Un paseo por la feria

Una caseta de la Feria del Libro de Madrid

 

Ferias hay muchas. La del regalo promocional. La del animal de compañía. La de San Isidro. La de Abril. Pero si el calendario señala el mes de junio y el hombre del tiempo anuncia tormentas y chaparrones entonces no cabe equívoco alguno: se trata de la Feria del Libro de Madrid.

A la Feria del Libro de Madrid se va a pasear y a ver escritores. El Paseo de Coches del Retiro es un espacio ganado al tráfico urbano que ha pasado a ser patrimonio de patinadores, familias que empujan carritos de bebés, ciclistas y paseantes con vocación suicida. Cuando asoma junio, los patinadores, las familias con bebés en sus carritos, los ciclistas y los paseantes que tratan de esquivar a patinadores, familias y ciclistas suicidas entregan a regañadientes su territorio a la Feria del Libro. La Feria monta sus tenderetes y exhibe su mercancía, y entonces, entre tormenta y chubasco, esa avenida en medio de un parque se puebla de familias con bebés en sus carritos, de patinadores y de paseantes que entretienen su ocio contemplando escritores a los que atribuyen nombres ajenos y libros que no han escrito. También de ciclistas suicidas para los que las aceras de Madrid, al igual que para los motoristas, son tierra conquistada.

 

 

Se pasea mucho, se ven escritores en sus toriles y en ocasiones se compra algún libro. Lo más probable es que sea uno de esos títulos que se disputan a navajazos el podio de los más vendidos y que nunca faltarán en la sección correspondiente de los hipermercados. Su responsable no andará muy lejos, y la megafonía que repite insistentemente nombres y números de caseta terminará por confirmarlo. Su presencia actúa como un reclamo difícil de esquivar, y el logro de su firma se convertirá de manera súbita en una joya de incalculable valor que no hay que dejar escapar. Sin la ceremonia de la rúbrica la feria sería otra. Ante ella los autores basculan entre el entusiasmo sin límites y el desdén más absoluto. Los novatos oponen pocos reparos cuando su editorial los reclama para ejercer el arte de la dedicatoria. Estar al otro lado del tablero es para ellos un acontecimiento. Un acontecimiento que no saben si se volverá a repetir y que hay que aprovechar. La tarea es llevadera. Al cabo de un rato cederán el sitio a otro después de que dos amigos, tres familiares y un antiguo compañero de colegio comprueben que aquel mindundi de probada inutilidad se ha hecho escritor. Ser escritor, y mejor aún novelista, goza hoy de un prestigio al que no tienen acceso los ingenieros de telecomunicaciones o los millonarios, a menos que también hayan escrito un libro, cosa muy probable. Los veteranos curtidos en el oficio ya no discuten su asistencia, pero los hay que, llegado el momento y mientras esperan a que alguien se acerque hasta ellos, dejan pasar el tiempo sumergidos en la lectura, filosofan con la empleada de la caseta o silban con disimulo. Los que no paran de firmar y ven crecer y multiplicarse la hilera de personas que esperan a compartir con ellos treinta o cuarenta segundos de su vida, que les dirán cuánto los admiran y qué largo se les hará el tiempo que transcurra hasta la publicación del próximo libro, no son tantos. Llaman más la atención aquellos otros que despotrican de la Feria y de la ordinariez de la firma desde lo más alto del escalafón de hoy. Cuando se desdicen y acaban por volver justifican su presencia en una jaima de honor invocando principios salvadores a los que acompaña un retumbar de titulares y timbales. La literatura los ha hecho poderosos, tienen la fuerza suficiente para imponer sus condiciones y ya no recuerdan la emoción de aquel día en que alguien los invitó a situarse con su primer libro al otro lado de aquellas casetas ante las que tantas veces se habrían parado muertos de admiración y envidia.

A veces al paseante, al ciclista ocioso o a las familias con niños a bordo de sus cochecitos suicidas les asalta la sensación de que la Feria del Libro de Madrid es una suma de casetas clónicas que albergan una sucesión de libros clónicos que se repiten una y otra vez. En otras ocasiones gana la posibilidad de toparse con títulos de cuya existencia no se tenía noticia, los mismos que nunca llegarán a los hipermercados ni verán acuchillarse a sus autores por estar en la cumbre de los más vendidos, aunque acaso sí por otros motivos. La feria no esconde su condición de zoco al aire libre y termómetro con el que se compararán las que a partir de estos días se extiendan por todo el país. Cuando la de Madrid cierre, su resultado se medirá por el número de visitantes, ese misterio insondable para los profanos de la estadística y la adivinación, pero sobre todo por sus ventas. Como cualquier otra feria. Como la del regalo promocional o la del animal de compañía. Muchos de esos libros se depositarán para siempre en un hueco de la estantería, pero su compra habrá apuntalado un sector que vive en el espejismo de ser uno de los más potentes en un país en el que los índices de lectura no dejan de ser modestos. El porcentaje de quienes se confiesan lectores frecuentes (43,7%) es casi idéntico al de los que admiten no leer nunca (43%). Solo el de lectores ocasionales logra desequilibrar el fiel de la balanza. Dos de los tres libros más comprados en 2010 tenían sello español: El tiempo entre costuras, de María Dueñas, y Dime quien soy, de Julia Navarro. Ninguna de ellas podía faltar en la Feria del Libro de Madrid. Porque ferias del libro hay muchas, pero tan entreverada de tormentas y chubascos como la de Madrid, ninguna.

Publicado en Escuela nº 3.908 (2 junio 2011)

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