Llega el inspector de bibliotecas

Algunas de las novelas de Javier Marías

Para lograr aborrecer los libros y extirpar de paso el cáncer pestilente de la cultura, hay una manera más sutil y menos ensayada por nuestros expertos educativos que la muy facilona de convertirlos en lecturas obligatorias. Por eso la Komisión de la que formamos parte –K, de ahora en adelante- propone sustituir esas prácticas escolares, que en ocasiones han revelado una cierta eficacia, pero que en otras se han convertido en un coladero por el que muchos se han inficionado de perniciosos hábitos, por otras de más alto ingenio. En uno de sus últimos encuentros K aprobó acometer un estudio de campo que profundizase en el análisis de ciertas patologías largamente sospechadas, al tiempo que individualizaba algunos casos dignos de atención y tratamiento. K decidió reclutar los servicios de un inspector que ya había dado suficientes pruebas de pericia en el mundo de los libros. Jesús Marchamalo, que así se llama nuestro colaborador, ha investigado recientemente los maniáticos comportamientos que con los libros mantenía un escritor argentino nacido por puro capricho en Bruselas y llamado Julio Cortázar. Siguiendo el encargo de K, nuestro hombre se enfundó un guardapolvo y un farol y se dispuso a realizar una ronda de inspección por un conjunto de bibliotecas privadas a fin de localizar algunas víctimas esclarecidas del síndrome de Diógenes, versión libresca.

Aunque la modestia nos impida hablar abiertamente de éxito, la investigación no puede decirse que no haya rendido sus frutos. El inspector ha logrado localizar a una veintena de pacientes sobre los que no cabe ningún género de duda. No obstante, no se nos escapa que puede haber muchos más que sufran de ese mal ya suficientemente documentado en la literatura clínica. Ajenos a las verdaderas intenciones de nuestro hombre, los sujetos le abrieron con inocencia las puertas de sus casas y se mostraron dispuestos a hablarle sobre el objeto de sus padecimientos. Entre líneas, el informe elaborado, que lleva por título Donde se guardan los libros. Bibliotecas de escritores (Siruela), no deja de traslucir los peligros de diverso tipo que acecharon a nuestro enviado y la repulsión que se vio obligado a disimular en aquellas estancias inhóspitas y siniestras atestadas de libros hasta límites que solo la falta de razón puede explicar.

Artimañas aduaneras

En su informe, parcialmente adelantado en las páginas del suplemento cultural de Abc, nuestro inspector de bibliotecas –como llegó a identificarlo, poniendo en riesgo el estudio, uno de los investigados, Antonio Gamoneda- revela las patologías numerosas que aquejan a los sujetos abordados. De un tal Fernando Savater nuestro enviado confiesa que hace tiempo que los sillones, las mesas, las lámparas y los aparadores han tenido que refugiarse en los huecos, pocos, que dejan libres las estanterías. De otro, conocido como Gustavo Martín Garzo se dice que acumula tres bibliotecas nada menos: la suya, la de su mujer, poeta, y la de su suegro, escritor también, como cabía temer. Uno que se hace llamar Juan Eduardo Zúñiga confiesa haber establecido un sistema, claramente insuficiente, para que no se instalen en sus librerías volúmenes que no cuenten con el expreso convencimiento de los moradores. Pero en su libro de actas nuestro agente llama sabiamente la atención sobre las trampas que llevan a dicho sujeto a burlar sus propias reglas y camuflar las nuevas piezas en bolsas de la compra, dobles fondos y demás artimañas aduaneras. Hay otros individuos que, en fin, no contentos con vivir bajo el riesgo de un no improbable derrumbe, persisten en acumular libros y más libros en viviendas anejas, áticos, sótanos, garajes o casas de campo.

A veces, como constata nuestro hombre, hasta ellos mismos parecen entrar en razón y se dan cuenta de que esa no es manera de vivir. Entonces ingenian fórmulas para deshacerse disimuladamente de unos cuantos volúmenes. Uno que se hace pasar por profesor, Francisco Rico, ha entregado una parte de su insano depósito de varios siglos y en varias lenguas a una biblioteca universitaria, con el peligro que a nadie se le oculta. Otro, un tal Andrés Trapiello, es conocido que trafica con libreros de viejo, a los que compra y vende mercancía dudosa. Y hay incluso quien, haciéndose llamar Luis Landero, tiene la peregrina ocurrencia de bajar a un parque cercano, dejar en un banco unas cuantas bolsas llenas de libracos y volver al cabo de un rato para delectarse con la rapiña del botín. (Habría que recomendar a nuestras autoridades que en las próximas leyes, junto a la prohibición de alimentar a las palomas, se incluya expresamente la de dejar libros a la intemperie y al alcance de menores).

El informe del inspector Marchamalo es concluyente. Esos hangares repletos de libros de papel, anotados algunos, manoseados muchos, polvorientos todos sin duda alguna, desafían las más elementales normas de higiene, seguridad laboral y sentido común, por no hablar de lo que atañe a la salud mental. Sería deseable por tanto que estas conductas fuesen convenientemente penalizadas para que su ejemplo no prospere y se evite contaminar a las nuevas generaciones. Por fortuna, las promociones más jóvenes empiezan a hacer gala de un loable rechazo por la lectura y, cuando menos, en las de mediana edad se detecta una creciente inclinación por los libros electrónicos, que no pesan, no invaden los pasillos ni los dormitorios, no arden, no crían polvo y si se derrumban encima de uno no le rompen las costillas, sino solo las uñas de los pies.
A la vista de todo ello, la Komisión recomienda sancionar a todos los incluidos en el informe con un castigo lo suficientemente ejemplar como para evitar que vuelvan a incurrir en esas malas artes. Nuestra propuesta es obligarlos a cambiarse de domicilio varias veces al año en compañía de todos y cada uno de sus libros. Sugerimos empezar por un tal Javier Marías, un insensato que acumula cerca de 20.000 volúmenes. Estamos convencidos de que este nuevo método se revelará mucho más eficaz que los empleados hasta ahora.
(Nota bene: Se recomienda contrainvestigar al autor del informe, sospechoso él mismo de una acumulación excesiva de libros, dedicatorias y ex libris).

 

Publicado en Escuela nº 3.920  (27 octubre  2011)

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