Cartas cruzadas

foto benet y martín gaite

Solo una vez vi en persona a Juan Benet. Fue en Madrid, en su casa de la calle Pisuerga, en una tarde que se pierde al final de los años 80. Lo recuerdo de pie, consultando un libro en la sala que se abría a la izquierda, nada más subir las escaleritas de su chalet en la colonia de El Viso, allí donde probablemente guardase, junto a la fotografía de su gran amigo Dionisio Ridruejo y aquella otomana que tanto le envidiaba Javier Marías, algunos de sus libros más queridos. Benet, quien moriría unos pocos años después, era el paradigma del escritor de culto. Ni siquiera el haber sido finalista en 1980 de un galardón tan sospechosamente comercial como el Premio Planeta le había restado un ápice a su imagen de novelista hermético, de una exigencia radical, únicamente al alcance de unos pocos devotos. Pero no era a él a quien buscaba para entrevistarlo, sino a su segunda mujer, la poeta Blanca Andreu, para quien Benet, como para el resto de sus amigos, no era Juan, sino don Juan. A Carmen Martín Gaite la recuerdo paseando en compañía del poeta y memorialista Antonio Martínez Sarrión, firmando libros en la Feria de El Retiro tocada con alguna de esas boinas que al final de su vida la rejuvenecían tanto, en el amanecer solitario y empedrado de un pueblo costero de Galicia. Y sobre todo rehuyendo al teléfono con la excusa de algún inminente viaje transatlántico solicitudes periodísticas que no le interesaban o, tras preguntar por el interlocutor que la importunaba, fingiendo no estar en casa y ser otra quien descolgaba el auricular.

Como escritores, Carmen Martín Gaite y Juan Benet se parecían poco, aunque ambos tuvieron dificultades a la hora de llamar la atención sobre sus primerísimas obras. Ella cultivó una literatura que terminó encontrando a un tiempo una crítica complaciente y un público amplio, y él perseveró durante casi toda su vida en una obra que nada pretendía menos que halagar al lector.  Esa forma de escribir tan diferente aflora en la correspondencia que mantuvieron a lo largo de veintidós años y que acaba de ponerse al alcance de los lectores, aunque también es cierto que las maneras abstrusas de Benet llegan a aclararse con el transcurrir del tiempo. La novelista salmantina y el futuro ingeniero se habían conocido hacia 1950 en Madrid, en tertulias de jóvenes promesas de la literatura española, y sus primeros relatos habían compartido espacio en las revistas del momento. Un reencuentro casual en 1964 marcaría el inicio de una correspondencia que se prolongaría hasta 1986. De su amistad había quedado alguna huella escrita, como la dedicatoria del ensayo ‘La búsqueda de interlocutor’ –“Para Juan Benet”, que incluido en la edición de 1973 de Nostromo se completa con un “cuando no era famoso”-, así como referencias en alguna conferencia de la autora de Lo raro es vivir o Retahílas. El descubrimiento en el archivo depositado a su muerte en la Biblioteca de Castilla y León de una carpeta con algunas de las cartas que envió a Benet, movió al editor de estas misivas, José Teruel, a interesarse por las de su corresponsal.

“Debe y haber”

Cuando se inicia esta relación epistolar, Juan Benet tiene 37 años, ha publicado sin el más mínimo eco un libro de cuentos, Nunca llegarás a nada, tiene entre manos la cuarta redacción de Volverás a Región y se prepara para dar a la imprenta un libro de ensayos que terminará llevando el título de La inspiración y el estilo, y no el de Ensayos de incertidumbre, como pretendía. Carmen Martín Gaite es dos años mayor que él, ha ganado ya el Premio Café Gijón, el Nadal con Entre visillos y ha sido finalista del Biblioteca Breve, y pronto se adentrará en una investigación histórica en torno a un personaje ilustrado y perseguido por la Inquisición,  Melchor de Macanaz, de la que el lector de estas cartas será testigo.
Pero esta no es una correspondencia al uso. De esa en la que, distantes físicamente sus mantenedores, se ponen al día de los hechos de su vida o muestran su intimidad. Es más, ni siquiera afloran los acontecimientos verdaderamente cruciales en la existencia de ambos, reservados para la relación personal. Tampoco aparece sujeta a las reglas habituales de recepción y respuesta. Benet huye de ello y rechaza una fórmula que sea “recíproca, simétrica y poco menos que compensada como una cuenta de debe y haber”, porque “entonces ¡estamos perdidos!”. Aunque se arroga el derecho a ejercer el papel de “respondón”: “En líneas generales, en este diálogo, tú hablas, yo te escucho y te interrumpo para introducir lo que yo opino sobre el objeto de tu discurso”.  En estas cartas entre Juan y Carmiña, o Calila, como firma muchas de ellas haciendo uso del nombre con el que la bautizó la lengua de trapo de su hija Marta, conocida familiarmente como la Torci, aparecen análisis de índole intelectual, reflexiones sobre su concepción de la literatura, referencias a los escritos de cada cual, pero también notas de humor, como las que escribe la novelista salmantina en forma de heterónimo. La correspondencia conservada se cierra un 17 de marzo de 1986, poco después de la muerte a los 26 años de Marta Sánchez Martín, la hija de Carmen Martín Gaite y Rafael Sánchez Ferlosio. “Esta mañana venían a empapelar el cuarto de la Torci y había que madrugar para quitar los trastos”, escribe tras el encabezamiento y antes de pasar a relatarle a su interlocutor un sueño “aún tan fresco y vivo”. Tampoco al dolor se le deja asomar por esta carta.

