La huella de Cernuda

Cernuda

La distancia que separa el original de la copia es la misma que va de la verdad a la mentira. A veces es una distancia de siglos y otras solo de años, un tiempo suficiente para que la autenticidad se diluya en el trayecto hasta desaparecer. De vez en cuando los suplementos culturales de los periódicos lanzan su mirada sobre esas ediciones facsímiles que tratan de poner al alcance de un público selecto copias bien logradas de beatos románicos, códices atesorados con mayor o menor fortuna en catedrales o museos episcopales o joyas de las que, de otro modo, solo podrían disfrutar bibliófilos en la soledad de su gabinete o eruditos en el silencio de bibliotecas selectas. Sin duda son piezas hermosas. Las imágenes iluminadas por monjes desconocidos que acompañan una caligrafía que hoy se nos antoja de lectura imposible son de nuevo causa de admiración, pero hay en ellas algo que delata el artificio. Se imitan los papeles, la encuadernación, las huellas dejadas por el transcurrir de los siglos. Pero todo ello nos recuerda la excelencia de la copia, su falta misma de autenticidad.

No siempre reproducen los facsímiles obras antiguas. Basta que una pieza suscite un interés extraordinario y sea inalcanzable para que se ponga en marcha la máquina de hacer copias. El ejemplar de La realidad y el deseo que reposa sobre mi mesa de trabajo tiene el formato en octavo menor con el que apareció en 1936. Los poemarios que Luis Cernuda reunió por primera vez bajo un espléndido título común son los mismos que editó José Bergamín, y ante cuya noticia Pedro Salinas le comunicaba a Jorge Guillén en carta fechada el 20 de diciembre de 1935: “Parece que Cruz y Raya se lanza francamente por el camino de la joven literatura. Moreno Villa y Cernuda van a ser objeto de sendos tomos de poesía”. La paginación es idéntica. El titubeo de los tipos de plomo, el mismo. La emoción que suscitan los poemas de Cernuda –lo único verdaderamente importante- permanece inalterable. Pero, ¿y el aura que atribuía Walter Benjamin a las obras de arte en la balbuceante época de la reproductibilidad técnica en que acuñó el concepto? ¿Tienen también aura los libros convertidos ya en obras de arte?

Tentativas poéticas

Al margen de incunables o joyas sobre las que siempre acechan los sabuesos pata negra de la bibliofilia, hay libros de un pasado reciente que se convierten en piezas dificilísimas de conseguir. Un volumen con poco más de veinte años puede convertirse en una rareza gracias a una tirada de mil ejemplares. Tras el rastro de uno editado con motivo de un encuentro sobre Luis Cernuda celebrado en 1988 en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) de Sevilla, di hace poco con una suerte de librería clandestina que sin ninguna duda debía de contener piezas de gran interés. El librero se internó en el desbarajuste de un apartamento poblado de volúmenes, estanterías y cajas y volvió con el ejemplar número 478 del hermoso trabajo que habían coordinado Andrés Trapiello y Juan Manuel Bonet y que recoge textos de escritores como Rafael Alberti, Ramón Gaya, María Zambrano, José Luis Cano, Rosa Chacel, Antonio Muñoz Molina o Felipe Benítez Reyes, entre otros muchos. El libro cuya portada rosa pálido había visto reproducida muchas veces se encontraba ante mis ojos y a un precio, convengamos, razonable.

– ¿Le interesa Cernuda?

Respondí afirmativamente tras levantar la vista de la sobrecubierta diseñada por Trapiello y firmada con el más discreto de los pseudónimos: S, y en seguida volvió con dos piezas más ante las que era casi imposible no experimentar un emocionado temblor. Me mostró una primera edición de El joven marino, aparecida en 1936 en Ediciones Héroe. A continuación sacó de un sobre corriente otra primera edición de Luis Cernuda, Una invitación a la poesía, la antología de sus poemas que el editor, impresor, poeta y amigo suyo Manuel Altolaguirre había publicado en 1933 en La tentativa poética. Por si la dosis pudiera resultar insuficiente a la hora de alterar el ánimo, el tomito llevaba una dedicatoria autógrafa de Cernuda dirigida a un académico de la Española. Como en todo sueño hay siempre un momento en el que se vuelve a la realidad, el despertar vino acompañado de la mención de su precio. Lástima. No creo que vuelva a tener entre mis manos un libro que una vez estuvo en las de Cernuda, y en el que el poeta sevillano estampó una firma que el tiempo ha desvaído algo.

Si el original resulta inalcanzable para una modestísima economía, quizá deba encontrarse consolación en la copia. No se sabe cuándo ni cómo unos “amantes” del arte poético editaron “para deleite de sus amigos” una edición facsímil y pirata de La invitación a la poesía. El precio al que se despacha uno de los 200 ejemplares publicados parece haberse contagiado tanto de la rareza de la primera edición como de la clandestinidad editorial de su reproducción. La hojeo y, por más que sea un calco, no cabe más que concluir que no es lo mismo. No es solo que esté ausente de ella la caligrafía de Luis Cernuda, que no contenga la huella de su firma. Aunque los poemas sean los mismos, digan las mismas cosas y desprendan idéntica emoción, no resulta lo mismo. No hay verdad. No tiene aura. Esa diferencia que separa la copia del original.

Publicado en Escuela, 15 diciembre 2011

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