Conversaciones en Madrid (sobre Barcelona)

Félix de Azúa

 

Nunca queda una sola imagen de una ciudad. Pero de entre las muchas que haya podido dejar tras de sí la Barcelona de los años 60 sobresale sin duda la que la identifica como un lugar divertido, efervescente, moderno. Esa Barcelona creada por arquitectos, fótografos, editores, escritores, cineastas; bautizada como gauche divine por Joan de Sagarra, y constituida en torno al Bocaccio de Oriol Regás, el mítico local nocturno de esa pujante nueva clase intelectual y económica de talante progresista. La boîte del número 505 de la calle Muntaner permanecerá asociada a nombres como los de Xavier Miserachs, Jorge Herralde, Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Juan Marsé o a tantos otros. Nombres que dan forma y se confunden con la imagen de la Barcelona de esos años finales de los 60.

Félix de Azúa es un tipo inteligente, brillante, culto e irónico. Doctor en Filosofía y catedrático jubilado de Estética, este ensayista, novelista y poeta novísimo no tarda ni diez segundos en ganarse a su audiencia haciéndole saber su sorpresa por que haya en Madrid una concurrencia tan notable interesada en saber un poco más de la Barcelona de esos años. Azúa es uno de los invitados a un ciclo que, en torno al despertar cultural producido en la ciudad condal y en esa década, ha organizado la Fundación Mapfre en su centro cultural del Paseo de Recoletos de Madrid. En días anteriores le han precedido los editores Josep María Castellet y Jorge Herralde, cuya memoria se encargaron de aguijonear el novelista Luis Goytisolo y el crítico literario Ignacio Echevarría. Después habrán de pasar por la tribuna otros testigos de aquel tiempo, como Esther Tusquets, Ana Mª Moix o Ricardo Bofill.

Para que nadie se llame a engaño o se haga una imagen equivocada, es importante que las cosas queden claras desde un principio. Azúa lo hace delimitando muy bien el perfil de la época: “Si tenías 20 años y un poco de dinero, en Barcelona se vivía mejor que en ningún sitio”. Así que juventud y poder adquisitivo eran las condiciones que permitían el acceso a un grupo al que, como admite, “nadie le paraba los pies”. “A los de mi generación nadie les ha llevado la contraria, ni les ha corregido en serio”, confiesa. En una opinión que siempre ha de verse tamizada, Azúa asegura que la editorial de Jorge Herralde, Anagrama, es una de las pocas cristalizaciones de aquella época. “No ha quedado nada de aquella generación, y los que se han abierto camino es porque se fueron”. Los primeros sesenta los vivió Félix de Azúa en Madrid como estudiante, y los últimos como licenciado en Barcelona. “En esos años el trasvase entre Madrid y Barcelona era constante. En Barcelona había más capacidad de hacer cosas que en Madrid. Madrid estaba tomada”. Esa promoción nacida de la burguesía barcelonesa, educada en colegios selectos de La Bonanova –aunque “catastróficos, horribles, brutales”-, que abrazó después el marxismo o el maoísmo como manera de rechazar la mediocridad ambiental, intentó reflejarla el propio Azúa en una novela cuyo título es bien explícito, Historia de un idiota contada por él mismo. “Es una novela de formación en la que quise resumir el recorrido que hizo mi generación, que se había creído todas y cada una de las promesas de felicidad: la liberación sexual, las drogas… Lo que vivíamos era tan sórdido que cualquier promesa nos la creíamos”, asegura.

Nueve novísimos

En el relato de esta tarde ante su auditorio madrileño surgen la Capuchinada de Sarriá y el encierro de Montserrat, el torturador Juan Creix –“¿por qué no se ha escrito una novela sobre él?”- y Juan García Hortelano –“el más bueno, más divertido, un ser excepcional”-, Fernando Savater y Carlos Barral -“adorable, pero una catástrofe”-, Juan Benet y Rosa Regás. Y sobre todo Josep María Castellet y Los nueve novísimos. Félix de Azúa fue uno de los elegidos para esta antología rupturista. “No teníamos una conciencia moral del arte, ni éramos los que íbamos a cambiar la sociedad. Nos criticaron los falangistas herederos del garcilacismo y los del realismo social. Nos llamaron frívolos, mercantilistas. Pero eso le abrió los ojos a mucha gente. Se había acabado la guerra fría. La gente se había cansado de ser artista de Stalin o de la CIA”.

Félix de Azúa ha combinado la docencia con la escritura, y en esta faceta ha publicado ensayos, poesía, novelas, hasta autobiografías ‘sin vida’ y muchos artículos de prensa. Ha habido veces que, armado de un humor que comparte con su maestro y amigo Fernando Savater, ha logrado descolocar a sus lectores de periódico con piezas verdaderamente desconcertantes. Otros artículos han dejado una impronta tan grande que aun hoy le resulta difícil eludirlos en según qué escenarios. Como aquel que llevaba por título ‘Barcelona es el Titanic’ y en el que detectaba los primeros síntomas del nacionalismo pujolista en la vida cultural de la ciudad. En aquella pieza de 1982 que tanto furor causó trasladaba su sospecha de que Barcelona había empezado a perder la hegemonía cultural que hasta entonces había detentado sin dificultades. Todo pasaba ya en Madrid. Barcelona estaba yéndose a pique. “Dentro de poco”, vaticinaba, “esta ciudad parecerá un colegio de monjas regentado por un seminarista con libreta de hule y cuadratín de madera, a menos de que las capas más vivas de la ciudad salgan de su estupefacción”. Ese artículo lo considera hoy y en Madrid “sumamente optimista”.

Acaso fuese una coincidencia, pero poco antes de esa fecha Oriol Regás había vendido Bocaccio. Unos años antes de su fallecimiento, mientras preparaba su libro de memorias Los años divinos, el célebre promotor confesaba que, tras la muerte de Franco, la famosa boîte había perdido su razón de ser, “porque siempre fue un foco frívolo, pero antifranquista”. Sin Franco la frivolidad no era lo mismo. Barcelona se abría a un tiempo distinto. La huella de los años 60 se empezaba a quedar atrás.

Publicado en Escuela nº 3.902 (14 abril 2011)

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