José-Miguel Ullán

José-Miguel Ullán

Recordar es subir una cuesta. Lo dejó escrito José-Miguel Ullán (Villarino de los Aires, Salamanca, 1944-Madrid, 2009) al comienzo mismo del relato que sirve de prólogo a Esencia y hermosura (Galaxia Gutenberg), su antología de textos de María Zambrano. Ese centenar de páginas introductorias en cuya escritura se demoró diez años y que su muerte, el 23 de mayo de 2009, dejó inacabadas es, antes que nada, la narración de una amistad, y como tal una suerte de biografía compartida. Recordar es revivir, remontarse, prosigue Ullán, para a renglón seguido dar voz a la pensadora malagueña: “¡Ah!, pero recordar es también el verdadero corazón de la vida”.

El recuerdo juega a traer la primera noticia de ese autor cuyo nombre de pila compuesto iba aferrado coquetamente con un guión. Cree la memoria haberlo descubierto un sábado cualquiera de 1981, entre las páginas del suplemento ‘Artes’ de El País, o también en el de ‘Libros’. Pero quizá surgiera en la fronda silvestre de Joven poesía española (Cátedra), esa antología en la que Concepción G. Moral y Rosa María Pereda agavillaron nombres que una década antes ya había reunido Josep María Castellet en Nueve novísimos poetas españoles, como Pere Gimferrer, Félix de Azúa, José María Álvarez, Guillermo Carnero o Vicente Molina Foix, junto a otros que habían quedado fuera, como Antonio Martínez Sarrión, Luis Alberto de Cuenca, Luis Antonio de Villena o el propio José-Miguel Ullán.

El arte, la poesía y el periodismo fueron los tres ejes de la escritura de Ullán. Aquella ilustración de contenido homoerótico que adornaba una selección de los años 80 de poemas de Luis Cernuda la vio uno equivocadamente durante largo tiempo como el rastro de un trabajo pictórico que la escritura habría terminado relegando. Al volver de un exilio de diez años en París, escribió sobre pintores (Francisco Peinado, Brinkmann, Zóbel) y llevó pronto a sus libros la presencia continuada de artistas como Saura, Sempere, Chillida, Palazuelo, Sicilia o Tàpies. El arte fue una pasión que vertió en sus textos y en la organización de exposiciones, lo mismo que en la elaboración de esos pequeños dibujos sobre papel a los que llamaba ‘agrafismos’. Esos tanteos gestuales o ‘expectantes partículas de un poema mudo’, como se los ha llamado, eran el fruto de una tarea en la que lo obsesivo buscaba su sosiego. Bajo el sello del Círculo de Bellas Artes aparecerían póstumamente (bajo el rótulo de Lámparas) los realizados al tiempo que tomaba forma el prólogo al libro de la filósofa galardonada en 1988 con el Premio Cervantes. En ese mismo catálogo acaban de ver la luz los ensayos que compusieron en enero de 2010 un encuentro sobre su poesía. Las voces inestables. Sobre la poesía de José-Miguel Ullán reúne las reflexiones de estudiosos de su obra como Miguel Casado, Julio Ortega, Eduardo Milán, Olvido García Valdés o Pedro Provencio, entre otros. Reunida en el año 2008 en Ondulaciones (Galaxia Gutenberg), la de Ullán no es nunca una poesía al uso, sino una escritura libérrima que reclama un lector exigente capaz de adentrarse en sus arriesgadas propuestas. No es en absoluto difícil fracasar en una lectura que, como apunta Casado, requiere “suspender los esquemas previos (del mismo modo que él lo hace al escribir), no reconocer ni buscar valores permanentes, códigos de autoridad, conclusiones”. O que le lleva a Antonio Ortega a hablar de la imposibilidad de resumirla o parafrasearla, de identificar su sujeto o establecer su paisaje: “Los poemas existen por sí mismos, inimitables y autónomos en su modo de expresarse y de ser. Su modo de expresión es tan insistentemente metamórfico que los cambios de tono, de registro verbal o sus mudables marcos de referencia van por delante, de tal modo que los versos pueden acabar en lugares completamente distintos de los que creíamos habían partido”.

El Fary versus Aute

Sus poemas, crípticos las más de las veces, se nutren de ironía y ambigüedad. Un decir incierto y una burla sutil que nunca dejaron de estar presentes en aquellos textos periodísticos con los que se reincorporó a la vida cultural española. Bajo la forma de entrevistas, de críticas de conciertos, de artículos de diversa naturaleza, asumió el reto de atender, nada menos que en El País, un género como el de la canción española, que desde Concha Piquer llevaba a El Fary, pasando por Raphael o Manolo Escobar. Espíritu siempre inquieto, gustaba de contraponer, para escándalo de progres de manual, ese ejército lastrado por resabios franquistas con las tropas en las que formaban Serrat, Víctor Manuel, Lluís Llach o Luis Eduardo Aute, su bestia negra, como en poesía lo fue Gimferrer.

En un periódico en cuyas páginas se estaba escribiendo la Transición, Ullán asumió la condición de “aval chispeante de páginas muermeras”, como definiría su quehacer en El País, diario al que volvería en 1994 por espacio de cuatro años con unos artículos semanales a los que el tiempo no había aligerado su espíritu zumbón. Más tarde, en un momento, 1985, en el que  grabarse a tinta dibujos en la piel no era sino el recuerdo de una canción de Rafael de León o el magro patrimonio de gente al margen, estampó en TVE Tatuaje, un programa alérgico al formato fijo en el que podían convivir Octavio Paz y Lina Morgan. Siempre fiel al principio de no apoyarse en plantilla alguna, de no repetir lo ya logrado, puso en marcha en Diario 16 el suplemento ‘Culturas’, que inauguraría María Zambrano un 14 de abril con el recuerdo de la efeméride republicana. A la autora de Hacia un saber sobre el alma o Claros del bosque la había conocido en julio de 1968, cuando él vivía en París y ella, con su hermana Araceli y una treintena de gatos, en el franco-suizo monte Jura, en una casa de campo llamada La Pièce que a la pensadora malagueña le parecía un convento abandonado no exento de gracia. Fallecida en 1991, Zambrano estaría presente en la vida de Ullán hasta esas líneas finales con las que, en el punto más alto del recuerdo y de la cuesta, se cierra un relato prologal que la muerte dejó inconcluso y en las que se adivina reflejada la figura del propio José-Miguel Ullán: “Pero bien sé que ella, obediente al oído y al amor, fue enteramente libre en su singular decir, en el que convivían, hermanados, la compasión, el humor y el enigma, entre otras muchas cosas todavía a la espera de algún nombre. Hablaba para ver por qué. Hasta reconocerse mediadora (“y no digo más”) al sacar la luz y entregarnos ese sonido que sólo en sueños se deja oír”.

Publicado en Escuela nº 3.906 (19 mayo 2011)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s