Premios para casi todos

Todo premio es una distinción. De entre un número amplio de candidatos uno se convierte en el elegido y el resto queda en los márgenes. De los premios, la sociedad contemporánea ha hecho toda una industria. Los hay de todos los tipos y se extienden por todas las actividades a las que alcanza el género humano. El mundo de la cultura es uno de los más sensibles al reconocimiento, y sin duda uno de los más necesitados de ello. En estos galardones se ve, primero, la manera de probarse, de darse a conocer, de abrirse camino. Más tarde, constituyen una forma de reválida, de confirmación, de espaldarazo, para, al final, interpretarse como la prueba del verdadero reconocimiento, la muestra de la gratitud absoluta, la deuda (saldada o no) de la sociedad para con los méritos y el esfuerzo de uno.


Quizá más que en ningún otro ámbito, en el de las letras los premios florecen con prodigalidad. (Al menos hasta ahora, cuando arrancan ya tiempos menos dadivosos). Una guía dedicada a recopilar los premios y concursos literarios que se convocan en nuestro país reseña más de 1.700, que son clasificados rigurosamente por géneros y temas. Y también, detalle nada baladí, por su dotación económica. No hay villa ni pueblo, por modesto que sea, que no cuente con uno, ni tertulia, asociación, fundación, diputación, consejería o ministerio de cultura que no tenga el suyo. En una de las muchas webs dedicadas a recopilar datos sobre estos concursos se pueden repasar las últimas referencias. Ahí se encuentra uno con el Premio Gandalf para relatos coherentemente ambientados en la Tierra Media o en cualquiera de los universos creados por Tolkien (150 euros). Con el premio Stonewall de temática lesbiana, gay, transexual o bisexual (2.000 euros). Con un concurso de microrrelatos sobre el mundo de la minería (800 euros). O con otro también de narraciones reducidas a su mínima expresión, sin obligación de tema, pero cuyo primer premio es un ejemplar dedicado de El Señor del Carpio, de Javier González Zaldumbide, un galardón que probablemente sea muy codiciado, por más que de su autor uno, en su oceánica ignorancia, nada conociera hasta saber, hace unos minutos, que nació en Madrid en 1947, cursó estudios de Ingeniería, es funcionario de la Administración central y ha sido siempre un lector apasionado de la historia y en especial de la historia medieval española. Si esos certámenes no se ajustan a nuestros gustos literarios o preferencias sexuales también podríamos elegir entre el Opticks Plumier de Relato Corto (300 euros de dotación), el III concurso de relato corto y poesía sobre Inmigración, Interculturalidad y Convivencia (600 euros), el Paperblancks de relato breve con el azar como temática (1.000 euros) o, ya puestos, el IX certamen literario Sancho Panza (verso y prosa), que obliga a exaltar las formas populares de expresión habituales en el pasado en los pueblos manchegos (1.500 euros). Por estímulos literarios no será.

El más codiciado

De modo que hay un certamen para cada talento y un premio a la altura de cada vanidad. No es descartable que esos galardones carentes del relumbrón de otros aguijoneen las ansias de algunos escritores en agraz por hacerse un nombre en el mundo de la literatura. No solo los premios que empiezan a dejar de ser modestos dan a conocer a autores. También los más grandes, esos en los que nadie piensa cuando se pone a escribir por primera vez. ¿Quién sabía por estos lares de la existencia de un poeta llamado Tomas Tranströmer antes de que el pasado día 6 la Academia sueca lo galardonara con el más codiciado de los premios? Muy pocos, más allá de sus editores, su traductor y algunos pocos lectores. Desde ese día su nombre figura en las listas de autores a los que sería conveniente conocer, toda vez que una respetabilísima entidad ha querido distinguir la singularidad de sus méritos antes que los de otros.

Aunque nadie se lo haya reconocido, los académicos suecos hacen gala de un profundo sentido del humor. Cada vez que se acerca la fecha de la concesión, la sociedad literaria internacional hace cábalas sobre quién será el distinguido. Se repasa una y otra vez la lista de autores vivos con méritos suficientes para entrar en el bombo de los candidatos, y se descartan los que se sitúan en las proximidades geográficas o lingüísticas de los últimos galardonados. (Nadie esperaba que este año la medalla de oro sueca volviese a hablar español). Entonces, cuando los sempiternos pretendientes se cansan de serlo y procuran olvidar cuánto les hubiera gustado pasar a la ansiada condición de elegido, los académicos suecos hacen de las suyas y consiguen desconcertar a todo el mundo.  Como Philip Roth, Amos Oz, Claudio Magris, Milan Kundera, Adonis o Haruki Murakami, Tomas Tranströmer también ha aparecido señalado en los últimos años como uno de los eternos candidatos. Desde el silencio al que lo condenó hace más de 20 años una apoplejía, el poeta sueco no habrá dejado de sentir, como todos ellos, la presencia de ese fantasma que, según escribió García Márquez antes de ser reconocido él mismo por el cónclave de sabios nórdicos, inquieta a los grandes escritores apenas comienza el otoño.

Como los certámenes más modestos, el Nobel de Literatura (diez millones de coronas suecas, 1,09 millones de euros) también nos ayuda a descubrir autores. En las manos del lector queda ahora la tarea de aceptar esa propuesta y confirmar o rebatir los criterios de los suecos. Solo él tiene la última palabra. La que de verdad importa.

 

Publicado en Escuela nº 3.918  (13 octubre  2011)

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