar de frecuentar. Se ha constatado que los primeros periódicos nativos digitales han buscado su espacio haciendo algo nuevo bajo banderas antiguas. Se ha subrayado que la publicidad no será la única fuente de ingresos de las webs y se ha resaltado que con la llegada de las tabletas digitales se vislumbra un modelo de negocio, aún en construcción, en el que el editor cede al proveedor de la plataforma su relación directa con el cliente lector. O, finalmente, que ante una inundación informativa se hace más necesaria que nunca “el agua potable de la reflexión”, que puede encontrar su acomodo ideal en el periodismo de libro.

Uno de los invitados, el director de El País, se mostró convencido de que “en unos años, pocos o muchos, dejará de haber periódicos impresos en papel”. A diferencia de Daniel Morgaine hace cuarenta años, Javier Moreno rehusó hablar del tiempo con que cuentan hoy los diarios para hacer frente a las nuevas exigencias. A medio plazo, vaticinó, sobrevivirán los mejores, “pero me parece evidente que el futuro de todos ellos se encuentra en la red”. A estas alturas, resueltos problemas como los del color, la distribución o los estudios de mercado, la forma del continente, papel o pantalla líquida, probablemente sea ya lo de menos. Las amenazas estarán en los propios contenidos. Javier Moreno recordó que los periódicos han vertebrado las opiniones públicas de los países democráticos a lo largo de los últimos 200 años. Por eso sus temores se orientan ahora hacia la fragmentación de las audiencias y la pérdida del espacio común compartido. Esa situación puede propiciar, a su juicio, “desgarros en el tejido democrático por los que se cuelen el populismo y las demagogias”. A la vista está lo difícil que resulta hablar de periodismo sin hacer profecías, y ya sabemos que pocos oficios hay tan arriesgados como el de profeta. Pensándolo bien, más que los de presidente de gobierno o minero, quizá solo le sea equiparable el de profesor de secundaria.

Publicado en Escuela nº3.899  (24 marzo 2011)

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