La eternidad de los poetas

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De vez en cuando la muerte se da el capricho de trabajar a destajo y agavillar el fruto de su tarea. Las páginas de obituarios de los periódicos, que con frecuencia nos dan a saber por primera vez de gente ilustre, se pueblan en otras ocasiones de nombres y rostros que no nos son desconocidos, y cuya sucesión en el estrecho margen de unos pocos días suscita una rara inquietud. Miguel García-Posada tenía 58 años cuando en 2002 publicó Las ramas de oro, la tercera entrega de sus memorias. No era una edad lo suficientemente avanzada como para sentir ya con plenitud la derrota del tiempo, pero, quizá no sin coquetería, admitía en sus páginas el umbral de una vejez que iba acompañada por la muerte de algunos amigos o conocidos. “Cualquier edad es buena para morir, la muerte está siempre preparada, su entusiasmo no decae nunca, pero hay edades más aptas que otras para la muerte”, escribía en una de ellas, y luego dirigiéndose a sí mismo añadía: “Y tú estás en esa edad en la que el tiempo no solo nos maltrata, sino que es capaz también de segarnos de golpe. De un solo, irreversible golpe”. Hace unas semanas los periódicos traían el fallecimiento del crítico literario, escritor y exdirector del IES Beatriz Galindo, de Madrid, Miguel García-Posada. Como crítico o articulista, García-Posada ha sido durante más de tres décadas una presencia continuada en los periódicos. Después de muchos años en Abc, en la década de los noventa recaló en las páginas culturales de El País, para después regresar al diario monárquico en una suerte de itinerario inverso al de otro crítico desaparecido, Rafael Conte, que dejó también un libro de recuerdos. Conferenciante y miembro de numerosos jurados, especialista en Lorca -de quien editó su obra completa- y en la generación del 27, García-Posada realizó antologías de poesía contemporánea, teorizó sobre la naturaleza de la crítica literaria, rescató alguno de los mejores títulos de Francisco Umbral, publicó tardíamente novela y poesía y estuvo tras el rescate de algunos títulos importantes en una colección de la Comunidad de Madrid denominada Letras madrileñas contemporáneas. De los suyos, uno siente especial aprecio por el libro en el que recogió una parte de sus artículos, De libros y desprestigios, aparecido en 2002 en ese sello casi clandestino que es La Veleta.

Selecta minoría

Un día antes de que los periódicos diesen noticia fúnebre de Miguel García-Posada, la muerte había hecho su sucio trabajo con Carlos Pujol. Como García-Posada, Pujol cultivó el ensayo literario, la crítica periodística, la docencia –universitaria-, la novela y la poesía, además de la traducción. Cada cierto tiempo los suplementos culturales y las mesas de novedades de las librerías daban cuenta de una nueva entrega, ensayística, novelística o poética, de un incansable Carlos Pujol. Eran siempre libros que aparecían sin alharacas, con discreción, como si su autor intentara esquivar cualquier riesgo de éxito comercial, de fama, escritor para una selecta minoría. El suyo era también el nombre que nunca faltaba en el jurado del Premio Planeta. Durante cuatro décadas, el sabio que traducía a Balzac, Proust, Stendhal o Verlaine y que escribía ensayos sobre Saint-Simon o Voltaire, asumió la tarea de seleccionar los manuscritos que aspiraban a un galardón capaz de convocar la ambición de unos y los denuestos de otros.

Desde las alturas de su cargo en la empresa editorial más corpulenta de la lengua castellana, Pujol debía sentir una especial querencia por aquellos sellos minúsculos, modestos, a los que suele animar una voluntad literaria que no se corresponde con su visibilidad en el mercado. Varias de sus últimas novelas figuran en el catálogo de Menos cuarto, una pequeña editorial palentina, como sus libros de poemas han encontrado acomodo en La Veleta granadina y antes en aquella editorial navarra, Pamiela, que acostumbraba a ilustrar las portadas montando una lámina sobre la cubierta de papel verjurado. En ella publicó en 1988 Cuaderno de escritura, un librito de apenas 40 páginas en el que recogía 99 aforismos y un texto epilogal que lo cerraba con el número 100. Redactadas en un cuaderno cuadriculado de colegial mientras sorteaba las dificultades que le planteaba una novela rebelde, en esas notas dejó no una lista de consejos para escritores, sino, advierte, una serie de avisos para la propia navegación, “recordatorios de uso semiprivado que no aspiran a hacer prosélitos”. “Todo argumento es banal, solo la manera de contarlo puede darle vida propia”, apunta en uno de ellos. Y en otro: “No se puede escribir sobre lo que se está viendo, solo sobre lo que se recuerda o se sueña”.

En esa misma editorial y en 1995, un año después de haber publicado Desvaríos de la edad, Carlos Pujol dio a la imprenta otro poemario. Encabezado por una cita de Pierre Reverdy, en Vidas de los poetas reflexiona sobre el sentido de ese género. En la pieza que le pone fin, la voz poética hace balance: “No añadí grandes cosas a la vida/ ni un tropo de dicción por decir algo,/ no domé el infortunio, he sido pobre,/ me puso a salvo el tiempo al ignorarme,/ y no fui ni académico siquiera;/ dije cuanto tenía que decir,/ que no fue mucho, creo,/ un rimero de páginas con líneas/ que no llegaban nunca hasta los bordes;/ incompleta también, con muchos blancos/ que acolchaban aristas astilladas,/ fue la fama que nunca ambicioné/ (eso decía al menos,/ aunque nunca se sabe lo que albergan/ los corazones dados a la lírica). /Ahora nada importa,/ sonrío al recordar esos trajines,/ porque la eternidad no se parece/ en nada a lo que sueñan los poetas”.

Cuesta no imaginar a Carlos Pujol, pero también a Miguel García-Posada, sonriendo desde su eternidad, a salvo ya de los sueños de los poetas.

Publicado en Escuela, 9 febrero 2012

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