Cine invisible

Los premios suelen conllevar una dosis de reconocimiento y promoción que acostumbran a ser  más elevados cuanto mayor es el prestigio del galardón, el del jurado que lo otorga y el medio en el que acontece. Si el escenario es Cannes, viene avalado por los críticos internacionales y el premio se enmarca en la Quincena de Realizadores del Festival, las posibilidades de que su director abandone el anonimato para situarse bajo el foco de los medios de comunicación se multiplican de manera exponencial. Un filme reconocido en un certamen tan selecto como el de la ciudad de la Costa Azul, aunque no sea en su sección oficial, parece lógico que tenga ya el camino más que allanado para llegar sin dificultades a las salas de proyección y a los espectadores.


Craso error. A una película de un joven director nacido en París hijo de emigrantes españoles, titulada en gallego, rodada en Marruecos y financiada por una productora española que se quiere comprometida con el propio cine, le vale de poco el haber recibido un premio en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes. En una ciudad como Madrid, una cinta como Todos vós sodes capitáns no ha encontrado más hueco que el de una sala que no existe salvo para los más avezados y que escapa de las rutas prefiguradas tanto por las pantallas sujetas sin miramientos a la tiranía de las mayorías como por las que alardean de públicos exquisitos. Me atrae lo que leo de la película de Oliver Laxe, un cineasta de 29 años, que tenía seis cuando regresó con su familia a A Coruña, que estudió cine en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y en Londres y que desde 2006 vive en Tanger, en donde enseñaba cine en una asociación de acogida de menores. Leo que Todos vós sodes capitáns se rodó con la cámara de 16 mm con la que se registraban los viajes del anterior rey de Marruecos y que la película se revelaba a mano en tanques de fabricación soviética, pero sobre todo que nació de una necesidad por volver a la infancia. Leo declaraciones de Laxe en las que habla de la inocencia, la curiosidad y la crueldad de los primeros años y de la importancia de filmar sin que lo narrativo ni lo discursivo impongan sus obligaciones. Leo que el joven cineasta buscaba con su cinta mirar las cosas como se ven por primera vez y que su viaje a Marruecos obedeció al propósito de reeducar su mirada. Leo que quería huir de cualquier sospecha de humanismo paternalista y que su compromiso con los niños y consigo mismo era el de “trascender cierto lamento, cierto desasosiego con el que a veces interpretamos los obstáculos que nos depara la vida”.
Decido dejar de leer sobre la película. Quiero verla. Busco un día para hacerlo, pero la víspera ya sé que no será posible. La sala que durante apenas dos semanas la ha proyectado la ha retirado ya de la cartelera. Ninguna otra se ha atrevido a tomar el relevo. No está disponible en DVD. No se puede ver por Internet, ni en ninguna televisión. Ni siquiera habrá una copia que rehúya lo legal. Nada. No existe. Probablemente sea la única película condenada a día de hoy a la invisibilidad.
Pantalla grande

Es posible que el resto de la historia del cine esté disponible en añosas copias de vídeo, en vetustos DVD, en relucientes Blue-ray, que se emita con respeto o sin él en las televisiones o que se pueda contemplar en la pantalla de un ordenador. Lo que es casi imposible es que una película que ha abandonado las salas de proyecciones vuelva a ellas. Nos hemos acostumbrado a ver en cualquiera de esos soportes los filmes que entraron por derecho propio en la historia del género. Los hemos disfrutado en el tiempo distraído de un viaje o en la comodidad del cuarto de estar, que lo mismo permite detener el tiempo de lo narrado que tener un recuerdo hacia los antepasados de quien decidió un corte o una hora intempestiva para su programación. Casi tan difícil como ver en una sala de cine una película como Todos vós sodes capitáns resulta asistir a la proyección en una pantalla grande de aquellas películas sin las cuales la historia del cine sería otra. Pocas veces escapa alguna ellas de las catacumbas de la cinefilia y las filmotecas y se hace fuerte en una sala comercial. Son ocasiones contadas. Ahora un cine con nombre de compositor italiano de ópera ha programado en Madrid y Barcelona un ciclo en el que pueden verse en alta definición títulos como El gatopardo, Los 400 golpes, To be or not to be, Tiempos modernos, Érase una vez en América o Fanny y Alexander, entre otros. La serie la ha inaugurado El padrino, y las interpretaciones de Marlon Brando y Al Pacino le vuelven a atar al espectador a la butaca tanto como las balas anudan a la muerte a muchos de sus mafiosos personajes. Múltiples dispositivos domésticos nos acercan el cine de calidad. Aunque los 177 minutos de una película como la de Francis Ford Coppola pueden hacer añorar la comodidad del sofá de casa, las oportunidades de ver en un cine a Don Vito Corleone haciendo a su interlocutor una oferta que no podrá rechazar no son muchas. Y, aunque no hay riesgo de que El padrino y sus tres Oscar se disuelvan en la invisibilidad, hay que aprovechar la ocasión. Los grandes del cine vuelven a casa. Bienvenidos.

Publicado en Escuela, nº 3.911 (23 junio 2011)

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