Muertos Juan Benet en 1993 en su casa de Pisuerga, 7,  y Carmen Martín Gaite en 2000 en su casa de campo en El Boalo, ambos están literariamente de plena actualidad. Tras decir adiós a Anagrama, la editorial que le reportó muchos y nuevos lectores, y sobre todo lectoras, la obra de Martín Gaite prosigue una nueva andadura editorial en el catálogo de Siruela, que ya ha reeditado una buena parte de sus títulos. La de Benet sigue igualmente viva, aunque hoy por hoy es más fácil encontrarla en formato de bolsillo y bajo las manchas inquietantes de Antonio Saura. Sus seguidores pueden disfrutar ahora de un libro inédito, Variaciones sobre un tema romántico, que reúne cinco narraciones escritas entre 1975 y 1985, así como recuperar al Benet ensayista con una selección de sus exégesis sobre algunos de los grandes escritores. El volumen lleva por título Ensayos de incertidumbre, y sin duda tiene mucho de restitución.

Publicado en Escuela nº 3.919 (20 octubre 2011)

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Un pensamiento en “Cartas cruzadas

  1. Lo cierto es que-al menos los diez últimos años de su vida-Benet no podía resistir a Martín Gaite. Tanto no la soportaba que yo tenía orden estricta de decir SIEMPRE que telefoneaba, que Juan no estaba en casa.
    Cuando nos la ewncontrábamos por ahí, la actitud de Calila era de reproche por no llamarla, no escribirle o lo que fuera. Aunque Juan odiaba las quejas, podría haberlo aguantado, aunque era desagradable. Lo que no podía soportar era que Martín Gaite se pusiera a cantar en público, por las buenas, con una voz en absoluto musical y un enorme repertorio. Nos cantó tras un concierto de Baciero en el olivar de los Marañón, en casa de Alberto Oliart destrozando una reunión con los narradores ypoetas catalanes de los cincuenta, además del maravilloso Juan García Hortelano. Tras el almuerzo, nadie pudo meter baza: Calila agarró un chal y rompiuó a cantar fados hasta que todo el mundo se largó. Nos cantó en el vagón restaurante de un tren que iba a la Coruña. Pero el colmo fue cuando, en una mesa redonda en París, con medio cuerpo diplomático y un montón de hispanistas como público, cuando llegó su turno, dijo:
    -Pido un minuto de silencio por la muerte de doña Concha Piquer
    (- ¿La Picuá?-se preguntaban por lo bajinis los franceses)
    Y a continuación soltó:

    -Ahora voy a cantarles a ustedes La Parrala.

    Guelbenzu se puso incandescente como una bombilla, Benet no sabía donde meterse, y el ataque de vergüenza ajena fue general. A partir de ese momento Juan afirmó que no volvería a realizar ningún acto literario público.

    Cuando se publicó ese libro, y se habló en los medios de su amistad, no me quedé estupefacta porque por desgracia ya sé cómo se escribe la historia.

    De quien era amigo Juan, y al que apreciaba, y el motivo de que no arremetiera contra ella como era su deseo, era al padre de la Torci, su ex-marido Rafael Sanchez Ferlosio, esa es la verdad.

    Sinceramente

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