El retorno de Marsé

No siempre los títulos de las novelas son obra de sus autores. Tendemos a pensar que en esas pocas palabras se cifra inequívocamente el espíritu del libro y que el anchuroso relato no podría condensarse de otro modo. Ese rótulo con el que una novela se lanza al mundo literario precede en ocasiones a su misma gestación, y en otras lo adquirirá a medida que vaya escribiéndose, o aun después. No es infrecuente que el título con el que sus lectores la conocerán y con el que se abrirá paso deslizándose en el fluir de las conversaciones surja sólo después de que el editor arrugue la nariz y encargue la búsqueda de uno nuevo. Como los de otros muchos novelistas, algunos de los de Juan Marsé no nacieron en su mesa de trabajo sino en algún momento indeterminado. La que los estudiosos celebran como su obra más lograda, Si te dicen que caí, se llamaba Adiós, muchachos hasta que su amigo Jaime Gil de Biedma le sugirió el verso del himno falangista. El de La oscura historia de la prima Montse fue idea de Carlos Barral, y Ronda del Guinardó iba a llamarse Rosita y el cadáver hasta que el editor y novelista Mario Lacruz alumbró el definitivo.No sabemos si fue el propio Marsé quien decidió llamar Caligrafía de los sueños a su primera novela después de ser distinguido con el máximo galardón de las letras españolas, el Premio Cervantes. Pero sí que durante mucho tiempo tuvo otro menos sugerente, Aquel muchacho, esta sombra. Y por una entrevista publicada en abril de 2009 con José Martí Gómez, compañero de andanzas en aquella revista de sátira política de los años 70 que fue Por Favor, intuimos que el desvarío que lleva a la señora Mir a dejarse caer sobre los rieles truncos del tranvía en la calle Torrente de las Flores terminó por imponerse en el arranque del texto a la exclamación que ahora abre el segundo capítulo, “¡Este país de todos los demonios!”, con la que Gil de Biedma sin duda hubiera sonreído.

Pero estas son cosas que entretienen a los curiosos y a los eruditos, esos curiosos exasperantes, pero en las que se detienen poco o nada quienes entran en las páginas de una novela buscando una historia interesante y que esté bien contada. Como recordó en el discurso cervantino, esos son algunos de los pocos principios que Marsé se impone en su trabajo: “Procura tener una buena historia que contar, y procura contarla bien, es decir, esmerándote en el lenguaje; porque será el buen uso de la lengua, no solamente su singularidad, la bondad o la oportunidad del tema, lo que va a preservar la obra del moho del tiempo”. Pues bien, como reconocerán sus lectores Caligrafía de los sueños es una buena historia que está bien contada. En la entrega de ese premio que se hizo esperar y que interrumpió la escritura de la nueva novela, el autor de Últimas tardes con Teresa o Un día volveré recordaba que un escritor no es nada sin imaginación, pero tampoco sin memoria, sea personal o colectiva. La imaginación y la memoria de Juan Marsé retornan de nuevo a ese territorio narrativo que nunca abandonaron, que el autor recrea una y otra vez en sus textos y que sus lectores tendemos a identificar con barrios de Barcelona como la zona alta de Gracia, el Guinardó o La Salud; y también a unas décadas de miseria física y moral como fueron con especial intensidad los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado en este país.

Esquirlas de la memoria

La memoria personal de Marsé arraiga en muchos pasajes del libro hasta hacer de él el más próximo a su propia biografía. La narración de cómo Ringo –o Mingo- será adoptado, el trabajo como aprendiz-recadero en una joyería, el acceso libre a aquellos cines de barrio de sesión continua en virtud de la amistad con taquilleras y acomodadores de un padre empleado en tareas de desratización, las ausencias de ese mismo progenitor por operaciones de resistencia o contrabando nunca bien aclaradas, la quema nocturna de libros condenados por un régimen opresor, el olor del café en un tostadero clandestino…, todas ellas son esquirlas de la memoria que Marsé eleva a su máxima condición narrativa para, de la mano de un adolescente ‘algo pasmarote y de mirada sombría’ que aún anhela ser pianista pese a haber perdido un dedo trabajando en el taller de joyería, dar cuenta de la dolorosa circunstancia de una señora Mir, cuarentona y entrada en carnes, que espera día tras día la llegada de una carta hasta el mostrador que su amiga Paqui atiende en el Bar Rosales.

El crítico Ignacio Echevarría sostiene que, del primero al último de sus libros, la trayectoria narrativa de Marsé figura entre las más insólitas y atractivas de la literatura española, y el catedrático José-Carlos Mainer no duda a la hora de certificar de manera reiterada que estamos ante nuestro mejor narrador desde 1960 para acá. Las dos son opiniones más que solventes y difíciles de rebatir. Después de una ausencia que se ha prolongado durante casi seis años, los que median entre la publicación de Canciones de amor en el Lolita´s Club en 2005 y esta nueva novela, el lector tiene de nuevo la posibilidad de confrontar estas autorizadas impresiones con su propio criterio. Pero lo que es más que probable es que no saldrá decepcionado si acepta adentrarse en el mundo de Caligrafía de los sueños. Un título, por lo demás, de poderosa sugerencia.

Publicado en Escuela nº  (28 abril 2011)

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