El arte inacabado

Acaso sea la última la pincelada más difícil de aplicar. Con el cuadro ya en todo su esplendor, el ojo experto del artista aún reclama la necesidad de que el pincel deje una vez más su rastro sobre el lienzo. El trazo con el que un pintor da por acabada su obra tal vez no sume más a lo ya logrado, pero quizá sea todavía capaz de restar. En la búsqueda de una perfección inalcanzable puede avistarse la locura. En medio del éxtasis del viejo Frenhofer a cuya casa acuden para contemplar su anunciada obra de arte, sus dos amigos solo alcanzan a ver una suma caótica de colores y tonos, una “niebla sin forma”, de la que apenas escapa en una esquina del lienzo la representación sublime de un pie, un pie que parece vivo. “Se quedaron petrificados ante ese fragmento escapado de una increíble, una lenta y progresiva destrucción”, escribe Balzac en su relato La obra maestra desconocida, recientemente publicada por Javier Marías en su Reino de Redonda. Balzac añade: “Ese pie aparecía ahí como el torso de alguna Venus de mármol de Paros que surgiera entre los escombros de una ciudad incendiada”.


En la exposición de Antonio López alojada en el Museo Thyssen-Bornemisza, al visitante le asalta en numerosas ocasiones la idea de inconclusión de la obra. Lo mismo pueden ser los comestibles apenas esbozados que alberga un frigorífico, como los detalles de un paisaje abandonado a falta de unas pocas pinceladas. Esa imperfección no resta ni un ápice a la grandiosidad de la pieza. López es un artista singular. En un siglo que se esforzó por rehuir todo atisbo de figuración, él no ha abandonado jamás el realismo. Mientras algunos de sus compañeros se adentraban en los meandros del expresionismo, él se desembarazaba de pequeños gestos surrealistas que tal vez no fueran más que una mínima cesión a la presión de la época. En el Thyssen pueden encontrarse varias huellas de ese lastre, arrojado por fortuna a tiempo.
Casitas
Si no por otras cosas, Antonio López quedará como el pintor de una gran urbe llamada Madrid. Esos fascinantes paisajes que son en sí mismos un desafío. Un desafío para el propio pintor y un desafío para el espectador, al que se le hace inimaginable la titánica proeza de concebir y llevar al éxito la visión de una ciudad tan reñida a menudo con la belleza. A finales de los años 50 López imaginó el primero de esos paisajes que en los últimos tiempos nos hemos acostumbrado a ver en las portadas de las reediciones de Juan García Hortelano. Desde ese modesto rascacielos con el que arranca la Avenida de América, Antonio López dio comienzo a  una de esas prodigiosas vistas urbanas de Madrid. Al ir viendo cómo aquel empeño descabellado dejaba atrás la nebulosa de las quimeras para ir adquiriendo forma, un amigo le reconvino: “Pero, hombre, Antonio, este trabajo que te estás tomando de hacer todas estas casitas… ¿Por qué no haces otra cosa?”. En lo que hoy se antoja como una concesión a la moda, a la modernidad de entonces, Antonio López le formuló su propósito de pintar un perro en el horizonte. El artista, según ha contado, pensó: “Pongo un perro en el horizonte y ya todo se transforma, ya no es una copia de la realidad”. Buscando zafarse de algunas acusaciones, se adentraba en terrenos cercanos al surrealismo, desde los que defenderse mejor. Cuando ya había pintado los cielos y los humos de Madrid, se dio cuenta de que ese perro que él había imaginado estaba de más. El cuadro se defendía solo, sin la necesidad de esos postizos caninos, y hoy no podemos sino alegrarnos de que tras esa última pincelada no vinieran más, ninguna otra que restara a lo que ya había logrado.
Pero con Antonio López nadie puede estar tranquilo. Además de que las fechas de inicio y término de una obra suya se repelan hasta límites inconcebibles, a veces cae en la tentación de retocar al cabo del tiempo alguno de sus lienzos. Más de una vez aparece en las cartelas del museo el extemporáneo repintado de un cuadro. Tras los años que marcan el comienzo y el final, se añade otro dato: intervenido en… Hay pintores, cineastas y escritores que nunca vuelven sobre una obra suya que ya es de dominio público, y existen otros que no tienen inconveniente en aplicar el cedazo, pasado el tiempo, y someter sus piezas a correcciones de mayor o menor calado en busca de una versión definitiva. Sin duda, López es uno de estos. No es improbable que, al reencontrarse con una obra antigua, considere imprescindibles unos retoques que solo él puede adivinar. Cuentan las crónicas que unos días antes de la inauguración de esta muestra aún se llevó de vuelta a casa un par de cuadros a fin de darles unas pinceladas que nadie más que él sería capaz de detectar.
A Antonio López no le gustan las exposiciones de su obra. Desde la última que pudo verse en Madrid han pasado 17 años. A uno de sus selectos coleccionistas tampoco le agrada que se organicen muestras del pintor. Se niega a prestar las piezas que de él posee. Quizá no sea tan solo una prueba de egoísmo. Tal vez impida con ello que el artista caiga en la tentación de añadir unas pocas más a la última pincelada, y que, en pos de la perfección, ese cuadro solo al alcance de su vista se convierta a la vuelta en otro. Quién sabe si en algo parecido a los restos de una Venus de mármol que surgiera de los escombros de un Madrid incendiado.

Publicado en Escuela nº 3.913 (8 septiembre 2011)

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