Te escribo estas imágenes

En una sociedad postrada ante la inmediatez y la urgencia las cartas despiden ya el raro perfume de otro tiempo. Ahora que han desaparecido de nuestras vidas y que solo las hacen asomar por los buzones circunstancias que escapan a lo ordinario, se han convertido en el testimonio de un mundo más lento, quebrado casi de repente, que hoy nos parece tan difícil de concebir. En esas hojas escritas y entregadas confiadamente al correo viajaban no solo informaciones y confidencias, expresiones de deseo o miedo, palabras de amor, amistad o amenaza, citas clandestinas acaso, sino también el rastro con el que un autor dejaba traslucir su personalidad en el óvalo de una letra, o su estado de ánimo en la inclinación de una palabra. Relegada primero por el teléfono y condenada al olvido después por las nuevas formas de comunicación instantánea, la escritura postal se convirtió en una antigualla con difíciles visos de recuperación.


Como ya nadie se toma la molestia de redactar cartas, un puñado de cineastas han tratado desde hace unos años de dar continuidad a esa larga tradición epistolar. Pero, inmersos en la sociedad de la imagen, no utilizan lápices, plumas o bolígrafos, ni siquiera máquinas de escribir. Tampoco han necesitado hojas de papel, aunque sí sobres y parecida confianza en el servicio de correo. Para ponerse en contacto y compartir ideas, reflexiones, sensaciones o dar simplemente cuenta de sus días, han recurrido a la forma de escritura que mejor conocen y con la que trabajan a diario, la luz. Una luz que al atravesar el objetivo de la cámara y quedar fijada en la película o en una cinta de vídeo atrapa cuanto está a su alrededor dejándonos una apariencia de realidad.

Todo comenzó un 13 de mayo de 2004. Ese día, jueves por más señas, Jordi Balló, profesor de la Universidad Pompeu Fabra, les propuso realizar una exposición conjunta a dos cineastas que apenas habían coincidido una vez en un festival internacional pero que se admiraban mutuamente, el español Víctor Erice y el iraní Abbas Kiarostami. Aceptaron de inmediato. No obstante, si Erice no hubiera planteado la conveniencia de crear alguna pieza audiovisual con la que completar el material a exhibir, no hubieran surgido algunas de las pequeñas joyas que hasta el próximo mes de febrero se muestran en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) y que en forma de ciclo de cine han podido verse ahora en Madrid, en La Casa Encendida.
Correspondencias fílmicas
Aquella correspondencia entre Erice y Kiarostami dio inicio a una novedosa forma de narración, las cartas fílmicas, y a esa experiencia fueron sumándose nuevos intercambios epistolares de la mano de otras cinco parejas de cineastas. Entre ellas, las constituidas por José Luis Guerin y Jonas Mekas, Isaki Lacuesta y Naomi Kawase o Jaime Rosales y Wang Bing. Las cartas que se intercambian Víctor Erice y Abbas Kiarostami están repletas de referencias al otro y de homenajes mutuos, pero también de mucho humor. Con su regreso al jardín del pintor Antonio López, en el que pronto hará veinte años que rodó El sol del membrillo, el autor de El sur, inicia una relación que se prolongará durante nueve entregas y que generará algunas piezas memorables. En un colegio de Arroyo de la Luz, en Cáceres, los alumnos asisten a la proyección de una película de Kiarostami, ¿Dónde está la casa de mi amigo?, que después, guiados por su profesor, irán diseccionando. A esta, el cineasta iraní responde con otra carta que tiene como hilo conductor un membrillo que, tras ser vareado por unos niños y caer al suelo, rueda sin freno por todo tipo de riachuelos hasta ir a parar a manos de un pastor y un rebaño de cabras que darán buena cuenta de él. Más adelante seremos testigos de una pieza bellísima en la que la lluvia dibujará sobre el cristal unas acuarelas de agua, y finalmente, como una carta no es sino un mensaje a la búsqueda de su destinatario, Erice ideará una misiva que arrojará al mar del Cabo de Gata en el interior de una botella con la esperanza de que Kiarostami la recoja al otro lado del mar, en el sur de Irán.
También la aportación de José Luis Guerin raya a gran altura. Como Erice, cuyo nombre aparece con frecuencia en el bien hilado discurso del autor de Innisfree o En construcción, Guerin es un cineasta atípico que desde hace tiempo obliga al espectador que quiere ver sus creaciones a acudir no a las salas tradicionales de cine, sino a los museos, los centros de cultura o los festivales. Las cartas que dirige a Jonas Mekas, el viejo representante de la vanguardia cinematográfica americana, retoman la caligrafía con la que se escribieron trabajos como En la ciudad de Sylvia, La dama de Corinto y sobre todo Guest, esa película magnífica que grabó con nada más que una pequeña cámara de vídeo por aquellos lugares del mundo a los que fue invitado a mostrar su cine y a hablar de él. En estas piezas, que llevan a su espectador a Roma, al lago Walden, a Lisboa, a Polonia o a Venecia, Guerin reflexiona sobre el azar cinematográfico, la idea de la desaparición, el desarraigo o la misma vida. De todas ellas, me quedo con la magistral secuencia con la que concluye esta relación epistolar. Su protagonista es una hormiga que, tras fracasar en numerosas ocasiones en la ardua tarea de arrastrar el sustento del próximo invierno por la resbaladiza verticalidad de una tumba del cementerio japonés de Kita-Kamakura logra finalmente su objetivo a base de tenacidad y perseverancia. Un final optimista en un escenario poco propicio para ello.
Como en las viejas cartas de papel, también en estas correspondencias fílmicas queda a la vista la caligrafía de sus autores, sus humores, los rasgos de su personalidad. Y como en ellas se traslucen igualmente sus preocupaciones, sus intereses, sus afanes, la vida según ellos la ven. Estas nuevas cartas, que no están hechas de palabras sino de imágenes, no tienen el aroma polvoriento del tiempo pasado, sino el perfume seductor del futuro.

Publicado en Escuela nº 3.921  (3 noviembre 2011)

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