Crítica del presente eterno

El perro del hortelano, de Lope de Vega

 

Antiguo como es, y nada puede con el teatro. No ha acabado con él el cine, que tanto lo imitó. Ni la radio, que lo acogió para seguir alimentando la fantasía de sucesivas generaciones. Ni la televisión, que vivió momentos de gloria poniéndolo al alcance de todos. Tampoco han podido con él las nuevas tecnologías. Ni la crisis económica. Hoy las salas llenan su aforo, y el teatro, que siempre ha vivido inmerso en dificultades crónicas, experimenta, a pesar de todo, un momento pujante. “Un espectáculo teatral no puede descargarse de la red ni duplicarse: los asistentes compran un producto artesanal y único”, afirma Lluís Pasqual, y añade: “Saben que la ceremonia, encarnada en las voces y los cuerpos de sus intérpretes, se oficia cada noche solo para ellos, en un presente instantáneo y eterno”.

Encuentro estas palabras del afamado director catalán en Telón de fondo (El Aleph), el libro en el que Marcos Ordóñez condensa cuarenta años de espectador y crítico teatral. Novelista y profesor de guión y dramaturgia, a los 13 años Ordóñez (Barcelona, 1957) ya se lanzaba a escribir sobre la función que acababa de contemplar, como si esos periódicos en los que imaginaba publicadas sus impresiones le estuvieran esperando para cerrar la edición. Telón de fondo es un libro de memoria teatral, la de Marcos Ordóñez, sí, pero también del teatro español. Por él asoman algunos de los grandes nombres del arte de la escena y algunas anécdotas entrañables. Pero es sobre todo un repaso al mundo del teatro desde la privilegiada posición de un crítico reputado que puede permitirse el lujo de escribir solo sobre aquello que le apetece. Un lujo infrecuente.

“El teatro es tan duro y tan adictivo porque no deja espacio para las medias verdades”, apunta. “Está sucediendo ante nuestros ojos, y con cuerpos vivos; es un grupo de hombres y mujeres que habla a otro grupo de hombres y mujeres”. El espectáculo se desarrolla ante nosotros y cualquier cosa podría interrumpirlo. Quizá ahí esté la magia, el secreto de un arte que ha sobrevivido a los siglos, las civilizaciones, los gustos o las nuevas tecnologías de cada época. A pocos minutos de su final, una avería eléctrica sume en la oscuridad a los actores que representan en la sede temporal de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) El perro del hortelano. Uno de ellos improvisa un “señor conde, no le veo”, y otro añade un “Ahora lo arreglo”, morcillas que confirman la extrema fragilidad de cuanto sucede en un espacio compartido por actores y espectadores. Al tiempo que los protocolos de seguridad se ponen en marcha, la luz vuelve a iluminar la interrumpida estupefacción del conde Ludovico, a quien en su ancianidad le hacen creer la grata reaparición de un hijo al que perdió muchos años atrás. Tras unos aplausos cómplices, los actores retoman la farsa que procurará a Teodoro, el secretario de la condesa de Belflor, Diana, la condición nobiliaria conveniente para contraer equilibrado matrimonio con ella.

Envidia y celos

Escrita por Lope de Vega hacia 1613, en medio de un periodo (1604-1618) que los expertos señalan como el momento culminante de su producción cómica, El perro del hortelano sigue cuatrocientos años después en ese presente instantáneo y eterno en el que se encuentran de nuevo unos actores, un texto y un público que se divierte con lo que ocurre a pocos metros de su butaca. En un corral de comedias algo más sofisticado que los que conoció su autor y en la lejanía de los siglos, Lope sigue diciéndonos, a través de una condesa que únicamente lo descubre una vez que aparece entreverado de envidia y celos, que el amor es capaz de superar todos los obstáculos y las dificultades que encuentre a su paso.

No sé si Marcos Ordóñez habrá visto este montaje de Eduardo Vasco, el último suyo al frente de la CNTC, en manos ya de Helena Pimenta, ni, en ese caso, si le habrá satisfecho. Si en él habrá visto arte o, como escribe en su libro, esa “otra realidad donde cada palabra, cada gesto, cada silencio y cada luz han de tener sentido”. Sospecho que su criterio será bastante más exigente del que un día cualquiera de noviembre hizo gala un público que se divirtió con esta comedia palatina de envidias y ambición, en la que Eduardo Vasco ha intensificado hasta el límite el tono de farsa y en la que sobresale un curtidísimo Joaquín Notario. En su libro, Ordóñez habla de su trabajo como crítico, de las servidumbres y las glorias del oficio, del espíritu con el que se sitúa en el patio de butacas o de cómo sus textos no nacen de una forma distinta a como lo hace un reportaje, un cuento o una novela. Su trabajo consiste, dice, en traducir emociones y argumentarlas. Todo ello mientras el teatro le siga produciendo el escalofrío necesario.

Como con todas las artes, con el teatro conviene haber visto y leído cuanto más mejor, haber adquirido una cierta cultura. Aunque para disfrutar de él tampoco es imprescindible la erudición ni que el espectador se calce los manguitos del crítico severo. Si de todas formas alguien quiere hacer sus pinitos en este otro arte, el libro de Marcos Ordóñez le resultará un vademécum de lo más adecuado. Por cierto, el aspirante debe saber los riesgos a los que se expone. Hay mucho psicópata suelto. También entre los que se suben a un escenario. Pero ni así se puede con el teatro.

Publicado en Escuela nº 3.924  (24 noviembre 2011)

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