Ramón Vinyes y sus nostalgias enfrentadas

ramón vinyes

No habría por qué descartar una concurrencia mayor en el pase de hace unos meses en la Casa de América de Madrid, una de esas escasas ventanas que se le ofrecen al cine que nunca reventará las taquillas, pero lo cierto es que en este día de finales de diciembre apenas llega a una decena el número de personas congregadas en la Filmoteca del venerable Cine Doré para contemplar un documental reciente sobre un escritor catalán más bien olvidado, cuya figura, sin embargo, perdura al trasluz de uno de los libros más célebres de nuestra época. Su director resulta ser un hombre de mediana edad y nombre sonoro de evocaciones republicanas que, en medio de dos proyecciones, trata de satisfacer con un levísimo acento extranjero la curiosidad a veces desnortada de esos pocos espectadores que acaban de visionar uno de sus trabajos, el retrato que de un pintor francés en su estudio lisboeta de Alfama ha plasmado en La mano azul, y se disponen ahora a contemplar otro, Elegía del trópico. De espaldas a la pantalla, Floreal Peleato desgrana algunas particularidades sobre Mathieu Sodore, así como sobre su propio trabajo. Pero este nieto de exiliados nacido en Perpignan apenas adelanta nada sobre la película que aún no hemos empezado a ver y en la que recorre la peripecia vital de alguien de quien solo en Colombia oiría hablar por primera vez, que se llamó Ramón Vinyes y que Gabriel García Márquez inmortalizó en Cien años de soledad como ‘El sabio catalán’.

Por más que en sus memorias el Premio Nobel colombiano asegure que el del dramaturgo y librero nacido en 1882 en Berga (Barcelona) era un nombre consagrado en la Enciclopedia Espasa desde 1924, resulta inútil buscarlo hoy en la treintena de tomos de una edición más o menos reciente del mismo sello.  Casi tanto como pretender encontrar traducido al castellano alguno de sus títulos. Y sin embargo se hacen documentales sobre su figura, demediada entre Cataluña y Colombia, se puede acceder en catalán a sus libros y a sus cuentos y hasta el mismísimo Teatre Nacional de Catalunya ha incluido en su programación de esta temporada una de sus obras. ¿Quién fue Ramón Vinyes, ese escritor y librero al que tanto deben Gabriel García Márquez y sus compañeros del Grupo de Barranquilla?

La película de Floreal Peleato desvela alguno de esos enigmas, siguiendo el camino trazado de antemano por estudiosos como Jordi Lladó, Jaume Huch o Jacques Gilard, responsable entre otras cosas de la recopilación de la obra periodística del autor de Crónica de una muerte anunciada. Cuando se cumplieron 50 años de su muerte, la figura de Vinyes fue objeto de una cuidada atención local y fue entonces cuando Lladó afirmó que el mito del sabio catalán con el que el autor colombiano había transfigurado en Cien años de soledad al Ramón Vinyes real había ayudado a su conocimiento tanto como lo había mediatizado al presentarlo como un apéndice anecdótico de otro escritor.

Entre Barcelona y Barranquilla

La biografía de Vinyes se reparte casi por igual entre Barcelona y Barranquilla. Lector precoz, apenas contaba 19 años cuando ya participaba con sus poemas en los juegos florales de Berga. Con 23 escribía en publicaciones locales, empezaba a subir a las tablas sus primeras piezas teatrales y a obtener algún premio, como el que le llevaría a estrenar en el Teatre Romea. No tardaría en crearse una cierta fama de maldito y de bohemio que, junto a un alejamiento del teatro, le llevará en 1913 a dejar a un lado la literatura y marchar a Colombia para dedicarse al comercio. Dos años después de su llegada funda en Barranquilla una librería que pronto aglutinará a unos cuantos amantes de los libros y de la que surgirá una revista, Voces, que una vez desaparecida dará el relevo a Caminos. Ese mismo año, 1922, contrae matrimonio y vuelve a Cataluña para fijar allí su residencia, pero un año después el incendio de la librería lo hace retornar a Barranquilla. Al poco, sus escritos en un periódico colombiano le suponen la expulsión del país y su retorno a su tierra natal, en lo que no dejaría de ser hasta el final un itinerario irremediable a lo largo de su vida. Entre 1929 y mediados de 1931 permanece en Colombia, pero las esperanzas que deposita en la proclamación de la II República le traen de nuevo a Cataluña, de donde en 1939 partirá para un exilio que lo llevará finalmente a Barranquilla otra vez. A lo largo de todos estos años el teatro centra todo su interés, pero no solo como autor, sino también como crítico, teórico y polemista. Su faceta como autor de relatos será galardonada en 1945 en Bogotá y colaborará con diarios locales en los que ya empieza a despuntar un joven García Márquez, a quien le dará a conocer la obra de Faulkner. En ese inmisericordioso ir y venir entre los dos continentes, vuelve en 1950 a Barcelona atraído por el posible estreno de una de sus piezas, que finalmente se frustrará. Quince días después del estreno de una comedia satírica en una localidad cercana a Barcelona, morirá en su tierra, como era su deseo, aunque su hermano encontrará días después un billete marítimo que habría comprado para regresar a Colombia.

En Vivir para contarla, Gabriel García Márquez cita innumerables veces a Ramon Vinyes, a quien siempre le precede el don, y del que habla en cierta ocasión como el “sabio catalán que tanto ansiaba y tanto me aterraba conocer”. Pero mucho antes de que lo perpetuara en el primer y único tomo hasta ahora de sus memorias, el nobel colombiano ya lo había inmortalizado en Cien años de soledad como el sabio catalán de “hermosa cabellera plateada que se le adelantaba en la frente como el penacho de una cacatúa” y cuyos ojos azules, “vivos y estrechos, revelaban la mansedumbre del hombre que ha leído todos los libros”. Elegía del trópico disecciona la biografía de alguien que, leyendo todos los libros, vivió sin embargo, como solo pudo escribir García Márquez, “aturdido por dos nostalgias enfrentadas como dos espejos”.

Publicado en Escuela, 10 enero 2013

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