Pepitas de oro

Para hacerse escritor, decía Pío Baroja, había que irse a Madrid y ponerse a la cola. Eran los suyos, sin duda, otros tiempos. La influencia en las letras se dilucidaba entonces en los círculos concéntricos formados en torno a la Puerta del Sol: sus tertulias, sus editoriales, sus periódicos. Hoy, después de que el poder literario se haya fragmentado en reinos de taifas y deshecho más tarde en polvo ciberespacial, Madrid ha dejado de ser el lugar de destino para quien todavía se anima a probar suerte juntando letras. Aunque don Pío aconsejaba el viaje, en alguna novela de nocturno título dejó plasmada su impresión de que, para ser escritor, lo que de verdad resultaba imprescindible era tener algo que decir. Manuel Jabois, que no ha sentido la necesidad de guardar cola en los cenáculos literarios madrileños, tiene mucho que contar, aunque para que algunos nos enterásemos haya sido necesario que recopilara setenta u ochenta artículos periodísticos y los empaquetara en forma de libro. Desde que con veinte años recibiera de manos de su abuelo una corresponsalía de pueblo como otros heredan en vida una fábrica textil, un piso o una farmacia, Jabois ha debido oír muchas veces el consejo barojiano que invitaba a llegarse hasta la capital si uno quería hacer algo en esto de la escritura. Él mismo lo cuenta en el artículo que da nombre al volumen, Irse a Madrid y otras columnas, en el que hace gala del mismo estilo desinhibido y divertido, a ratos hilarante, con el que sazona el resto de los textos. Es cierto que estos ya no son tiempos barojianos –aunque nos esforzamos denodadamente por volver  a ellos-, y que tampoco Madrid es ya lo que era, pero a los medios de la capital aún les queda un resto de orgullo a la hora de investir purpurados. Uno de los grandes acaba de hacerle hueco en su edición digital, sin necesidad de que venga a pedir vez.


El libro de Manuel Jabois lleva el sello de una diminuta editorial de modesto nombre, Pepitas de calabaza, que atiende no en una moderna sede de Madrid o Barcelona, sino al pie de un apartado de correos de Logroño. Aunque su lema oscila entre la ausencia de vanidad y lo depresivo –“Una editorial con menos proyección que un cinexin”- lo mejor es no hacerle mucho caso y empezar a pensar en una pose. Apenas concluyo el volumen de Jabois, me topo con el catálogo de la editorial y encuentro en él otro nombre que pronto se me hará familiar. Si el libro de Jabois necesitaba de once líneas para decirnos que su autor publicó esos artículos entre los años 2009 y 2011 en periódicos gallegos como Diario de Pontevedra o El Progreso, o que en 2003 ganó el Premio Nacional de Periodismo Julio Camba, el de Iñaki Uriarte solo precisa de cuatro de generosa tipografía para ponernos al tanto de que nació en Nueva York en 1946, es de San Sebastián y vive en Bilbao.

Uriarte ha recogido anotaciones de su diario escritas a lo largo de cinco años, entre 1999 y 2003, y a pesar de ello el libro no llega a las 200 páginas. A medida que se adentra uno en su lectura empieza a dibujarse un cierto perfil del autor: un crítico literario que alardea de no haber trabajado en su vida más que una semana y de vivir de la pequeña renta de un piso heredado; un lector devoto de Montaigne, Borges y Ferlosio que tuvo sus más y sus menos con el Tribunal de Orden Público y que pasó cuatro meses en las cárceles del último franquismo; un vasco culto que veranea en Benidorm mejor que en ningún otro sitio y que, al terminar de releer Hamlet, declara sin complejos no entender la importancia que se le concede a esta obra shakespeariana, o, en fin, un lector de Gil de Biedma que no le hace ascos a los bestsellers y que al reconocer a Julio Cortázar en un semáforo de París solo acierta a pedirle el teléfono perdido de un amigo común, José-Miguel Ullán.
Uriarte equipara estos apuntes a “esos trenes eléctricos que algunos adultos instalan en una habitación entera”, y confiesa que al releerlos le parecen juveniles, propios de “alguien  con una mente sin cuajar, desordenada, inmadura, de alguien de quien me reiré con benevolencia en el futuro, cuando me haga mayor”. Se nutren estas páginas de lecturas diversas, de amigos –escritores a veces y en ocasiones bajo la sombra de sus guardaespaldas-, de gatos, de aforismos y reflexiones surgidas de la vida cotidiana, viajes, artículos escritos para el periódico,  recuerdos, de todo aquello, en suma, que alimenta a otros libros diarísticos, con los que comparte esa “tendencia incorregible a la melancolía, que habría que intentar disimular”.
Por más que su repercusión sea ya notable, el libro de Manuel Jabois hace apenas unos meses que está al alcance de los lectores. El de Iñaki Uriarte lleva año y medio en la calle y su éxito se traduce en las dos ediciones que ya ha tenido. Cuando tardíamente descubro la existencia de estos Diarios, me llega la noticia de la aparición de un segundo volumen que abarca los años comprendidos entre 2004 y 2007. Para hacerse escritor, Uriarte tampoco se ha visto obligado a venir a Madrid y guardar su turno. Como a Jabois, le ha bastado con tener en las manos una pepita de oro disfrazada de calabaza, y algo que decir. Como en los tiempos de Baroja, y como en cualquier otro tiempo.

Publicado en Escuela nº 3.917 (6 octubre 2011)

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