Lugares de peregrinación

 

Bien mirado, la literatura tiene algo de religión. Algunos sienten su llamada divina hasta hacer de ella un refugio espiritual en el que depositan todas sus esperanzas, las de esta vida terrena y las de esa inmortalidad que les hará perdurar en la memoria de la gente encarnados en los manuales escolares y en las lecturas obligatorias. Como la religión, la literatura cuenta con sus santos y sus patronos, sus beatas y un sinfín de leyendas con las que adornar una vida de escritor. Tiene sus efemérides y sus conmemoraciones, sus sectas y capillas, sus órdenes encargadas del culto y el mantenimiento del buen nombre, su cielo y su infierno, y ese purgatorio que todos los escritores, por grandes que sean, terminan conociendo al poco de que su faz se borre de la tierra. Tampoco faltan los lugares de peregrinación.


Antes que nada, los lugares a los que es imprescindible peregrinar tras las huellas de un escritor son sus libros. Esos artefactos que son el depósito de su imaginación y de su sensibilidad, de sus ensueños y su capacidad de sentir, contar y pensar, y que el autor ha puesto al alcance de quien quiera abrirlos y leerlos. No obstante, la admiración o la alta estima no se conforman fácilmente con ese fruto. El devoto siempre quiere algo más. Tal vez un objeto que a modo de reliquia lo acerque a la fugaz corporeidad de su ídolo. O acaso un lugar físico que poder tocar movido por su veneración. La periodista y escritora Ángeles Caso ha viajado hasta las Casas-Museo que recuerdan a siete de los escritores españoles que más admira, y el resultado de ello ha quedado plasmado en un libro que lleva por título Las casas de los poetas muertos,  con el que obtuvo el VI Premio Llanes de Viajes (Imagine Ediciones).
Caso acudió a Gijón, Padrón, La Coruña, Segovia, Granada, Alcalá de Henares o Madrid en busca de las huellas de Melchor Gaspar de Jovellanos, Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán, Antonio Machado, Federico García Lorca, Miguel de Cervantes o Félix Lope de Vega, y en esos espacios que ellos una vez habitaron Ángeles Caso gustó de imaginar la presencia de sus fantasmas rondando la noche. El libro es un recorrido por los edificios que mantienen la memoria de estos escritores: lugares en los que nacieron, viviendas en las que se alojaron algunos años o paredes entre las que transcurrió una buena parte de su existencia. Pero el libro no es un catálogo de esas moradas, sino sobre todo un ameno repaso a las biografías de estos autores, ninguno de los cuales, nos recuerda la novelista asturiana, tuvo una existencia fácil o serena.
Contradicciones
Lope de Vega conoció como pocos el éxito. Poeta, novelista, dramaturgo, a los 25 años fue castigado con ocho de destierro por los poemas de contenido injurioso que dedicó a un antiguo amor. Fue también militar y confidente y secretario de algún noble. Tras la muerte de su segunda esposa se ordenó sacerdote, lo que no le impidió vivir la contradicción entre su fe religiosa y las numerosas amantes con las que compartió goce antes y después de vestir la casulla. Su vida, sus padecimientos, sus rivalidades y sus amoríos se desgranan esta mañana de domingo de finales de septiembre en el mismo lugar en donde se levantó la vivienda que habitó durante sus últimos 25 años de vida. Esta casa de tres plantas situada en la que entonces era la calle de los Francos y que hoy lleva el nombre de uno de sus más acérrimos enemigos, Cervantes, bien podría pasar por aquella que compró en 1610 a la vuelta de ese destierro que lo tuvo por Valencia, Toledo y Alba de Tormes. La vivienda había sido construida en 1580 en lo que entonces eran las afueras de una ciudad que ya era capital desde 1561. Lope pagó por ella nueve mil reales de plata, una fortuna solo al alcance de un afamado autor de comedias como él, y un lujo que escritores como Cervantes nunca pudieron permitirse. A su muerte la casa fue a parar a manos de la única hija superviviente de su matrimonio, pero el hijo de esta acabó vendiéndola. Sobre el edificio pasaron los siglos con su capacidad devastadora, hasta que la Real Academia Española la adquirió en 1929 para rehabilitarla y convertirla en un museo dedicado al Fénix de los Ingenios. Las obras de reconstrucción, que contaron con el saber de historiadores y especialistas en el autor de El perro del hortelano o El caballero de Olmedo, se iniciaron en 1933. El resultado de aquel esfuerzo es una vivienda que recrea, gracias a textos del propio dramaturgo y a otros documentos de la época, la que pudo ser su casa, y que se inauguró en 1935, al conmemorarse los trescientos años de su muerte. Su interior se ha decorado con piezas de aquel momento, donadas por museos, bibliotecas, fundaciones u órdenes religiosas. Cada media hora un grupo de diez personas recorre sus estancias, incluido ese hermoso patio atrincherado hoy entre edificaciones, y puede familiarizarse con las costumbres del Siglo de Oro y con la vida de Lope de Vega.
La obra de Lope está viva. Sus comedias siguen subiendo a los escenarios especializados en el teatro clásico y figuran entre las lecturas obligatorias de los estudiantes de ahora. Esa inmortalidad a la que aspira cualquier escritor la tiene hoy más que garantizada. Él, que fue religioso, mantiene una legión de fieles que lo estudian y lo veneran, que conmemoran sus hallazgos y efemérides y mantienen viva su memoria. Cervantes, que en el transcurrir de los siglos se tomó la revancha y le aventajó en fama, perdió su particular batalla de Madrid. A escasos cincuenta metros de la de Lope, la casa que hoy ocupa el solar sobre el que se levantó la de Cervantes apenas luce un par de placas que recuerdan al más célebre escritor español de todos los tiempos. Para palpar el mundo de don Miguel, sus fieles venidos desde todos los rincones del mundo, han de dejar la capital y proseguir camino hasta Alcalá de Henares, su ciudad natal, o bien adentrarse en los paisajes de La Mancha. Es probable que el viaje valga el esfuerzo, pero seguro que no tanto como abrir El Quijote por una cualquiera de sus páginas y convertirlo en destino de nuestra peregrinación.

Publicado en Escuela nº 3.916 (29 septiembre 2011)

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