Un friso de nuestro tiempo

Libros de Andrés Trapiello

Los años 80 conocieron el resurgimiento de un género literario, el diario, que hasta entonces había tenido un menguado predicamento entre nosotros, pese a contar con referencias notables como las de Manuel Azaña, Rosa Chacel, César González Ruano o Jaime Gil de Biedma. Hacia mediados o finales de esa década un puñado de novelistas y poetas empezaron a publicar una serie de libros en los que dejaban un testimonio fragmentario de pequeños avatares personales o modestas andanzas profesionales. En el catálogo de la editorial navarra Pamiela vio la luz en 1986 La negra provincia de Flaubert, de Miguel Sánchez-Ostiz, que marcaría un hito en esa recuperación y que iniciaría una larga relación del autor con la escritura diarística. De ese afán revitalizador participan autores como José Carlos Llop, Juan Manuel Bonet, José Jiménez Lozano, José Luis García Martín y, sobre todo, Andrés Trapiello.

Trapiello es autor de una obra copiosa. No hace falta extenderse en el recuento detallado de sus muchos títulos publicados, que transitan de la poesía (La vida fácil o Las tradiciones, entre otros) a la novela (Los amigos del crimen perfecto o Al morir don Quijote), con paradas en el articulismo y el prologuismo (Clásicos de traje gris o Más o menos), la traducción, el ensayo sobre los autores de nuestra tradición (Los nietos del Cid o la recién reeditada Las armas y las letras) y sus dietarios.

Salón de pasos perdidos

En 1990 Trapiello publicó un tomito de apenas 200 páginas en la editorial valenciana Pre-Textos titulado El gato encerrado. El volumen, que recogía el diario escrito tres años antes, arrancaba con un prólogo en el que su autor se sinceraba ante un interlocutor identificado con una enigmática X, a quien le confesaba que estaba corrigiendo un diario. “¿Lo publicarás?”, le pregunta su amigo. “Si alguien me lo pide, sí. Por qué no? ¿Citas a la gente por su nombre? Casi nunca. No me atrevo”. Con él iniciaba una serie que agruparía bajo el rótulo de ‘Salón de pasos perdidos’, por su similitud con aquellos espacios de los viejos palacios españoles en los que “nadie se detenía, pero por donde se pasaba siempre que se quería ir a algunos de los otros”.

Aquel librito inauguró una serie tan original como ambiciosa de la que acaba de aparecer su decimoséptima entrega. El nuevo volumen comparte un tono semejante con sus predecedores y muestra una distancia cada vez más acrecentada respecto al momento en el que se tomaron las notas que lo originaron. Los cinco que separaban del año natural que se relata la mayor parte de las entregas anteriores ha ido aumentando imperceptiblemente hasta llegar en este caso a los ocho. Apenas sensitivo, título que remite al verso de un célebre poema de Rubén Darío, recoge los escritos de 2003, y en él un lector fiel no dejará de encontrar todo aquello que ha dado vida a las entregas anteriores. Así, el habitual relato de las estancias en su casa de campo extremeña y sus pesquisas librescas por El Rastro o por bibliotecas particulares se mezcla en esta ocasión con el de las peripecias del escritor recién premiado con el Nadal que ha de embarcarse en una gira promocional que le lleva a recorrer medio país, pero también con la muerte de un perro, una firma de libros en Sant Jordi, la decrepitud de un amigo, el encuentro inesperado con una compañera de lejanas luchas políticas, un viaje a París o un rifirrafe con el “alcalde más tonto de España”. Todo ello envuelto en una escritura que a veces es entrañable y en otras aparece regada por un humor que lo mismo trata de aminorar cervantinamente cualquier tentación de encumbramiento como satiriza los agravios que tratan de empequeñecer sus méritos. Como siempre, Trapiello no cita por sus nombres a los personajes secundarios de estas narraciones, pero, aunque unos comparezcan bajo la inicial de un nombre o un apellido y otros queden ocultos bajo una X, una Y o una Z, el autor sabe dosificar las pistas suficientes como para que el lector avezado crea encontrar correspondencias con la realidad.

El libro arranca con una misiva dirigida a su misma línea de flotación. La carta de un buen amigo que quiere persuardirlo de la conveniencia de poner término a este Salón de pasos perdidos. Su argumento es que aún está a tiempo de evitar que la rutina termine malográndolo. “Los diarios que has publicado constituyen ya por sí mismos un corpus considerable, y un logro, supongo, de la literatura española actual: urge, pues, cerrar el proyecto  para preservarlo”. Por si no bastara la apelación frecuente de estos diarios como una novela en marcha, en algún momento se refiere Trapiello de modo explícito a que lo que estamos leyendo es una novela, y que ello le da permiso al autor para introducir una serie de recursos. ¿Cuánta ficción cabe en ellos? ¿Se trata, esta carta, de una estrategia narrativa para aligerar las 800 páginas de muchas de las entregas anteriores y justificar las únicamente 378 de esta? El lector no lo sabrá a ciencia cierta. De cualquier modo Trapiello desatiende las reconvenciones de esa carta que le insta a poner fin a estos diarios y a no convertirlos en la ‘expresión de un romanticismo suicida’. De ello se lamentarán sin duda todos aquellos –y no son pocos- que salen trasquilados de estas páginas. Pero lo recibirán con alegría los muchos lectores fieles que el autor ha ido sumando desde que hace dos décadas dio comienzo a este friso de las pequeñas cosas de su vida y de nuestro tiempo.

Publicado en Escuela nº 3.905 (12 mayo 2011)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s