Dos mundos distantes

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¿Qué es más importante, el fútbol o la literatura? Qué pregunta. Tomemos como patrón su presencia en los periódicos, en las radios y en las televisiones, y la respuesta se hará innecesaria. No hay la más mínima duda. El fútbol lo llena todo, y todos los días de la semana. Luego es algo de una extraordinaria relevancia. La literatura, en cambio, tiene una condición menesterosa, pedigüeña. Los telediarios la rehúyen, las programaciones radiofónicas la desprecian, los periódicos la recluyen en guetos.

Tal vez por eso las largas colas que se formaron para inmortalizarse junto a una Copa del Mundo no encuentren su réplica ahora ante la medalla del Premio Nobel de Literatura concedido a Mario Vargas Llosa, que casi en secreto puede contemplarse estos días en Madrid. Nadie se fotografía junto a ella, aunque tampoco se puede estar seguro de que los encargados de la custodia lo fueran a permitir. La pieza de oro representa la efigie del perfil izquierdo de Alfred Nobel y resalta en el centro de la caja de terciopelo negro. A su lado, el diploma que certifica la concesión combina la severidad caligráfica de estirpe nórdica con la inocencia infantil de un collage elaborado con el vacío de unos monigotes recortados en papeles rojos. Tal vez a quien se arrodille ante una Copa del Mundo le despierte indiferencia, pero a quien guste de la literatura no dejará de emocionarle la visión del más codiciado de los premios.

Las pruebas materiales del galardón sirven de arranque a una muestra que repasa la vida y la obra del escritor hispano-peruano y que visita la capital de España tras un periplo agotador que la ha llevado por Lima, Guadalajara, México DF, Bogotá, Estocolmo, París y Argel. Si se piensa un poco, en seguida surge la extrañeza por un acopio como este de libros, fotografías, manuscritos y documentos de todo tipo en vida de un autor. Si no media, como en este caso, un premio de los grandes, los eventos de esta naturaleza corren a cargo de los herederos. Solo la inminente puesta en marcha de la oportuna fundación que velará por el buen nombre, o la cifra redonda de un aniversario que recuperará la obra del autor tras su obligado paso por el purgatorio literario, suelen justificar esta tarea.

Calificaciones

Porque quizá no sea sencillo, esta exposición no rehúye las convenciones propias del género. En torno a la peripecia biográfica de Mario Vargas Llosa, los objetos materiales que hablan del escritor. Sus primeros cuentos publicados en revistas. La tesis doctoral sobre Rubén Darío. Una afición representada por alguna pieza más que el precioso hipopótamo de Aldo Shimora. Un trozo del Muro de Berlín. Cartas cruzadas con Julio Cortázar, García Márquez o Carlos Barral. La medalla del Premio Cervantes obtenido en 1994. Primeros borradores y cuadernos de notas de alguna de sus últimas novelas… Y varios de sus libros más queridos, con su famosa calificación del 1 al 20 encerrada en un círculo en las páginas finales de cortesía (Madame Bovary, 20; Los demonios, 20; Los miserables, 20; Absalón, Absalón, 18…).

En este edificio reciente un poco a desmano, ubicado a la sombra de un conjunto de arquitectura industrial en el que en otro tiempo se elaboró cerveza y que en la oscuridad de hoy adquiere matices carcelarios, la voz del homenajeado rompe con frecuencia desde los monitores de televisión el silencio que la lectura y la contemplación necesitan. Unas veces impide concentrarse en una frase, en una cita. En otras, el novelista que envuelto en el fragor vehemente de un mitin se convierte en líder político ahoga su entrevista televisiva a Jorge Luis Borges. Pero de todo queda testimonio en este recorrido que, sin que parezcan conscientes de ello, la mayor parte de los visitantes no completan: el novelista, el periodista, el autor teatral, el político, el intelectual que deja atrás su fervor castrista en medio del caso Padilla… Hasta el autor célebre invitado a hacer el saque de honor en un partido del Real Madrid. No recuerda uno que Vargas Llosa haya escrito de fútbol. Ni que haya mostrado una especial simpatía por este deporte de avasalladora capacidad. El oro de la medalla del Premio Nobel no suscita las pasiones del de la Copa del Mundo. Dos recompensas. Un mismo material. Dos mundos distantes. Pero, por fortuna, la grandilocuencia que acompaña casi siempre al fútbol no ha conseguido todavía dar alcance al quebradizo acto de la lectura. Con ser tan importante, el fútbol aún no ha logrado acallar la frágil voz de la literatura.

Publicado en Escuela, 1 diciembre 2011

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