De la mano de Max Estrella

Folleto de La noche de Max Estrella

 

Lo mismo que hay seres que nunca existieron sobre la tierra y sin embargo perduran en la memoria de la gente, hay personas cuyo recuerdo apenas nos alcanza pese a saberlas reales. “Te inmortalizaré en una novela”, le replica Max Estrella a su compañero de correrías don Latino de Hispalis, después de haberlo calificado de “grotesco personaje”. ¿Nos diría algo el nombre de Alejandro Sawa si Valle-Inclán no lo hubiera inmortalizado como el Máximo Estrella de Luces de Bohemia? ¿Recordaría su nombre alguien más que el erudito encargado de desenterrar las ilusas aspiraciones de unos literatos polvorientos, miserables y quiméricos para los que el arte no se escribía sino con mayúsculas y ante cuya noble idea debía rendirse la vida? Probablemente no. Como tampoco nos dicen mucho los nombres de tantos que poblaron hace cien años las tertulias de los cafés, las redacciones de periódicos y los catálogos de las editoriales. Cada poco el tiempo hace limpia.

El poeta olvidado, ciego y empobrecido que una vez frecuentó el Barrio Latino de París y se codeó con Rubén, Verlaine o Víctor Hugo no deja de ser una nota a pie de página en la obra de su amigo Valle-Inclán. Una aclaración curiosa y no siempre impresdindible. A su vuelta de París, a donde escapó acusado de un delito de imprenta, Alejandro Sawa, sevillano, malagueño y griego a partes iguales, malvivió y murió enloquecido en Madrid el 3 de marzo de 1909. A pocos metros del palacio de los Alba, en lo que fue el Callejón de las Negras, una placa de mármol costeada por el Círculo de Bellas Artes y promovida por una corte de admiradores de Valle recuerda desde 2003 al ‘rey de los bohemios’. Al modo de los joycianos que cada 16 de junio conmemoran en Dublín el día de Leopold Bloom, un grupo de teatreros encabezado por Ignacio Amestoy rememora desde hace 14 años en un Madrid que sigue teniendo algo de absurdo y brillante la última noche de Max Estrella, el hiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales. Enmarcada en La Noche de los Teatros, la cita tiene como lugar de encuentro el restaurante Casa Ciriaco, al final de la Calle Mayor. Desde un balcón de este edificio, el 31 de mayo de 1906 Mateo Morral arrojó una bomba envuelta en un ramo de flores sobre el cortejo nupcial de Alfonso XIII y Victoria Eugenia. Del intento de magnicidio los reyes salieron ilesos, pero hubo una treintena de muertos. Valle, que en su tertulia había conocido la víspera a Morral y que pocos días después acompañaría al pintor Ricardo Baroja al reconocimiento del cadáver del anarquista catalán, sitúa precisamente aquí la librería de Zaratustra, el lugar adonde el poeta ciego había mandado a su lazarillo a malvender unos volúmenes.

Paralelismos

La procesión laica que a lo largo de las siguientes cinco horas recorrerá algunos de los lugares por los que transitaron esa noche aciaga los personajes que acompañaron las últimas horas de Max Estrella da comienzo. Al paso abierto por la campanilla que agita con brío la periodista Rosana Torres, la comitiva avanzará hacia La Buñuelería Modernista –la chocolatería del pasadizo de San Ginés- en la que el poeta ciego sería detenido y conducido hasta el Ministerio de la Gobernación; para continuar después hacia la taberna de Pica Lagartos. El catedrático Darío Villanueva establece paralelismos entre el día de Leopold Bloom y la noche de Max Estrella en lo que es hoy la sede de la Comunidad de Madrid y en Luces… alberga dependencias ministeriales y los calabozos en los que se encuentran Max Estrella y el anarquista catalán trasunto de Mateo Morral. Antes Ouka Leele ha revelado la vinculación de su nombre de fotógrafa con el de Enriqueta la Pisa Bien, la vendedora de lotería que para en una taberna cercana a la Puerta del Sol, y Almudena Grandes ha recordado, a su vez, una de las muchas leyendas nacidas alrededor del bastonazo por el que Valle acabaría perdiendo el brazo izquierdo. El periplo valleinclanesco es también un homenaje al arte teatral. Antes o después de pasar por los espejos deformantes del Callejón del Gato, desde donde se tomará el rumbo del Ateneo que tanto frecuentó el autor gallego, para despedir a medianoche la jornada en el Círculo de Bellas Artes, el grupo rinde homenaje a Larra, Calderón y García Lorca.

A cada edición la comitiva es más numerosa. La iniciática procesión de bohemios que encabezaron el 23 de abril de 1998 Ignacio Amestoy, Lourdes Ortiz y Chatono Contreras ha ido sumando año a año nuevos adeptos. El estrecho Callejón de Álvarez Gato ya no puede acoger a todos los fieles deseosos de comprobar en qué se convierten los héroes clásicos cuando se reflejan en los espejos cóncavos, y el Ateneo de Madrid se queda pequeño para dar cobijo a todos los fieles del esperpento. Max Estrella eclipsa a Alejandro Sawa. En su noche, el personaje hace olvidar al escritor sin el que probablemente nadie hablaría de don Latino de Hispalis, de la Pisa Bien, de Serafín el bonito, ni de Máximo Estrella. El personaje cobra una pujanza inusitada que oscurece a quien lo inspiró. La ficción se impone sobre la vida, y en algún lugar resuenan las palabras que un Sawa fracasado dirigió a un Cansinos-Assens principiante en aquella buhardilla miserable del Callejón de las Negras: “Sí, joven, venceremos… Yo tendré una vejez gloriosa como la de Hugo. Al fin tendrán que rendirme el tributo que me merezco… Las apoteosis son siempre finales, porque coronan una larga lucha. ¿Qué importa que ahora me vea aquí confinado entre estas cuatro paredes, sin poder salir por tener mi ropa empeñada en ese impiadoso Monte de Piedad? La adversidad es como mi perro León, que solo les ladra a los hombres de talento”.

Podemos llegar a dudar de si quien así habla es Alejandro Sawa o Max Estrella, Máximo Sawa o Alejandro Estrella.

Publicado en Escuela nº3.900  (31 marzo 2011)

Anuncios