La mirada de Robert Mapplethorpe

Para un fotógrafo el autorretrato es siempre una tentación. A Robert Mapplethorpe le gustaba fotografiarse a sí mismo y lo hizo de muchas de las maneras posibles. Vestido con chaqueta de cuero, el cigarrillo en la comisura de la boca y el tupé cayéndole sobre la frente. Con los ojos maquillados y los labios pintados. Apostado con corbata junto a la figura de un diablo. Sosteniendo un bastón coronado por una calavera. Con chaqué y pajarita. Armado con una navaja de largo filo o con una metralleta bajo una estrella invertida de cinco puntas. De chico bueno con reloj en la muñeca. De fauno. Solo. Acompañado. En la Galería Elvira González al visitante lo recibe un autorretrato realizado en 1988, menos de dos años después de saberse enfermo de sida y uno antes de morir a los 43 de edad en Boston. Es una toma frontal, apaisada, de la que queda fuera cualquier otro elemento del rostro que no sean unos ojos, uno en la luz, el otro en la sombra, que interrogan con violencia al espectador con el subrayado de un ceño que se frunce. Los ojos, quizá, de quien aun sabiendo su destino todavía espera escapar a él.


La mirada fotográfica de Mapplethorpe es tan genuina que delata en seguida cualquier imitación. Cuando murió, su obra, tan fácil de identificar, había alcanzado ya esas cotas tan altas de reconocimiento internacional tras las que resulta beneficioso un cierto silencio que permita volver luego a contemplarla de nuevo. En la treintena de imágenes que ha seleccionado Pedro Almodóvar a instancias de la galería madrileña está el núcleo esencial de las obsesiones que Mapplethorpe llevó a la fotografía: retratos, cuerpos desnudos y flores.
Las orquídeas y los tulipanes, las flores innominadas y las aves del paraíso conviven en la sala más reservada. En una fotografía una orquídea ocupa el núcleo de una sucesión de circunferencias. Otra se enmarca en un círculo blanco como una luna en noche cerrada. Flores iluminadas en la combinatoria de luces y sombras que proyecta una ventana, o enmarcadas en un círculo negro que domina la composición. Aves del paraíso con su copete picudo. Tulipanes que apoyan su flacidez en la horquilla de una rama. O que explotan su tonalidad rojiza y su textura de pluma sobre un fondo tierra rojo ocre. Pero unos momentos antes el espectador ha contemplado musculosos cuerpos de negro en el segundo previo al lanzamiento de un disco imaginario. O sosteniendo como Atlas el dintel de lo que podría ser una ventana. Desnudos cuerpos en blanco y negro enmarcados en rectángulos o círculos de los que resalta el vigor de lo atlético. Sexos viriles enhiestos o en reposo que tientan al diablo o que muestran una insólita ternura mientras su dueño acuna a un gatito. Y antes aún ha podido contemplar algún retrato como el de una Lisa Lyon pitonisa de cuyo cuerpo oculto solo escapan unas manos que sujetan una bola de cristal, uno de los muchos que Mapplethorpe le hizo a esa campeona de culturismo a la que fotografiaría disfrazada de novia, de prostituta, de arquera o sentada desnuda mientras sostenía una serpiente pitón.
La madrina del punk
A su amiga Patti Smith, Mapplethorpe también le haría muchos retratos. El que ha seleccionado Almodóvar y en el que la cantante de rock norteamericana aparece acurrucada en posición fetal, desnuda, huesuda y agarrada a un largo radiador de calefacción situado bajo un ventanal es solo una de las muchas fotografías que le tomaría a lo largo de los años. Mapplethorpe fue la primera persona que Pattie Smith conoció al llegar a Nueva York, después de haber abandonado Chicago, sus estudios de Magisterio y a un hijo dado en adopción. En el verano de 1967 Smith no era todavía la madrina del punk, sino más bien una joven desorientada de 20 años que había descubierto el poder revelador del arte, que admiraba a Picasso, se sumergía por igual en el rock and roll y en los libros de Rimbaud, que suspiraba por ser artista, pero que dormía en los vagones de metro que circulaban toda la noche y compartía el pan y el hambre con los vagabundos de los parques antes de encontrar un empleo como cajera en una librería. Mapplethorpe trabajaba de escaparatista en una juguetería y trataba sin éxito de abrirse camino como dibujante y autor de collages en los que no faltaban desnudos que sacaba de revistas masculinas. Se hicieron amantes. Como tenían tan poco dinero no podían pagar dos entradas en un museo, y uno de ellos debía quedarse fuera. “Vivíamos a base de pan duro y latas de estofado de buey. No teníamos dinero para ir a ninguna parte, ni televisor, ni teléfono ni radio. Pero teníamos nuestro tocadiscos y lo preparábamos para que el disco que habíamos elegido sonara mientras dormíamos”, escribe Patti Smith en Éramos unos niños, el libro en el que relata su relación con Mapplethorpe, publicado en castellano no hace mucho.
Antes de convertirse en estrella del rock, Patti Smith tuvo otros trabajos ocasionales, ejerció la crítica musical en revistas, revendió libros, supo viendo a Jim Morrison con The Doors que quería subirse a un escenario a cantar, publicó  sus poemas. Juntos convertirían la troupe bohemia del Chelsea Hotel en su casa, trabarían amistad con los miembros de la Factory de Warhol y con los poetas de la beat generation, vivirían el descubrimiento de la fotografía, el reconocimiento de la homosexualidad de Mapplethorpe y la aparición de un amoroso mecenas, su fama creciente, su separación como amantes y su continuidad como amigos. Pattie Smith, que fue su primera modelo y que siguió posando infinidad de veces para él, fue también un testigo privilegiado de su vida. La última vez que se vieron, él ya muy enfermo, le hizo una señal para que lo ayudara a levantarse y le dijo: “Pattie, me estoy muriendo. Duele muchísimo”. “Estaba sufriendo un tormento físico que ningún hombre debería soportar”, recuerda la cantante. “Me miró con tal aire de disculpa que fue insoportable y me deshice en lágrimas”. Tal vez fuera una mirada no muy diferente a la que ahora nos recibe a la entrada de una galería de arte de Madrid. Una mirada con un pie en la luz y otro en la sombra. Una mirada en blanco y negro. Como tantas de sus fotografías.

Publicado en Escuela, nº  3.910 (16 junio 2011)

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