Crímenes de ayer y hoy

maestras

A trescientos metros escasos del lugar en el que transcurría la primera de las tres escenas cinegéticas con las que unos, presuntos corruptos, y otros, acabados nostálgicos de una dictadura sangrienta, buscaban con el plácet de las altas magistraturas acorralar y abatir a un juez atrevido, dos octogenarias mantenían vivo el recuerdo de cómo aquellos golpistas de 1936 mataron a sus padres y les destrozaron a ellas su infancia y la vida entera. Mientras Baltasar Garzón intentaba convencer al tribunal que lo juzgaba de que un abogado puede solapar su profesión con la condición de delincuente, Hilda Farfante y Celia Muñoz estremecían al auditorio con el relato de unas vidas que tuvieron la cárcel y el fusilamiento como pago al esfuerzo por promover una educación más libre. Al tiempo que el juez sojuzgado se preparaba para hacer ver que, si podía investigar asesinatos y desapariciones ocurridas en dictaduras lejanas, nada le impedía hacer otro tanto en su propio país, una octogenaria se dolía de que los cuerpos de su padre y de su madre no hubieran podido ser recuperados todavía. “Mis padres”, dijo antes de enviar un recuerdo cariñoso al juez, “no eran políticos. Eran maestros republicanos. No sé si los mataron por maestros o por republicanos. Pero sí sé que las dos cosas juntas eran dinamita”.

Quienes proclamaron la República del 14 de abril de 1931 eran plenamente conscientes de la necesidad imperiosa de elevar el nivel educativo de un país atrasado, dominado por los caciques y sumido en el analfabetismo. Apenas tomaron las riendas del poder, diseñaron un plan sumamente ambicioso que no tardaría en chocar con las viejas mentalidades. Pusieron en marcha en seguida las Misiones Pedagógicas, aprobaron un plan quinquenal para la creación de varias decenas de miles de escuelas y antes de que diera la vuelta el calendario estrenaban un plan de estudios que modificaba la formación que los maestros recibían desde 1914. A ese país al que la ilusión y la esperanza le duraron poco se incorporaron muchas mujeres, que encontraron un tiempo más propicio para sus inquietudes y hallaron en la docencia un espacio idóneo para su desarrollo profesional. Quienes en la Biblioteca Nacional llenaban con sus aplausos los silencios emocionados que le nacían a Hilda Farfante del dolor del recuerdo rendían también tributo a esas maestras, republicanas, valientes y decididas cuya memoria la Fundación Pablo Iglesias y la Federación de Enseñanza de UGT honraban con ese acto. Durante tres días de coloquios y apretadas conferencias se trajeron al presente las muchas dificultades a las que todas tuvieron que enfrentarse, se rememoró su cruel destino de persecución, muerte, exilio o depuración, y se evocaron las vidas de algunas que, como Julia Vigre o Justa Freire, sobrevivieron para contarlo.

Historia de un maestro

En el mejor de los casos, sus nombres no han logrado traspasar los límites de la especialización educativa. Hasta ahora han permanecido tan solo en la memoria de sus allegados y de algunos estudiosos. Si los docentes republicanos tienen hoy un rostro que los evoque de inmediato, probablemente no sea el de una mujer. No es el de la Irene Gal creada por Dolores Medio en Diario de una maestra. Ni la Gabriela López Pardo concebida por Josefina Rodríguez Aldecoa. Es posible que quien mejor personifique hoy el magisterio republicano, así como su trágico final, sea don Gregorio, el maestro imaginado por Manuel Rivas en La lengua de las mariposas.

En la veintena escasa de páginas, el narrador del relato, que evoca pasado el tiempo a aquel maestro al que quiso tanto, apenas nos lo describe. Solo nos dice que era chepudo, feo como un bicho, que tenía cara de sapo. No sabemos si se trataba de un maestro joven o de uno mayor. Únicamente que era nuevo, capaz de convertir cualquier asunto en un relato fascinante y que aguardaba la llegada de un microscopio que la burocracia ministerial no terminaba de enviar desde Madrid. Y que, a diferencia de aquellos otros que con su actitud fomentaban la idea de que la escuela era un sitio terrible, este maestro no pegaba. A pesar de todo ello, la viva encarnación del maestro republicano lleva el rostro de un Fernando Fernán-Gómez ya adentrado en edad. Vuelta a ver ahora la película de José Luis Cuerda, después de mucho tiempo, uno comprueba la fragilidad de la memoria. Pasajes enteros se han desvanecido. La presencia de determinados actores constituye una sorpresa. Pero, frente a la ilusión del cine, la que no ha caído en el olvido es la visión real del viejo maestro adentrándose en zapatillas de deporte en la plaza de la Leña, de Pontevedra, para disponerse a rodar la toma en que, una vez detenido, subirá junto a otros republicanos al remolque del camión que lo conducirá a una muerte segura. El recuerdo de muchas maestras y maestros republicanos ha quedado para siempre asociado a una imagen semejante. Algunos de esos cadáveres están siendo tardía y esforzadamente recuperados por sus familiares. De muchos otros no hay el más mínimo indicio. El juez que se atrevió a investigar aquellos crímenes se habrá vuelto a sentar esta semana en el banquillo de los acusados. Para esta batida, en la que no han faltado desinteresadas colaboraciones, las escopetas se han preparado a conciencia. La cacería no ha concluido aún. Pero no es del todo improbable que sus artífices no consigan abatir su codiciada presa. Sería una alegría en tiempos de desolación.

Publicado en Escuela, 26 enero 2012

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