Mucho más que un diccionario

Qué audacia la de ponerse a escribir un diccionario. Qué arrojo el de coger con una pinza de entomólogo cada una de las palabras de la lengua castellana, analizarlas pormenorizadamente, procurarles una definición precisa y hacerles partícipe de sus respectivas familias. María Moliner contaba 52 años, tenía un marido que durante la semana impartía clases en la Universidad de Salamanca, cuatro hijos crecidos y un puesto como funcionaria en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid cuando un día de febrero de 1952 escribió sobre una cuartilla el esquema de un diccionario que no existía y que a ella le gustaría hacer. Su hijo mayor le había traído de París el Learner´s Dictionary. En ese tomo para estudiantes de inglés creyó encontrar en un primer momento algo parecido a lo que ella pretendía y que calculaba que le llevaría tal vez un año de trabajo, dos como mucho. En sus manos exigentes la tarea alcanzaría un grado tal de ambición intelectual que se prolongaría durante un tiempo muchísimo más largo. “La materia fue creciendo y creciendo en mis manos y los dos años se estiraron hasta quince; empecé joven, y con hijos poco más que niños, y lo acabé cargada de nietos”, declaró una vez.

 Ese diccionario, “más que un mundo de palabras, es una interpretación del mundo a través del idioma”, escribe Inmaculada de la Fuente, para quien Moliner en ese momento preciso “tiene una teoría que necesita ser expresada, una concepción de la gramática que desea compartir”. Periodista durante muchos años en El País, De la Fuente es autora de una serie de libros sobre nuestro más reciente y doloroso pasado. En Mujeres de la posguerra se acercó a figuras como Carmen Laforet, Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, María Zambrano o Mercé Rodoreda, entre otras, y en La roja y la falangista ahondó en los mundos contrapuestos de dos hermanas, Constancia y Marichu de la Mora, nietas de Antonio Maura, que encarnaron los dos extremos entre los que se debatió nuestro país en los años 30, el comunismo y el fascismo. Ahora ha rastreado en la biografía de quien para muchos no era más que el nombre de un diccionario singular y ha volcado su investigación en el libro El exilio interior. La vida de María Moliner (Turner).
No resulta difícil hacerse la pregunta que se formula a mitad del volumen Inmaculada de la Fuente: “¿Por qué alguien que acaba de atravesar la frontera de los cincuenta se embarca en una aventura intelectual tan colosal?”. Es una obra que nace del aislamiento, nos dice la autora, de la represión y la negación de lo que Moliner había sido. “Una obra que surge en medio de la dictadura y de la mediocre vida intelectual de la década de 1950”. Pero, sobre todo, aventura la escritora, es el resorte de una resurrección. La manera de volver a ser ella.
La Institución Libre de Enseñanza
Cuando María Moliner tomó la decisión de acometer ese esfuerzo ingente hacía seis años que había vuelto a Madrid. Nacida en Paniza (Zaragoza) en 1900, la lexicógrafa había estudiado en la capital de España y en Zaragoza, donde se licenció en Historia. Al poco de concluir sus estudios aprobó las oposiciones al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos y fue destinada al Archivo de Simancas (Valladolid), desde donde se trasladaría posteriormente a Murcia, primero, y a Valencia, después. En Murcia había conocido a quien sería su marido, Fernando Ramón Ferrando, profesor de Física en esa universidad. María Moliner había tenido una formación no muy alejada de los preceptos sobre los que se sustentaba la Institución Libre de Enseñanza y en la Valencia de comienzos de los años 30 promovió junto a su marido y otros matrimonios amigos un centro educativo –la Escuela Cossío- que participaba de ese espíritu y que llevó a las aulas las nuevas corrientes pedagógicas. Con la proclamación de la II República, formó parte en seguida de la delegación valenciana de Misiones Pedagógicas, el proyecto con el que el nuevo Gobierno pretendía llevar hasta las zonas rurales más aisladas “las ventajas y los goces reservados hoy a los centros urbanos”. Al margen de su trabajo en el Archivo de Hacienda, Moliner se volcó en la tarea de difundir los libros y la cultura. Bajo su dirección, en 1935 había articulado 105 bibliotecas rurales valencianas de Misiones Pedagógicas. Participó en comités y congresos internacionales de bibliotecas y en septiembre de 1936 fue nombrada jefe de la Biblioteca Universitaria de Valencia. Cuando la ciudad del Turia se convirtió en la capital de la República, se puso en manos de Moliner la Oficina de Adquisición de Libros y Cambio Internacional, encargada de la compra y el intercambio de ejemplares. Para entonces se había convertido en una figura de gran prestigio en el ámbito bibliotecario, pero todo cambiaría con la victoria franquista, cuando tanto ella como su marido sufrirían la persecución de las nuevas autoridades, que trataron de eliminar con saña y terror todo aquello que recordara la inteligencia, la cultura y el pensamiento. Los dos tuvieron que hacer frente a pliegos de descargo y a expedientes de depuración. A su marido se le apartó temporalmente de la docencia, pero en el curso 1943-44 se le permitió reintegrarse a la Universidad de Murcia. María Moliner fue castigada a postergación durante tres años  e inhabilitación para el desempeño de puestos de mando y confianza, lo que a la postre supuso alejarla del ámbito bibliotecario para recluirla en el Archivo de Hacienda de Valencia. En algún momento el matrimonio se planteó salir de España, como muchos de sus conocidos que no habían sido asesinados, pero ambos optaron por esa otra forma de reclusión que fue el exilio interior.
En septiembre de 1946 María Moliner tomó posesión de su nuevo destino en Madrid y poco después se embarcaría en la tarea de su vida, el Diccionario de uso del español, cuya novedad radicaba en combinar el orden alfabético con el de familias de la misma raíz. Aquel esfuerzo fructificaría en la publicación en 1966 del primero de los dos gruesos volúmenes y poco después del segundo. Moliner debió sentirse entonces plenamente satisfecha y vivir, como dice su biógrafa, su propia resurrección intelectual. Pero, aunque buena parte del mundo de la cultura apreciaría las bondades de ese diccionario, la Real Academia Española le cerró las puertas cuando en 1972 se presentó su candidatura de ingreso. La RAE volvió a hacer gala de esa misoginia que cuarenta años después todavía no ha logrado quitarse del todo de encima, y María Moliner empezó poco después a perder la lucidez y a adentrarse en el pozo del olvido, hasta su muerte en 1985. Su trabajo no cayó en saco roto, pero los mundos editoriales hicieron nuevas ediciones que modificaron la primigenia y que alguno de sus herederos ha repudiado. Sea como fuere, ese diccionario del que tanto se han beneficiado los escritores, seguirá siendo, como escribió hace muchos años Gabriel García Márquez, el “más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”.

Publicado en Escuela, nº 3.912 (30 junio 2011)

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