Reescribiendo el canon

Portada del volumen 7 de la Historia de la literatura española

 

Pocas cosas debe de haber tan ambiciosas en el mundo de las letras como la de acometer la historia de una especialidad. Algo así como redibujar el puente que, por ejemplo, conduce en la literatura española de las glosas emilianenses a la generación Nocilla. Una tarea titánica en la que ningún filólogo sensato osará aventurarse sin ir bien escoltado por un avezado equipo experto en cada una de las etapas. En compañía de sherpas de la filología como Alan Deyermond, Iris M. Zavala, José-Carlos Mainer, Víctor García de la Concha o Domingo Yndurain, Francisco Rico se lanzó en los años 80 en pos de una cumbre denominada Historia y crítica de la literatura española, que publicó en ocho tomos la editorial Crítica. No contento con coronar ese ochomil, hacia el final del siglo todavía se permitió actualizarla con suplementos de última hora como Los nuevos nombres, obra de Jordi Gracia. Uno de los colaboradores de Rico, encargado allí del volumen Edad contemporánea: 1914-1939, Víctor García de la Concha, aceptó años después la propuesta de Espasa de dirigir otra Historia de la literatura española. Los 12 volúmenes previstos tenían como coordinadores a gente de renombre como Domingo Ynduráin, Cristobal Cuevas, Guillermo Carnero, Lorenzo Romero Tobar o Santos Sanz Villanueva. Pero la expedición se vio obligada a bajar de la montaña cuando ya iba a media altura.

Misterios del mundo editorial como ese y otros muchos más tal vez los cuenten los historiadores del futuro. Quizá solo entonces sepamos la razón de las desavenencias que pusieron término a la fructífera relación mantenida durante años entre Francisco Rico y el director de Crítica, Gonzalo Pontón, y que se llevaron por delante de manera intempestiva una colección tan prestigiosa como Biblioteca Clásica. Aquel centenar de títulos españoles que continuaría después en Galaxia Gutenberg pronto resurgirá nuevamente bajo el sello de una entidad bancaria catalana. Peripecias editoriales tan guadianescas están ya buscando quien las ponga en claro.

Colaborador en aquella expedición inicial, catedrático de la Universidad de Zaragoza, José-Carlos Mainer ha tomado el relevo de Rico y ha coordinado para Crítica una nueva revisión de nuestro canon. A la vista de este reiterado afán por historiarla, nuestra literatura se diría especialmente proclive a llenarse en seguida de telarañas y a reclamar cada muy poco la presencia de alguien que se encargue de limpiarla e higienizarla. Así, las nuevas investigaciones modifican lo sabido hasta entonces, como también muda la propia sensibilidad del público lector. Mainer, que dejó impreso en La edad de plata su saber sobre la literatura del primer tercio del siglo XX español, ha vuelto a ese periodo en el sexto tomo de esta colección. Cotejar aquella investigación precursora de 1975, reeditada en 1981, con esta nueva entrega, que lleva por título Modernidad y nacionalismo 1900-1939, no sería una idea tan rara.

‘Extravagancia ética y cultural’

Ese año que simboliza el término de tantas esperanzas es el punto en el que Jordi Gracia y Domingo Ródenas dan inicio a un relato sobre lo que supuso la bota franquista sobre el cuello de la cultura española. En el millar de páginas que conforman Derrota y restitución de la modernidad, los autores, profesores en universidades de Barcelona, retratan el arco que va desde esa España que, como recuerdan, era en 1939 una extravagancia ética, política, cultural y religiosa en la Europa contemporánea, hasta el país que en 2011 “apenas conserva rastros de aquella sociedad medievalizada y ausente del mundo moderno”. Gracia y Ródenas sitúan en los años 50 el momento a partir del cual empezará desplegarse una cierta modernidad literaria, en un proceso que no dudan en calificar de “complejo, sinuoso, a veces laberíntico, pero también irreversible”. De la ambición de este escrutinio hablan las 41 páginas del índice onomástico, en el que aparece fijado todo el que ha sido algo en la vida literaria, y aun cultural, de estos últimos 72 años. En los nombres de ayer hay referentes ineludibles y sombras que apenas dirán nada a los lectores más jóvenes. En los de casi ahora mismo, junto a las figuras que se reparten a codazos el parnaso literario del momento, no faltan tampoco estrellas fugaces que un día iluminaron el cielo de las letras y desaparecieron dejando una estela cada vez más tenue.

Quizá estas historias de la literatura sirvan para eso, para revisar y poner al día los méritos de cada autor, y en función del viento dominante anclarlo al presente o cuestionar lo que hasta ayer era incuestionable. Tal vez dentro de quince o veinte años un editor multimedia le encargue a un catedrático la tarea de repensar la trayectoria de las letras españolas y decidir si Cervantes ha subido algún peldaño más en el escalafón, si la generación Nocilla se ha hecho adulta y omnívora o si Carlos Ruiz Zafón, María Dueñas o Ildefonso Falcones están ya en condiciones de hacerse perdonar su éxito comercial. El fruto de ese trabajo probablemente no lo leamos en contundentes entregas de un millar de páginas de papel, sino en la liviandad de una tablilla digital en la que las referencias bibliográficas se convertirán en hiperenlaces y las fotografías en videos. Quienes reclamen entonces un hueco tal vez estén ahora frotándose los ojos por ver su nombre reproducido por primera vez en la portada de una novela, de un libro de poemas o de ensayos, en el cartel de una representación teatral. Tras sus pasos seguro que ya anda algún prometedor catedrático dispuesto a encargarse de poner al día el canon de la literatura española.

 Publicado en Escuela nº 3.904 (5 mayo 2011)

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