Tiempo de Francisco Rico

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Una vez que se concluye la lectura del último libro publicado hasta la fecha por ese deslumbrante sabeloto que es Francisco Rico, no queda más remedio que ceder a la evocación que hace su exalumno Javier Cercas en un volumen de homenaje e imaginarse a ese poco más que adolescente “saturado de lecturas y poseído por una insensata capacidad en sí mismo”, que en los años cincuenta bebe whisky con Ana María Matute en un bar de la Gran Vía madrileña; deslumbra en Barcelona por su memoria a Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral o Gabriel Ferrater, o asombra con su erudición a sabios como Martín de Riquer, José Manuel Blecua o José María Valverde. Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona hasta su jubilación el año pasado, catedrático emérito de Literatura ahora, miembro de la Real Academia Española, Francisco Rico (Barcelona, 1942) es alguien capaz de dedicarse un libro a sí mismo –“A Pacolete”, reza aquella Primera cuarentena que pagó de su bolsillo cuando cumplió cuatro décadas-; divertir a propios y extraños con su aparición en algunas novelas de su amigo Javier Marías –“Es unánime la opinión de que son los mejores pasajes de sus novelas y que los demás son un coñazo”, se atreve a asegurar- o, fumador empedernido, provocar una enorme polvareda al cerrar en un diario nacional un artículo contra la ley del tabaco con una posdata en la que, irónico, aseguraba no haber fumado un solo cigarrillo en su vida. Aquel adolescente que en alguna fotografía de los cincuenta aparece encorbatado y repeinado y que, aficionado prematuro a los post scríptum, advierte en la carta a un amigo que la de la firma no es tinta roja, sino sangre, y aún debajo de ella es capaz de añadir otra: “También sé que estoy como una cabra. Vale”, es el sabio que con sus erudiciones nos ha enseñado a leer mejor clásicos como el Quijote y el Lazarillo, entre otros muchos. Autor de numerosos estudios, director con iniciales de colecciones novelísticas, Francisco Rico ha estado detrás también de algunos de los más destacados proyectos de la filología española contemporánea, como la Historia y crítica de la literatura española (Crítica) o esa magna Biblioteca Clásica, en la misma editorial, interrumpida y recuperada luego en Galaxia Gutenberg y renacida en su tercera y ojalá definitiva salida gracias al esfuerzo conjunto de la RAE, Galaxia Gutenberg y la Obra Social ‘la Caixa’, y que ya ha puesto en las librerías ocho de los 111 volúmenes que algún día deberían completar tal empresa.

Secretas publicaciones

La primera obligación del filólogo, le decía hace años Francisco Rico a un ya no tan joven Juan Manuel de Prada, metido temporalmente a entrevistador, consiste en hacer accesibles y comprensibles los grandes textos de la literatura. En Tiempos del ‘Quijote’ (El Acantilado), Rico enseña al lector todo lo que es capaz de esconder una palabra sepultada en un pasaje de una obra imperecedera como la de Cervantes o reconducir el sentido impostado que el tiempo le ha ido proporcionando a un simple verso en el diálogo entre dos caballos de fama. En cada uno de estos ensayos, aparecidos al abrigo del cuarto centenario, unos en suplementos culturales de gran tirada y menor lectura, otros en secretas publicaciones para eruditos y alguno más en boletines para el mero solaz de académicos, Rico despliega solo una pequeña parte de su inmenso saber. Pero aun eso es suficiente para dejar al lector boquiabierto. El profesor reconstruye el proceso de edición de la obra, aparecida en las postrimerías de 1604, aunque con fecha del año siguiente, y de las ediciones sucesivas, compara unas con otras, vislumbra las decisiones de Cervantes que conducirían a la célebre desaparición del borrico de Sancho Panza o analiza, por ejemplo, por qué un adjetivo como rucio, que significaba y sigue significando, dicho de una bestia, color pardo claro, blanquecino o canoso, termina por sustantivizarse y convertirse en sinónimo del asno de Sancho. El investigador entra aquí y allá para desentrañar una idea, un concepto, una palabra; para restituir el sentido primigenio que el tiempo, la acumulación de errores y las conjeturas infundadas han ido adhiriendo a las sucesivas ediciones de un libro que no ha dejado de leerse desde que apareció, pero cuya interpretación ha ido mutando, hasta que el romanticismo cristalizó una determinada visión que, a muchos años vista, sigue siendo todavía la nuestra. Además de abordar y reconocer el trabajo realizado en torno a la obra cervantina por Juan Eugenio Hartzenbusch, a quien debemos, por ejemplo, la estructuración del libro en párrafos, Rico disecciona la suerte del Quijote en estos cuatro siglos, pero también la del Buscapié, esa falsificación de un impreso del siglo XVIII, “que a su vez, de haber existido (que no existió), sería la falsificación de un librillo de Cervantes publicado anónimo”. El libro entero está atravesado por la misma sabiduría que su autor ha desplegado en todos estos últimos años a la hora de darnos a conocer sus hallazgos y descubrimientos en forma de nuevas y monumentales ediciones del Quijote. Es una sabiduría que admira, pero que es capaz también de contagiar su fervor y animar a regresar una vez más a un libro que no agota nunca su significado, o acaso de llevar hasta su primera lectura.

En aquel libro de homenaje a este castellano nacido en Barcelona y publicado con motivo de la concesión del Premio Provincia de Valladolid 1998 a la trayectoria literaria, Javier Cercas recordaba cómo en aquellas clases de comienzos de los años 80 en el campus de Bellaterra Rico podía dedicar toda una clase a comentar no más que un verso del Libro de buen amor, pero cómo en ese análisis confluía de una manera vertiginosa toda la cultura occidental, desde Aristóteles a Dante, pasando por Baudelaire, Jakobson, Guillén y hasta el mismísimo Miguel Gila. “Fue un deslumbramiento”, resume el autor de Soldados de Salamina y exprofesor de la Universidad de Gerona. Un deslumbramiento que, para el lector, continúa en cada una de estas páginas.

Publicado en Escuela, 17 enero 2012

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