Historias en minutos

Leonard Cohen

Una canción es un minúsculo artefacto narrativo prendido en una voz y en una melodía. Dura apenas nada, pero puede traspasar décadas y generaciones de igual modo que no requerir sino segundos para caer en la indiferencia. Hay canciones que se evaporan de nuestras vidas como gotas de lluvia en días sofocantes y otras que seguirán a nuestro lado inmunes a los años, los contratiempos y el desgaste, y que contendrán la capacidad de conducirnos a un momento del pasado, a un minuto preciso que habrá quedado sujeto con el alfiler de una leve composición musical. Las canciones forman parte de nuestra vida, se enredan en la memoria, quedan atrapadas en las telas de araña de la conciencia, y resulta inútil pretender apartarlas, arrancarlas, olvidarlas. Están al acecho en todas partes. En los paquidérmicos equipos de música que se arrellanan en nuestras casas y en los gráciles dispositivos alojados en un bolsillo de la camisa. En las salas de conciertos y en las zapaterías. En las verbenas veraniegas y en los ordenadores conectados con mundos remotos y extraños. La mayoría se convertirán en olvido apenas las hayamos oído. Otras buscarán una oquedad de la memoria en donde guarecerse cautelosamente, para resurgir en el momento propicio. En sus pocos minutos de vida nos relatarán una historia que necesitaría bastantes metros de película o muchas páginas de una novela para ser contada. Cuando son excepcionales se acercan a la precisión de un poema, pero ni siquiera entonces suelen ser merecedoras del prestigio intocable de la buena poesía, la buena novela, el buen cine. Somos así de mezquinos.

En una antología poética titulada Las vanguardias y la generación del 27 (publicada en 2008), el catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada Andrés Soria Olmedo entrevera cuplés como ‘La violetera’ con capítulos que remiten al ultraísmo o a la joven literatura. O sitúa canciones como ‘Ojos verdes’ tras la poesía de vanguardia, y ‘Tatuaje’ junto a la del exilio y la guerra civil. Más de un lector de cejas altas no habrá pasado por esas páginas sin escándalo, pero cuántos de esos poemas no habrán alcanzado nunca la repercusión de alguna de las letras de Eduardo Montesinos o Rafael de León. Cuántas canciones que nacieron para el consumo inmediato forman parte ya de esa memoria común en la que los nombres de sus autores se borran para que una colectividad las haga suyas. Y cuántas canciones no habrán atraído a sus oyentes hasta el libro del que nacieron. ¿Se devalúa un poema de Idea Vilariño porque lo cante Alfredo Zitarrosa? ¿Pierde valor ‘T’introduire dans mon histoire…’ al pasar de las manos de Jaime Gil de Biedma a la voz de María Dolores Pradera? ¿Cuántos lectores no habrán ganado poetas como Antonio Machado, Miguel Hernández, J. V. Foix, Agustín García Calvo, Rosalía de Castro, Vicent Andrés Estellés o Federico García Lorca al sumársele a su escritura la ligereza graciosa de una melodía?

La fusión de poesía y música

Para disfrutar de ellas no es necesario asomarse al pozo del que manan por igual poemas y canciones. Pero parece que solo haciéndolo se consigue revestirlas de la respetabilidad necesaria para lucir en los salones de la alta literatura. El mismo premio que recibieron autores como José Hierro, Miguel Delibes, Mario Vargas Llosa, Arthur Miller, Claudio Magris o Susan Sontag, el Príncipe de Asturias de las Letras, le ha sido concedido ahora a Leonard Cohen. El jurado ha reconocido en el cantautor canadiense al poeta y al novelista capaz de influir con su obra en tres generaciones de todo el mundo, y ello, según el selecto tribunal, a través de la creación de un “imaginario sentimental en el que la poesía y la música se funden en un valor inalterable”.

Da la sensación, no obstante, de que el mundo cultural le hubiera regateado a Cohen la importancia que no le negaría a cualquier otro ganador. Las páginas de los periódicos también respiran, y a veces dejan traslucir la sorpresa y la quiebra del entusiasmo. Leonard Cohen es autor de un puñado de canciones memorables. Muchas veces se le ha puesto con Bob Dylan -galardonado en 2007 también con un premio Príncipe de Asturias, el de las Artes, y nominado en diversas ocasiones al Nobel de Literatura- como cumbres del género. Pero por mucho que ambos hayan escrito piezas de elevada categoría, que se revistan con las cualidades de la poesía y que den pie a buscarles influencias en autores prestigiosos, la música pop parece seguir siendo objeto de sospecha. Como otros géneros, carece del pedigrí académico proporcionado por una tradición de siglos. Qué importa. Con premios o en ausencia de ellos, con reconocimiento literario o sin él, las canciones, esas piezas frágiles de destino incierto, seguirán haciéndonos disfrutar cuando, en su elaborada sencillez, sean capaces de contener un mundo, de hacernos olvidar otros, de traernos un poco de dicha y abandono. “Cuánta poesía y cuánta música y cuánta experiencia y cuánta fiebre y cuánto dolor y cuánta belleza en dos o tres o cuatro minutos”, dice de las canciones Antonio Muñoz Molina. “Cuántas historias dichas para siempre en unas pocas palabras”.

Publicado en Escuela nº 3.909 (9 junio 2011)

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