Arte en la calle

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¿Cuántos miles de años separan la silueta de una mano estampada en el Paleolítico superior con esta otra que se le aparece al viandante perfilada de igual manera, sobre una mancha roja, en una calle cualquiera de Madrid? ¿14.000? ¿18.000? ¿25.000? ¿Y qué movió a cada uno de sus autores a la hora de dejar esa huella? ¿Propiciar la caza, en un caso? ¿Recordarle al paseante avezado que el graffiti es tan antiguo como el ser humano, en el otro? Si no otras cosas, los separa su perdurabilidad. Protegido en el interior de cuevas de difícil acceso, el arte parietal paleolítico ha permanecido inalterado durante un tiempo tan largo que se nos hace difícil calcularlo con la medida de la vida de un hombre. El otro desaparecerá en pocos días, los que tarden los brigadistas del amanecer en localizarlo y borrarlo para siempre. El graffiti es por esencia efímero. ¿Pero no es también una expresión artística? ¿Qué distancia hay entre los equipos de limpieza que eliminan concienzudas obras de arte urbano y los galeristas avispados dispuestos a ofrecerlas a cambio de miles de euros? ¿No está en los museos Keith Haring, que empezó pintando graffitis en el metro de Nueva York? ¿No alcanzan muchos miles de libras en las casas de subastas londinenses las obras de Bansky? ¿Dónde termina el vandalismo y empieza el arte? Probablemente cada uno tenga su propia idea. De momento, a pocos metros de la plaza del Obradoiro una tienda que vende camisetas con deslenguados mensajes continúa la provocación con la imagen de una catedral de Santiago de Compostela tomada por King-Kong y adornada sutilmente en una de sus bases por una célebre obra del famoso grafitero inglés. Que se sepa, de momento no se le ha ocurrido a nadie trasladar el fotomontaje a la vida real.

Hórror vacui

Aunque sujeto a la fugacidad, el arte urbano español cuenta ya con un nutrido elenco de estudiosos que lo han convertido hasta en materia de tesis doctoral. Que nadie diga que la universidad no está al día. Para tranquilidad de algunos y a falta de una mejor denominación, esos expertos distinguen entre el graffiti y el posgraffiti. Así las cosas, podríamos identificar el graffiti como esas firmas que emborronan cualquier espacio urbano y convierten la ciudad en un horrendo homenaje interminable al hórror vacui. Vandalismo, para decirlo en corto. Y al posgraffiti, como esa derivación con la que allanaríamos el camino que nos acerca a lo artístico. Aunque a efectos municipales uno y otro suelen merecer la misma consideración. Ninguna. Y el mismo dictamen. Elimínense. Los entendidos teorizan en webs y artículos de prensa analógica y fijan en libro el canon de artistas. Un volumen reciente aborda la historia del arte urbano español, y su autor, el periodista Mario Suárez, sitúa su arranque en los años 80 de la mano de Juan Carlos Argüello, el célebre Muelle, fallecido en 1995 a los 29 años. En ese libro, que lleva por título Los nombres esenciales del arte urbano y del graffiti español, Suárez selecciona un centenar largo de artistas. Se reencuentra uno así con posgraffitis entrevistos alguna vez por la ciudad y desaparecidos para siempre por la conjunción de la desidia municipal, la insensibilidad general y el afán vengativo de los grafiteros. Son obras salidas de manos creativas que dominan el dibujo y el color, que llevan un poco de alegría a espacios de los que a menudo se enseñorea la suciedad y el abandono, que buscan la complicidad, que revelan a artistas que han tomado la calle como un lienzo en el que expresar sus preocupaciones sociales, políticas o estéticas. El colectivo madrileño Boamistura basa su trabajo en la visión de la ciudad “como un campo de acción e intervención artística. El vallisoletano Borondo reelabora en sus imágenes de un modo fantasmagórico el mundo del circo. El polaco Chylo pone al alcance de todos obras que podrían ilustrar un libro de cuentos. End y H101 llevan sus coloristas trazos a las calles de Valencia y Barcelona. Jorge Rodríguez Gerada plasma a carboncillo sus gigantescos retratos hiperrealistas sobre grandes muros abandonados. Noaz identifica a un sañudo expresidente conservador con Mickey Mouse o se pregunta con un mono que se lleva la mano a la barbilla en qué piensan de verdad los políticos. SAM3 da un poco de vida a tres grandes paredes medianeras a las que una faraónica obra urbanística ha otorgado un protagonismo inesperado…

La Tate Modern de Londres prestó sus muros en 2008 para que seis artistas callejeros con reconocimiento internacional mostraran sus trabajos. Aquí, el Ayuntamiento de Madrid gasta cerca de 12 millones de euros en eliminar sin miramientos de ninguna clase cualquier expresión pintada sobre una pared. No cabe duda de que entre el graffiti y el posgraffiti –por seguir utilizando, a falta de otra mejor, la áspera terminología de los que saben de esto- hay notables diferencias. La misma que separa el vandalismo del arte. ¿Pensaría alguno de aquellos homínidos que en el Paleolítico estampaban sus manos manchadas de grasa, pigmento y hollín que más allá de todos los tiempos imaginables alguien apreciaría ese gesto como el inicio de algo llamado arte? Al menos, tuvieron la suerte de no coincidir con algunos alcaldes y concejales: los habrían denunciado ante las brigadas de limpieza y dejado aquellas cuevas como los chorros del oro.

Publicado en Escuela, 19 enero 2012

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