Un mundo de otro tiempo

Juan Eduardo Cirlot

Pocas imágenes debe haber en los anales de la literatura española capaces de suscitar tanta fascinación y tantas preguntas como la del poeta y crítico de arte Juan-Eduardo Cirlot fotografiado junto a su colección de espadas antiguas. ¿Qué le llevaba a un hombre joven y atildado a coleccionar, en años de penuria en los que apenas empezaba a quedar atrás una cruel postguerra, una serie de espadas de los siglos XVI o XVII? ¿Qué encontraba en estas siete armas blancas alineadas cuidadosamente en soportes de hierro clavados a la pared? ¿Por qué se fotografía junto a ellas? En un artículo de 1954 Cirlot relata su fascinación por esas espadas y su contrariedad por no disponer de aquellas otras que, templadas en la Edad Media, le proporcionarían la mayor de las alegrías. En ese texto habla de cómo sus amigos aceptan con naturalidad su interés por lo extraño, lo perdido y lo oculto, por el surrealismo, el simbolismo, la astrología o la heráldica, y sin embargo se asombran ante su colección. Pero sobre todo se refiere a la espada como un símbolo que, además de en su poesía, aparece en sus recuerdos de infancia, en los que se ve jugando casi siempre con “simulacros mejores o peores de la reina de las armas”.

Su fascinación por las espadas antiguas era tan poderosa que muchas mañanas de domingo era capaz de arrastrar a su mujer y a sus dos hijas hasta el tesoro de la Catedral de Barcelona solo para ver la que perteneció a Pere IV, condestable de Portugal y conde de Barcelona (1464-1466), lograr que el encargado consintiese en sacarla de la vitrina y poderla tocar. Esa espada deseada que nunca estuvo en su cambiante colección también forma parte ya del fascinante mundo Cirlot, y era una de las piezas que podían contemplarse en la exposición que bajo el título Juan-Eduardo Cirlot. La habitación imaginaria ha ofrecido el centro Arts Santa Mònica, de Barcelona.

En el catálogo de una exposición conviven una naturaleza celebratoria y otra consolatoria. Sus páginas permiten recordar lo que una vez estuvo ante nuestros ojos y acaso suscitó sorpresa o emoción, o bien recrear aquello que no pudimos ver, pese a que tanto nos hubiera gustado. No sé si esta muestra podrá contemplarse en otro espacio más que en este al pie de La Rambla, pero el catálogo publicado por la editorial Siruela facilita el acercamiento al universo cirlotiano y completa un trabajo editorial que, además de los muy conocidos Diccionario de símbolos  o Diccionario de los ismos, incluye en varios volúmenes toda su poesía.

Edad de las tinieblas

Esta nueva aportación a la bibliografía en torno a Juan-Eduardo Cirlot indaga en esas geografías y en esas mujeres imaginarias que fueron el sustento de una imaginación poética a la que los tratadistas califican cada vez de una manera diferente: surrealista, postsurrealista, simbolista, postista, irracionalista. Uno de esos estudiosos, Jaime D. Parra, recuerda en El poeta y sus símbolos que Cirlot era uno de esos autores que rechazan su época y a los que les hubiera gustado vivir en un tiempo remoto. “Mis raíces”, escribió una vez, “ahondan en otro tiempo. Quisiera poder nacer al siglo X, al VIII, al V, a esa época que ha sido llamada ‘edad de las tinieblas’, época de los monjes irlandeses, de los vikingos, de las migraciones de los pueblos germánicos”. En esos poemas que afloraban en revistas y que daban lugar a libros costeados por su autor en tiradas mínimas de apenas 100 ejemplares se suceden los tiempos míticos de Egipto, Cartago, Roma, África o de la cátara ciudad de Carcasona, lo mismo que en otros momentos se pueblan de mujeres nacidas de la visión de una película, la lectura de una carta, un espectáculo de danza o un pasaje bíblico. La suya es una poesía experimental, hermética, que rehúye a veces cualquier atisbo de interpretación, en la que se volcó y de la que se apartó a rachas para adentrarse sucesivamente en la música dodecafónica, en el impulso del informalismo pictórico, la crítica de arte o el estudio de los símbolos. Por el catálogo de la exposición desfila una buena parte de quienes protagonizaron la vanguardia de esos años: Antoni Tàpies, Joan Ponç, Carlos Edmundo de Ory, Joan Brossa, André Breton, Schönberg… También Catalá Roca, el autor de ese reportaje fotográfico en el que Juan-Eduardo Cirlot posa en compañía de su colección de espadas antiguas, una de sus tres obsesiones al arrancar la década de los 50, según daba cuenta el pintor Tharrats en un número de la hoy mítica revista Dau al set. Las otras dos eran los oníricos cuadros de Ponç y las fotografías en las que Silvana Mangano se ofrecía  “como un voluptuoso animalillo”.

Publicado en Escuela, 12 enero 2011

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