La peor muerte

Los libros también tienen una vida misteriosa. Llegan a nuestras manos de manera sorpresiva y, porque los días no dan para todo y las lecturas pendientes se acumulan de un modo fatal, escapan de nosotros sin saber muy bien el porqué. Cuando reaparecen los identificamos pronto como a viejos conocidos a los que el tiempo no ha cambiado tanto. Durante unas cuantas semanas Amarillo fue una portada que llamaba la atención en el escaparate de la librería ante la que pasaba a diario. Poco después de que se publicara en enero de 2008, el volumen ocupó uno de los anaqueles privilegiados desde los que se tienta la curiosidad del paseante, pero, de manera inesperada y mientras el aluvión editorial removía de su sitio al resto de títulos, Amarillo continuaba allí impertérrito. Como nada es eterno, un día terminaría por dejar su puesto a otro, durante unas semanas permanecería en el tablero de novedades y buscaría refugio después entre los ejemplares de fondo. Hay un momento en el que la mayoría de los libros desaparecen. Retornan a los almacenes, y allí se quedan durante lustros los que logran salvar su cabeza de la guillotina y la pulpa de papel y no se reencarnan en best-sellers en sus otras vidas. De esos hangares repletos de estanterías los rescatan unas veces los premios y otras la muerte. La muerte, que se llevó a Félix Romeo el pasado 7 de octubre con 43 años, ha devuelto Amarillo a los expositores de algunas librerías y lo ha puesto en mis manos.

Durante mucho tiempo Amarillo fue para mí tanto un libro de llamativa portada como una lectura postergada sin un motivo suficiente. Tristemente, es ya el libro de un muerto que habla sobre un suicida. En Amarillo Félix Romeo indagaba en la vida de su amigo Chusé Izuel, que quería ser escritor y publicaba entrevistas y reseñas de libros en los periódicos, pero sobre todo en su muerte, ocurrida un 27 de febrero de 1992 en Barcelona, a los 24 años. Romeo no trazaba la biografía al uso de quien en Zaragoza había sido amigo suyo desde la infancia, ni la del compañero en el piso de la calle Borrell desde cuyo quinto piso se arrojó al vacío, ni tampoco intentaba reconstruir las sombras de su muerte recurriendo a quien pudiese arrojar algo de luz. El libro es antes que nada una catarsis. A semejanza de otro relato excelente, Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, publicado el año pasado, Félix Romeo ajustaba cuentas consigo mismo para poder dejar atrás el pasado. “Tu muerte fue una bendición para mí: no habría vuelto a escribir si tú hubieras seguido vivo”, apunta Romeo. “No paro de pensar  que tu muerte es un siniestro crimen perfecto con un único beneficiario: yo”, añade. “Todos los días te presentas como mi mayor culpa, la que me convierte en tu asesino. Siempre he tenido un gran sentimiento de culpa”.

Una larga amistad

Los dos soñaban con ser escritores. Dos años después del suicidio de Izuel, Félix Romeo logró que una editorial de Madrid publicase los cuentos que su amigo había escrito y que unos días antes de su muerte envió a la mujer que lo había abandonado un día 27, esa cifra fatal que desde entonces querría desterrar del calendario. Cuando Romeo redacta el que será su tercer libro dice estar viviendo una historia de amor y escribiendo sobre la peor muerte. Una muerte que destapa la evocación de una larga amistad llena de vivencias compartidas. No era la primera vez que su amigo aparecía en sus escritos. Algunos pasajes de Amarillo asoman ya en su primer libro, Dibujos animados, una novelada fragmentada en 175 viñetas que recuerda al primer Ray Loriga, el que en 1992 publicó Lo peor de todo. Tras la máscara de la ficción, la figura de Izuel se transparentaba en algún momento concreto bajo otro nombre.

Autor de tres libros, poco antes de morir inesperadamente en Madrid Félix Romeo había entregado a su agente literario su cuarta obra, Noche de los enamorados, en la que investigaba el caso de un compañero suyo en la cárcel zaragozana de Torrero, cuando el escritor cumplía condena por insumisión. La obra que Romeo ha dejado en forma de libro no es mucha, a diferencia de la que queda dispersa en periódicos y revistas literarias, en donde era un nombre habitual, y aun en los archivos de Televisión Española, en donde dirigió y presentó durante cuatro años un programa sobre libros, La mandrágora. Pero hay también una tarea sobre la que alguien tendrá que escribir algún día y en la que se recordará a Félix Romeo como el dinamizador de la vida cultural zaragozana y madrileña, el urdidor de ideas para editoriales y suplementos y el elemento cohesionador –un Pepín Bello con obra- de un amplio grupo de escritores, periodistas, pintores y cineastas.

Resulta triste pensar que no volveremos a encontrarnos con la firma de Félix Romeo en Letras libres o en el suplemento cultural de ABC, en los que volcaba su voracidad lectora, pero es grato saber que a veces los libros se salvan de la guillotina y tienen más de una vida. Félix Romeo y Amarillo están de nuevo en las librerías.

Publicado en Escuela nº 3.923  (17 noviembre 2011)

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