Enemigos íntimos

 

Como la vida misma, la literaria ha estado siempre llena de malentendidos, burlas, envidias, ofensas, enemistades y venganzas. No es cosa de ahora. Cervantes y Lope de Vega se las tuvieron tiesas. Lo mismo que Góngora y Quevedo, y tantos otros antes y después que ellos. La literatura contemporánea tampoco escapa a este pugilato verbal. Lo saben bien, sin necesidad de irse muy lejos, los lectores de Juan Marsé y Baltasar Porcel, o los de Andrés Trapiello y Javier Marías. No había entrevista en la que Marsé no arremetiera contra Porcel, ni ocasión en la que el escritor mallorquín, que falleció en 2009, no castigase con sus puyas al autor de Últimas tardes con Teresa. Trapiello y Marías tampoco pierden ocasión de lanzarse de vez en cuando dentelladas a través de artículos y libros, de manera que nunca se sabe a ciencia cierta quién protagoniza la avanzadilla o quién responde a una humillación previa. Felizmente, los anales judiciales no han dado cuenta de que tales disputas hayan sobrepasado los confines del papel impreso, ni de que constituyan poco más que el nutriente de un morbo que saben reconocer los atentos lectores de uno y otro, que en no pocas ocasiones lo son de los dos.


Hay también amistades que fueron íntimas durante mucho tiempo y que se esfumaron de la noche a la mañana por cuestiones que poco tenían que ver con la literatura. El 12 de febrero de 1976 acabó en México de manera violenta la que unía a García Márquez y a Vargas Llosa, dando inicio así a una leyenda que solo se esclarecería del todo treinta años después. Amigos desde 1966, V. S. Naipaul, Premio Nobel de Literatura en 2001, y Paul Theroux rompieron su afecto mutuo un día de hace 15 años por causas que también podrían ser el arranque de otro relato de interés. Después de muchos años de procurar evitarse, el pasado mes de mayo los dos escritores terminaron por coincidir en el festival de literatura que se celebra en Hay-on-Wye, el pueblo galés dedicado a los libros. “Te he echado de menos”, le dijo Theroux, de 70 años, que en 1988 había volcado la bilis de su enemistad en un libro. Con el escritor Ian McEwan de testigo, Naipaul, de 79, le respondió: “Yo también”.
Soria
Durante años Fernando Sánchez Dragó y Javier Marías han intercambiado estridentes reproches que parecían guardar relación con sus personales gustos literarios y sus antagónicos estilos de escritura. En las entrevistas a uno los periodistas dejaban caer el nombre del otro en busca de la carnaza suficiente con que alimentar la tensión. Esa rivalidad tuvo un punto de inflexión el pasado día 4. Sánchez Dragó publicó un artículo en el diario El Mundo en el que le ofrecía la mano tendida a Javier Marías. El texto era la respuesta a la pregunta con la que se iniciaba: “¿Cuándo y por qué nos enfadamos Javier Marías y yo?”.
Fernando Sánchez Dragó había tenido buena relación con el padre del autor de Corazón tan blanco, el filósofo Julián Marías. Lo había conocido en una ciudad común a ambos, Soria, donde también lo vería por última vez. Aconsejado por su maestro Ortega, Julián Marías había llegado a esta ciudad castellana en 1946 para pasar los meses de verano lejos del calor de Madrid. Cuando la descendencia aumentó, los modestos hoteles en los que se alojaba la familia Marías dieron paso diez años después a un piso alquilado en la calle principal de la ciudad. A no más de cien metros, un joven llamado Fernando Sánchez Dragó pasaba largas estancias en la casa de su padrastro, un funcionario soriano del Ministerio de Hacienda que trabajaba en Madrid. En su artículo Dragó cuenta que mientras escribía Gárgoris y Habidis el tercero de los hijos de don Julián, Javier, se acercaba a veces hasta su casa soriana, en la calle de El Collado, para departir un rato. Un contrariado intercambio de pareceres en 1998 en el transcurso de una feria literaria en México marcó el inicio de esa ruptura. Poco después, y con la idea de pasar temporadas, Javier Marías volvió a Soria y terminó alquilando una casa que había formado parte de su infancia. A su vez, Sánchez Dragó dejó la pequeña ciudad para levantar su reducto a 24 kilómetros, en un pueblo, Castilfrío de la Sierra, casi sin más habitantes que él mismo y su séquito.
En este tiempo los dos han venido intercambiando andanadas desde sus respectivas tribunas de papel, pero hace no mucho el autor de Discurso numantino dejó caer su intención de reconciliarse con sus enemigos antes de que fuese tarde. El último del que dice tener constancia es precisamente Javier Marías, a quien al menos literariamente parece haberse acercado tras la lectura reciente de algunos de sus libros, los artículos biográficos de Aquella mitad de mi tiempo o su última novela, Los enamoramientos. Sánchez Dragó confiesa haber sentido con ellos el placer de la lectura, la gratitud de tener a su alcance la sabiduría de la rectificación y el alivio de poder, tal vez, reconciliarse con su último enemigo “sin necesidad de fingir o mentir ni de morirme”. En una iniciativa de la que no se conocen muchos ejemplos en la vida literaria española, Dragó tiende su mano y le ofrece Soria como escenario de la reconciliación: la casa de Javier Marías en el paseo de El Espolón, la suya en Castilfrío o la terraza del parque de la Dehesa donde conoció a Julián Marías. Dragó ha buscado incluso hasta un amigo común para que ejerza de padrino. Una figura importante que, si falla la reconciliación, siempre puede arbitrar un duelo a la vieja usanza.

Publicado en Escuela nº 3.914 (15 septiembre 2011)

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