Libros ambulantes

 

Un día cualquiera de hace treinta años alguien entró en un cafetín del barrio madrileño de Malasaña ofreciendo varios de los libros que una modesta editorial de vocación alternativa acababa de publicar. El sello bajo el que aparecían, La Banda de Moebius, recordaba a aquella ingeniosa cinta o banda de una sola cara y un solo borde que en 1858 inventó el matemático alemán Möbius. Solo que sus promotores habían adaptado sutilmente esa denominación viendo un grupo o una pandilla en lo que era una superficie con forma de cinta o de banda.  Hacía no mucho que habían puesto en marcha un catálogo en el que terminaría por mezclarse el Oscar Wilde de Balada de la cárcel de Reading con el Eduardo Haro Ibars de Empalador, o Vicios modernos, de Alberto García Alix y Ceesepe, con De los modos de integración del pronunciamiento estudiantil, de la Comuna Antinacionalista Zamorana, tras la que se escondía el espíritu inconformista de Agustín García Calvo.


Aquel día y en aquel café de aire afrancesado acogido a la advocación de las Musas se ofrecieron a la consideración de un grupo de jóvenes que apenas llegaban a los 18 años dos títulos. Uno era Todos los chicos y chicas. Historias de la nueva ola, que llevaba la firma de Fernando Márquez, el líder de un grupo pop del que aun ahora puede escucharse con gusto alguna de sus canciones. El otro, El que no ve, era obra de Leopoldo María Panero. Puesto que al arribar a las novísimas corrientes, a los venecianos y a las jóvenes poesías de entonces la profesora de Literatura del viejo instituto provinciano nos había aleccionado para que nunca incurriésemos en la tentación de leer al hijo mediano de don Leopoldo, uno decidió comprarle a aquel vendedor ambulante el volumen de Fernando Márquez, de título algo más prometedor.
El libro de El Zurdo permanece en la biblioteca en la que siguen a buen recaudo las lecturas de juventud. El de Leopoldo María Panero se me apareció hace unos días en el escaparate de una librería de viejo de Malasaña. Aunque habían transcurrido tres décadas y a algunos la vida nos había llevado por aquí y por allá, el libro parecía no haber salido de los límites de un barrio que conoció por aquellos lejanos días la eclosión de la movida. No resistí la tentación de preguntar el precio, pero cuando lo supe tardé en dar crédito: 60 euros. Desde luego, nada comparado con los 1.600 que se piden a día de hoy por una primera edición del Tirano Banderas, los mil de Campos de Castilla o los 960 euros de Las nubes, pero demasiado en cualquier caso para un capricho nostálgico. La misma página de Internet que me recuerda que nunca poseeré uno de esos libros de Valle-Inclán, de Machado o de Cernuda me advierte de que los dos únicos ejemplares del libro de Fernando Márquez que están a la venta en alguna librería asociada se pueden comprar a cambio de 30 euros, en un caso o, en otro, de 90. No es mala cuestión tampoco preguntarse por qué esa diferencia.

Desesperación suicida

Abandoné la librería algo trastornado y, sin salir de Malasaña, entré en un café cuya memoria me remitía a tertulias de treinta años atrás con filósofos impartiendo su doctrina. Un hombre de una edad situada entre los cuarenta y los cincuenta entró en el café llevando en la mano un libro con los relatos que había escrito. Se llamaba Marcelo López-Conde y tenía un currículo desperdigado entre la literatura y los bienes inmuebles. A medias argentino y a medias español, se decía experto en economía y gestión inmobiliaria, empresario, director de relaciones institucionales, formador. Pero también escritor y animador de talleres literarios en Buenos Aires, primero, y en Madrid, después. En el local había ido de mesa en mesa ofreciendo un volumen que no engañaba sobre su contenido pero necesitado de un título más sugerente, Cuentos inmobiliarios, publicado en LápizCero Ediciones. En cada mesa no encontraba sino una negativa educada. Llegó junto a mí. Se presentó. Ofreció su libro. Dijo el precio. Se encontró con una respuesta favorable y firmó una dedicatoria que nadie le reclamaba, pero que le sirvió para mostrar su gratitud y prolongar una sonrisa que tenía algo de incrédula. Abandonó de inmediato el café al que había llevado sus historias de amor o desesperación suicida, dejando la sensación de que no confiaba en que esa suerte pudiera repetirse dos veces en el transcurso de una tarde en el mismo establecimiento.

Hojeé el volumen, y por un momento me pareció como si el tiempo no hubiera pasado, ni Internet hubiera arramblado con casi todo. La Red, que permite publicar al instante de forma electrónica a todo aquel que crea tener algo que contar, se ha convertido en un foco divulgador como no ha habido otro. Pero la ilusión del escritor novel se sigue depositando todavía en el viejo invento de Gutenberg y sigue moviendo a algunos a llevar sus libros por los cafés, a venderlos uno a uno sin intermediarios, directamente del escritor al lector. Quién sabe si dentro de treinta años lo asaltará a uno el libro de Marcelo López-Conde en el escaparate de una librería de viejo de Malasaña. No sería mala noticia ni para su autor ni para mí. Podría preguntar su precio y saber acaso de una alta revalorización. Tal vez se cotice como hoy lo hace un libro de Leopoldo María Panero o de Fernando Márquez. O acaso como uno de Valle-Inclán, Machado o Cernuda. Quién sabe. El futuro no está escrito.

Publicado en Escuela nº 3.922 ( 10 noviembre 2011)

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