Una revista con vocación de libro

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Que una revista elija conmemorar sus diez años de existencia con la publicación de un libro, no deja de resultar curioso. Por naturaleza, una revista es un ente frágil. Por mucho trabajo e inteligencia que se deposite en ella, es un objeto efímero que desaparece pronto de los quioscos, se traspapela con facilidad y, apenas leída, termina sus días en un contenedor de reciclaje. Quizá por eso los artífices de la revista Letras Libres han querido festejar su cumpleaños construyendo algo más sólido, un poco menos vulnerable: un libro, que desde el primer momento anuncia su voluntad de permanencia. Una revista es también una enmienda a la vida literaria, o a la vida a secas. Como recuerda el ensayista mexicano Guillermo Sheridan, Octavio Paz decía que siempre que un grupo de jóvenes escritores se juntan quieren modificar el mundo, llegar al cielo, defender el infierno, y que lo único que se les ocurre es fundar una revista. Paz fundó muchas. En 1971 ya no era el jovencito que había puesto en marcha Barandal, El Hijo Pródigo o Taller, sino el intelectual consagrado que levanta Plural, y a cuyo brusco cierre en 1976 crea Vuelta.

Para Octavio Paz, una revista era una zona de confluencias. A lo largo de estos últimos diez años, en Letras Libres, un mensual nacido a la sombra de su memoria, ha confluido lo más granado de la creación y el pensamiento de habla hispana. Si es admirable que una revista cultural no sucumba de inmediato a los dictámenes desfavorables de los contables, resulta prodigioso que cumpla una década. Somos lo que leemos. Diez años de ensayos literarios es una antología imposible. De los centenares de textos aparecidos en sus páginas, el libro no recoge más que una treintena. Una pequeña muestra. Un aperitivo. Difícil trance el de elegir o descartar. El volumen lo abre Ignacio Martínez de Pisón con un ensayo de 2002 en el que abogaba por la recuperación de la obra de Natalia Ginzburg. Felizmente, libros como Las pequeñas virtudes o Léxico familiar han arraigado ya en los catálogos de nuestras editoriales. Lo que quizá permanezca soterrado es el trasfondo de la civilizada discusión que por esas fechas mantuvieron Félix de Azúa y Javier Cercas en torno al arte de la novela, y que aquí se reproduce, probablemente por primera vez, una al lado de la otra. En un texto dirigido al autor de Soldados de Salamina, Azúa distinguía al narrador de historias del artista de la narración. Para él, el narrador de historias, en donde encuadraba a autores como Vargas Llosa, Updike, Coetzee o el mismo Cercas, es aquel que privilegia una historia, unos personajes, una intriga y una representación verosímil. Por el contrario, novelistas como Robbe-Grillet, Pynchon o Benet encarnarían a los segundos, aquellos que “sitúan en primer término la materia misma de la que están hechos los sueños y solo después todo lo demás”. Amigos al fin y al cabo, lo más probable es que el intercambio de opiniones continuase lejos de los papeles y cerca de una copa nocturna.

Canto a la libertad

Pero en Somos lo que leemos hay muchos más nombres. Vicente Molina Foix disecciona el Shakespeare de El rey Lear. Enrique Vila Matas habla del origen de su fascinación por Witold Gombrowicz. Marcel Proust queda al alcance de Blas Matamoro. Mario Vargas Llosa imparte una sabia lección de literatura a partir del Quijote, una novela, nos instruye, sobre la ficción y un canto a la libertad. En torno a ellos, Juan Malpartida escribe sobre Antonio Machado, Ana Nuño desmitifica a Simone de Beauvoir y Juan Villoro recuerda al Hemingway de Por quién doblan las campanas. Otros muchos nombres salpican el libro: Roberto Bolaño, Joseph Roth, Susan Sontag, Rubem Fonseca, David Grossman, José-Miguel Ullán, Ian McEwan, Guimarães Rosa, Melville…

La conversación, el diálogo inteligente en torno a la literatura, no está ausente tampoco de la antología. Se reproduce la entrevista que el recientemente fallecido Félix Romeo –al que el número de noviembre de Letras Libres dedica un recuerdo especial- mantuvo con el escritor rumano exiliado en Estados Unidos Norman Manea. En ella hay un detalle al que es imposible no darle vueltas: con 80 años de edad, el padre de Manea abandonó Rumanía, se hizo cargo él solo de los trámites, la mudanza y el viaje y se exilió en Jerusalén, en donde vivió los siete últimos años de su vida en medio de una gran soledad. Norman Manea recordaba eso, pero también su paso por una dictadura nazi y otra comunista, un día de 2007 en un hotel de la Gran Vía de Madrid. “Las cosas existen mientras se resistan a ser olvidadas, como el cerco de la mancha de sangre, que es lo más difícil de borrar”, le explica en otra entrevista Javier Marías al escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, retomando una idea plasmada en el primer tercio de Tu rostro mañana, la novela de 1.600 páginas que el novelista madrileño publicó en tres entregas entre 2002 y 2007. “Pero una vez que desaparecen”, le advierte, “es como si nunca hubieran ocurrido”. La literatura contribuye a que no desaparezcan del todo.

Como las personas, también las revistas se gestan, nacen, viven y mueren. Cuando algunas dejan de existir, se diría que nadie vuelve a interesarse por ellas. Otras, como Plural o Vuelta, permanecen en la memoria de muchos, y de ellas, de su tronco común, brotan ramas nuevas que a veces, al cumplir diez años, adoptan una apariencia de libro. De este modo su fragilidad se atenúa, parecen más respetables y encuentran mejor acomodo en las estanterías. Pero no deja de ser llamativo que una revista quiera ser de mayor un libro.

Publicado en Escuela, 8 diciembre 2011

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